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Jul 27, 2024
A veces.
Poesía, quiero poesía.
La luna atravesando mi patio oscuro,
mi mente clara.
Luz que hace sombra
de rosas tempranas.
Poesía, quiero poesía.
La luna menguando
como mengua mi alma.
Tiempo que susurra
a mis espaldas.
Se fue, ya no está,
no queda del que fui,
nada.
Poesía, quiero poesía.
Alumbrar con versos
la tarde acabada,
esperar en suspiros
la alegre mañana.
Ya murió la tormenta
del joven que me hizo,
del niño que aún me canta.
Poesía, quiero poesía
para sentirme en calma.
---
Hablar contigo.
Huyo de tanto y de tantos.
Crece mi misantropía .
Salgo a la luz,
acaso de mañana,
acaso a algo que hacer,
acaso a nada,
pero salgo seguro
en el vacío de la madrugada.
Es luego lo malo,
cuando me obliga la circunstancia,
cuando lo de estar en el mundo
es una carga.
Mi soledad es mi compañía.
La seguridad
de que no ofendo,
de que mi presencia no duele,
no cansa.
Estoy bien, solo que...
elijo una manera extraña.
-
CUENTOS PARA ALLENDE
… que en el mundo han sido.
Observo el paso del tiempo en esos rostros ancianos. Los surcos de la frente, el pelo ralo y blanco. Los lóbulos flácidos adornados por el vello impertinente que se desparrama por las orejas. No les ocupa esa cascada como sí lo hace la barba de la mañana. Es extraño ese dispar criterio estético. Se acostumbraron a afeitarse y el no hacerlo les hace no sentirse limpios. Lo de las orejas es... inevitable.
Se les pierde la mirada en una vista cansada y tan mermada, que los detalles hace tiempo que desaparecieron de sus vidas. No les gustan las gafas. Y las de sol, solo por prescripción facultativa. Otra cosa es petulancia.
Las manos, como papel de fumar estirado tras ir hecho un gurruño en el bolsillo. Piel curtida por el sol y la batalla de ganar el pan de cada año. Lustro tras lustro. Sarmientos arrugados que han agarrado la azada y han cortado el racimo y han acariciado, alguna vez, la mejilla enamorada.
Observo sus silencios y en ellos el misterio de sus pensamientos. Lo que se oculta ahí, en esa trama íntima de su filosofía, de su entender la vida. ¡Debe haber tanto en esos pliegues de sus almas!
Pero hablan. Y el misterio se acaba.
Todo son quejas, sentencias y lugares comunes. Todo son “tú no sabes nada”, “la juventud es un desastre”, “va todo muy mal”.
Se enfadan por el ruido del verano y les entristece el silencio del invierno.
“¿Calor?, antes sí que hacía calor, en la rocha, segando con toda la solanera. Ahora hasta llevan aire acondicionado y cerveza fría en la cabina del tractor. Mejor que un oficinista”.
No es que no tengan razón en nada, pero es demasiado simple el argumento, demasiado manido, demasiado fácil, pueril, el pensamiento.
Me decepciona, sí, lo poco sabios que son los que deberían serlo.
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