No hay ningún lugar para mi tristeza en este mundo. No hay, fuera de mí, un lugar para esa angustia con la que me toca vivir desde hace tanto tiempo y a la que interrogo constantemente, con la esperanza de encontrar algo, a otro, un espacio en el mundo donde pueda salir de mí y purgarla. Quizás por eso escribo solo cuando estoy triste: porque únicamente en las palabras ese agujero interno puede permitirse, silenciosamente, ocupar un lugar. Estoy condenada a arrastrarlo dentro de mí, a reflejarlo en las cosas que me hacen llorar, que son tantas, así como inmensa es mi tristeza.
Tampoco tienen lugar en este mundo mis lágrimas, que solo puedo derramar en soledad para no convertirlas en una molestia. Son una carga que no logro compartir porque nadie parece comprenderlas: no entienden cómo el agua brota de mis ojos en cascadas cuando ya no consigo sostener la voz. ¿Saben que, desde pequeña, no puedo ver a alguien llorar sin unirme a su llanto? ¿Cuándo dejó eso de enternecer y empezó a causar fastidio? Cuánto me hiere la incomprensión. Cuánto me hace preguntarme qué hay en mí que está tan roto y resulta tan repulsivo, cómo ni siquiera el amor puede convertirse en un refugio. ¿Cómo es posible que ni en los brazos que me sirven de abrigo pueda encontrar consuelo?
¿Qué hay en la persona que decís amar, rota en un llanto silencioso — para no molestar — en la cama de al lado, que puede resultar tan repelente como para que no te acerques a buscarla? Me destruye pensar que la imagen que mi vulnerabilidad refleja de mí es la de un teatro, la de un drama. ¿Cómo es posible que no existan palabras capaces de ablandar tu manera de hundirme todavía más en la angustia? Sé que me escuchás desarmarme y, aun así, fingís que nada sucede. ¿Qué sentís? ¿Pensás, dentro de tu cabeza, que soy la persona más insoportable que conocés?
Llevo viviendo con este desasosiego más tiempo del que viví sin conocerlo. Quizás llevo todo ese mismo tiempo buscando un lugar en el mundo donde pueda existir fuera de mí, porque encontrarle un lugar significaría, aunque fuera por un rato, quitármelo de encima, dejar de sentir que sigue ahí. Pero vuelvo a buscarlo y todavía no lo encuentro.
Vivir se siente a veces como el juego de encontrar ese lugar: correr con el dolor pisándote los talones, pensando que ya llega, que por fin está llegando, y verlo pasar a tu lado. Este ejercicio constante me ha empujado, durante estas largas noches de vacío, a pensar que tal vez nunca existirá ese otro capaz de recibir tu tristeza, darle una cama en su hogar y ponerla a dormir. No por pesimismo, sino por la propia imposibilidad de la condición de quien vive angustiado.
Pienso a veces que estaremos juntas para siempre, mi tristeza y yo; que me acompañará durante toda la vida y que será mejor hacer las paces con ella, abrazarla, porque en su existencia también está reflejada la mía. Esta idea, por supuesto, nunca alcanza. Quizás porque no existe consuelo suficiente para el deseo humano de ser comprendido y acompañado por otro.
Durante cuánto tiempo pensé que sería el amor aquello que aliviaría mis dolores, sin saber que no solo no los aliviaría, sino que los volvería todavía más turbulentos. ¿Por qué, entonces, tengo todo este amor en el pecho, si es también el autor de mi dolor? ¿Por qué aquello que debería ser la cura construye el sufrimiento? ¿Adónde tengo que escapar para no explotar, para no morirme?
Recomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.


Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión