Creo fielmente que todos merecemos un testigo de nuestra vida. Un compañero eterno, o que nos dure aunque sea, hasta la muerte. Como si precisáramos de alguien que pueda certificar y argumentar que estuvimos ahí; quiénes fuimos cuando estábamos ahí y cómo llegamos ahí.
Creo que lo necesitamos además de merecerlo.
Creo en la conexión especial y única de las personas y le temo mucho a la pérdida de la misma.
Supongo que donde todo son grises, tenemos que prestar un poco de comprensión a la mano invisible que guía nuestros caminos y entregar nuestros paraderos al destino con algo de fe, la suficiente fe como para cerrar los ojos a la hora de hacerlo.
Pero, en un mundo ya casi consumido en su totalidad por el egoísmo, ¿cómo habría alguien de llegar a cometer tal acto de compañía y honradez?
¿por qué sigue existiendo gente que acompaña?
Son sueños los que estoy robando al escribir esto, porque sé que hay más de una cabeza que dialoga consigo misma y se pregunta si alguna vez tendrá la oportunidad de conocer a esa entidad de la que hablo. Pero todo llega con su debido tiempo, y si no llega, es porque otras cosas tuvieron mayor relevancia en su lugar y... eso tampoco es malo. Para nadie.
A fin de cuentas terminamos entendiendo el por qué las cosas llegan, y por qué las cosas se van, hay un equilibrio casi que perfecto en todo pero al universo se le escapa el factor más importante que nos destaca como raza: la propia humanidad.
¿Por qué la gente comete actos indecibles y otros increíbles a la hora de reivindicar nuestra humanidad?
Me sorprendería encontrar un ser humano lo suficientemente carente de humanidad como para no saber que la respuesta está en cuatro letras que se pronuncia de una forma tan ligeramente pesada que no puede pasar por desapercibida en las charlas cuando se la menciona: el amor.
El amor es la respuesta para eso, para todo, para nada y para todos.
Y si pudiese por él vivir y morir, lo haría, pero no existe vivir por amor, nuestra desesperación por apaciguar la soledad nos muestra un mundo en el que no soportamos vivir sin él; cómo tampoco se puede morir por amor porque no existe morir con dignidad; y el amor eso es, dignidad también.
Quizá todavía me quede mucho por descubrir, pero con esto me basta y me sobra como para enamorarme de la ignorancia propia de mi vida, la que no elijo, la que me persigue.
Con amor, Nicolás.
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