La primera vez que la vi fue en un casamiento hace un año, cuando aún vivía en Rosario ¿Cuál de mis primos se casaba? No consigo recordar. Al principio no entendí qué hacía ahí ni de dónde la conocían, ella desfiló entre nosotros con su vestido asimétrico, que dejaba ver su cabello rojizo cayendo sobre su hombro derecho. Pero no es ella la que ven mis ojos ahora mismo, no puede serlo.
En aquella boda aprendí su coreografía, la posición natural de sus manos al caminar, el brillo de su cara según de dónde venga la luz. Noté que tenía pecas casi invisibles y que siempre mantenía la mirada seria, eso me hizo parecer que era bastante malhumorada. Se sentó en la mesa detrás de la de mi familia, así que de vez en cuando escuchaba fragmentos de lo que conversaban. Pero ella apenas respondía con monosílabos, mientras que la que ven mis ojos ahora mismo habla y ríe con otras compañeras de trabajo, así que no es ella.
Aunque es difícil confundir esa risa que te invita a pensar que lo malhumorada solo es una apariencia. A la hora de la ceremonia del ramo, ella se quedó apartada detrás de las otras mujeres. La novia de mi primo Matias, ahora sí recuerdo, lanzó el ramo con mucha fuerza y llegó hasta los brazos frágiles de ella. Abrió muy grande sus ojos, pero sonrió y fueron todas a felicitarla. Uno de los chicos que estaba en su mesa fue a abrazarla con mucha euforia, en ese momento sentí que mi ilusión se quedaría en ilusión.
Eso pensaba hasta hoy. Ya no estamos en Rosario, ¿qué haría ella en Palermo ahora mismo? ¿siempre vivió acá?
Mientras todavía entraban personas, me acerco a pedir algo para tomar. Ella está acomodando las copas, deslizando su dedo sobre el borde, no lleva anillo. Me está mirando y yo tambíen a ella. La llevo mirando desde la primera vez que la vi. Está esperando a que le diga algo. «¿Sí?» me pregunta, al ver que sigo callado. Ahora parece malhumorada, pero no es ella.
«¿Me das una cerveza por favor?» le digo, ya solo quiero salir de esta equivocación. Se va hacía un lado a buscar la cerveza y, cuando se da vuelta, la lámpara colgante le ilumina el rostro de manera que resaltan sus pecas diminutas, aunque sé que no es ella.
«¿Algo más?» mira hacia las puertas, ya cerrando. Yo contemplo su perfil imaginando si encaja con el vestido negro y su cabello cayendo. «Capaz después del show, gracias Sofía» me despido y se ríe. No es ella.
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