Un cambio estructural se aproxima hoy a mi vida.
Mis errores y malas decisiones convergen, por fin, en una serie de actos que me permitirán comenzar de nuevo.
Quisiera afirmarlo con certeza; quisiera disponer de la garantía de que así será.
He vuelto la mirada hacia el pasado con una atención rigurosa.
Allí reconozco conductas que durante años me resultaron opacas, indescifrables.
Hoy las comprendo, después de haberme estrellado de frente contra el muro y haber sentido, sin mediaciones, el dolor del impacto.
El moretón aún no aparece.
Y me pregunto si llegará a hacerlo.
Si soy honesto, la calma que me habita ahora mismo me dice en voz baja que no.
Una frase insiste, grave y persistente, en mi pensamiento:
“No era falta de explicación; era falta de cuidado”.
Durante mucho tiempo me acompañó una incógnita:
¿por qué, cuando algo me hiere o me descompone, siento la compulsión de explicarlo desde todos los ángulos posibles, como si la comprensión total del otro fuese condición para mi legitimidad?
He entendido que esa sobreabundancia de palabras era una exigencia de empatía, un intento desesperado por volverme visible a través de la verbalización exhaustiva de mi conciencia.
Ese gesto se sedimentó en mí como una estructura rígida, casi automática, hasta el punto de que ya no supe sentir sin antes justificar, ordenar y traducir el sentimiento en una arquitectura racional.
Hoy alcanzo a ver la traición silenciosa que ejercía contra mí mismo.
La intensidad, el miedo, la sobreexplicación no eran profundidad: eran estrategias de supervivencia, formas de validar mi existencia y asegurarme un lugar en la mirada ajena.
Finalmente, algo se reordena.
Comprendo que la visibilidad no nace de ser entendido, sino de ser cuidado.
Y ya no estoy dispuesto a pagar el precio de ser visto si en el proceso debo volver a lastimarme.
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