A las Ocho y veinte ya estaba sentada frente al computador.
Fingía revisar un archivo, pero, en realidad, esperaba que apareciera.
Siempre llegaba igual: audífonos puestos, el cabello recogido y un bolso negro que ya podía reconocer desde lejos.
Nunca pensé que alguien pudiera convertirse en parte de mi rutina sin saber siquiera mi nombre.
Hace mucho tiempo no me sentía así.
Durante meses sentí que estaba viviendo en modo automático, cumpliendo con todo lo que debía hacer, pero sin detenerme a notar lo que pasaba dentro de mí. Hasta que apareció este sentimiento tan bonito y, para mi sorpresa, no me estoy resistiendo en lo más mínimo.
No estaba buscando esta chispa de luz en mi vida.
Simplemente pasó.
Y lo estoy disfrutando todo.
Estoy disfrutando verte desde mi ventana.
Estoy disfrutando esos nervios que me da pensar que nos podemos encontrar y que todavía no soy capaz de sostenerte la mirada.
Estoy disfrutando contarles a mis amigas como si volviéramos a estar en el colegio, como si otra vez fuéramos adolescentes, reviviendo el clásico "él me dijo", "yo le dije" y haciendo la representación exacta de cómo se siente el amor a los quince... solo que ahora tengo treinta y cuatro.
Y eso me hace sonreír.
Porque aunque desde hace días le puse un rostro al amor y estoy sintiendo cosas que hacía mucho tiempo no sentía, también soy consciente de algo muy importante: todo esto viene de mí.
Viene de mi capacidad de amar.
De mi capacidad de emocionarme.
De derretirme con una mirada.
De ponerme nerviosa por un simple encuentro.
Amo a la Melissa de quince años que se ilusionaba con facilidad.
Pero amo mucho más a la Melissa de treinta y cuatro que entiende que este sentimiento también le pertenece.
Que acepta lo que siente.
Que se responsabiliza de sus emociones.
Que no pone sobre la otra persona el peso de aquello que ocurre dentro de ella.
Claro que me encantaría que algún día existiera la oportunidad de conocernos más.
Que pudiéramos ser amigos.
O quizá algo más.
Pero mientras tanto, estoy disfrutando esta etapa.
Porque me recordó a una Melissa que hacía tiempo no veía.
La Melissa que ama sentir.
La Melissa intensa.
La Melissa que ya no esconde su "muchosidad".
La Melissa que recordó que todavía podía sentir.
Y eso ya es suficiente.
No le he contado esta historia a muchas personas.
Solo saben que tengo un "novio" en el trabajo...
...y que él todavía no sabe que tiene ese cargo. (Sí, todavía me da mucha risa pensarlo).
Mis amigas saben lo feliz que me pongo hablando de él.
Saben que estoy romantizando mi vida como acto de rebeldía.
Y también saben algo que para mí es importante.
Él no tiene la responsabilidad de todo esto.
Este sentimiento es mío.
Esta emoción es mía.
Él la inspira.
La provoca.
Pero me pertenece.
Y si algún día la historia termina en un "no", seguramente habrá un poquito de drama —porque tampoco voy a fingir que no soy dramática—, pero no habrá rabia.
Porque nadie me prometió nada.
Porque elegí sentir.
Y porque, pase lo que pase, nadie podrá quitarme lo bonito que ha sido volver a ilusionarme.
Lo curioso de todo esto es que no llegó cuando más lo necesitaba.
Llegó cuando menos lo esperaba.
Y creo que ahí entendí que algo dentro de mí estaba cambiando.
Que estoy creciendo.
Que estoy aprendiendo a querer desde un lugar diferente.
Que muchas de mis decisiones ya no nacen del miedo ni de la carencia.
Nacen desde el corazón.
Desde el amor.
Hace poco estaba viendo una serie.
El personaje que me gustaba se llamaba Logan.
Y, curiosamente, físicamente se parecía al hombre que me gusta en el trabajo.
No sé si fue una coincidencia.
No sé si la vida tiene esa extraña manera de jugar con nosotros.
Lo único que sé es que, después de mucho tiempo, volví a mirar por una ventana esperando que alguien pasara por ella.
Y, sin darme cuenta, mientras esperaba verlo a él...
también me encontré de nuevo conmigo.
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