El llanto de la ninfa
atrae al incauto forastero,
que viaja a través
de rutas prohibidas.
Entre los árboles,
una preciosa joven
solloza, pero de sus
mejillas no caen
lágrimas.
¡Desafortunado joven,
te acercas a la indefensa
y vil arpía,
que entre sus pechos
carga un puñal
de plata!
Asoma su cabeza tras
una rama frondosa.
— ¿Qué le ocurre,
bella dama?
— He perdido mi música,
la más preciada de mis
notas.
—¡Imposible!
Dijo el joven, absorto
en la belleza
de aquel ser.
—Estuve caminando
largo y tendido, y
no encontré
pieza musical
alguna en estos
parajes.
—Fue hace mucho,
el tiempo habrá
devorado todo
recuerdo
de dichosa melodía.
El joven caminó junto a la ninfa,
que ocultó de nuevo
su rostro
entre sus manos.
—No tengo canciones que
otorgarle, pero,
mi voz podría acompañar
a la suya.
—¿Me permite, pues,
tomar su voz?
—Sí.
Esta sonrió,
y con un veloz
y elegante movimiento,
descosió la garganta
del incauto
aventurero.
La sangre brotó
violentamente
sin descanso bajo
los pies de ambos.
Los ojos de este perdieron el brillo
y una solitaria lágrima
chocó torpemente
sobre las manos
de su asesina.
Entonces, ella tomó de su garganta
los restos del rojo líquido
que emanaba, escaso ahora,
del cuerpo inerte del joven.
—Tu voz ahora guiará
a necios como tú
entre estos frondosos
bosques.
Y su voz, que ahora imitaba la
de su anterior dueño,
se perdió entre
los ramosos árboles.
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