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Nadie viviendo en la nada

Oria

Abr 16, 2026

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Nadie viviendo en la nada
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Hubo una vez un hombre nada diferente a los demás. Tenía la piel blanca y lisa, sin ninguna protuberancia visible, tan luminosa que se notaba a la lejanía, mas no estaba viva. Tenía un buen trabajo en el banco municipal, atendiendo a las personas con una sonrisa y repitiendo cada vez que despachaba a un cliente: Que tenga un magnífico día. Cuando terminaba de trabajar, se levantaba, recogía sus cosas y se dirigía a la puerta por medio de un largo pasillo, con una fotografía reconociendo al empleado ejemplar. Al pasar frente a la suya, se quedaba admirándola, fingía una mueca de alegría, sacaba un pañuelo blanco de su saco planchado y almidonado, para poder limpiar la sonrisa capturada en la imagen en la pared. Caminaba por la calle, luciendo sus negros zapatos boleados y su reloj de oro falso que brillaba lo suficiente para parecer genuino. Cruzaba la calle y entraba a uno de los muchos edificios idénticos que yacían en la ciudad. No podía recordar cuál de todos era el suyo; todos eran iguales, así que entraba a cualquiera que le pareciera adecuado. Subía por el ascensor a cualquier piso, la verdad, no importaba, siempre y cuando fuera de los más altos, porque entre más arriba, más costoso era.

Se despertaba a las cinco de la mañana para bañarse. Se pasaba el champú dos veces y se tallaba el cuerpo tres. Salía de la regadera y se afeitaba, se acomodaba el pelo de lado y lo fijaba con gel. Se ponía 5 disparos de loción en los mismos lugares de siempre y salía a vestirse. Abría el closet y encontraba cientos de trajes del mismo aspecto y talla. Se calzaba los zapatos, tomaba su maletín y salía al trabajo. Todos los días eran iguales, sin ningún cambio aún en lo más mínimo. Pero hubo un día en que lo fue.

Despertó a las cinco y uno de la mañana, y se levantó apresuradamente para meterse a la ducha. Se lavó el cabello tres veces y el cuerpo dos. Salió de la ducha y se peinó el cabello hacia atrás. Abrió el clóset y se puso uno de todos los cientos de trajes que había. Se calzó los zapatos y salió con prisa. Corrió por las escaleras y se encontró con una ciudad llena de personas. Cruzó la calle y caminó por la banqueta hasta el banco, donde al llegar, escuchó el ensordecedor "ding-dong" de un reloj. El hombre se quedó paralizado; no entendía lo que pasaba.

Se abrió la puerta del banco, dejando salir a un grupo de hombres bien vestidos, formados en filas y golpeando sus zapatos contra el piso al unísono. Todos, sin excepción, se detuvieron delante de una fotografía en el largo pasillo que daba a la puerta del banco; sacaban un pañuelo de su traje planchado y almidonado, para después limpiar la sonrisa de sí mismos en la imagen, salir del edificio, caminar por la acera, cruzar la calle y entrar a cualquier edificio para subir al piso más alto.

Al pasar, la gente lo observaba, lo perforaba con la mirada, no solo con una evidente desaprobación, sino también como si estuviera haciendo algo completamente prohibido. La gente lo rodeaba, lo empujaba, no lo aceptaban. Entró por la puerta del banco y caminó en contra de la corriente por el largo pasillo lleno de fotografías. Había un espacio vacío. Su imagen ya no estaba. Perplejo y extrañado por lo que estaba sucediendo, el hombre fue arrastrado por una fuerza sobrehumana hasta una habitación oscura, totalmente desconocida. Un ente invisible a sus ojos le murmuró al oído, haciendo que el hombre soltara un grito agudo y desconsolado. Agarró fuerza e intentó llegar a la salida, pero el ente lo arrastró. —Ya no eres nadie viviendo en la nada —gritó el ente—. Ahora serás alguien muerto por la nada.

Oria

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