Nací y todo fue cuesta abajo
Jul 19, 2025
Nazco y todo empieza a ir cuesta abajo.
No llego al mundo gritando, demostrando lo fuertes que son mis pulmones, no. Salgo del interior de mi vieja en un silencio inquietante con el que observo al doctor y las enfermeras, casi como si supiera que se trata de un error y que se le debió hacer caso a mi viejo cuando sugirió un aborto.
Mi infancia es casi feliz, al principio. Tercera hija de una madre soltera que limpia casas para vivir y quien se queda sin cupo para anotarme en el jardín de infantes, así que decide engañarme; no vas porque así mamá puede pasar más tiempo con vos, y me despierta por las mañanas, me hace los mejores desayunos que su bajo sueldo puede costear y le permite a la vecinita venir a hacerme compañía. Qué rico es el pan con matecocido y leche a las seis de la mañana. Ojalá alguien le dijera que por haberme salteado jardín de infantes, en primer grado me sentiría como un bicho raro frente a un grupo de pares que ya se conocen y son muy crueles para hacerme huequito en sus círculos.
—No quiero ir más —digo en tercer grado, deprimida y harta de no sentirme parte de nada, de la ansiedad que me genera vivir a tan corta edad —. La maestra es mala y mis compañeros, peor.
Complaciente, mamá me permite abandonar la escuela por un tiempo hasta que la vuelven a llamar y la obligan a enviarme de regreso al infierno.
En quinto grado, le repito lo mismo, esta vez con lágrimas en los ojos y la histeria asfixiándome, poniéndome roja. Vuelve a ceder, repito el año por faltas y me cambia de colegio, quizá en un ambiente nuevo por fin puedo ser normal.
—No, porque vos andás hablando mal de mí —me increpa una fulana de mi edad a la salida, en la plaza. Me empuja en frente de la mayoría de los estudiantes que se reunieron a ver una pelea.
Yo nunca he peleado con nadie, solo con mi hermano y todas las veces he perdido. De alguna parte saco valor y cuando ella se me vuelve a tirar encima con los dedos bien separados y las uñas brillando bajo el rayo del sol de la tarde que está por abandonarnos, mis dedos encuentran los suyos a medio camino; se enlazan y ejerzo fuerza suficiente para doblarle los dedos al punto de que sus rodillas se flexionan involuntariamente y la hacen ver más enana, pequeña ante mí. Grita, grita de dolor y hasta llora.
—La próxima vez que alguien te diga que yo dije algo sobre vos, lo traes en frente mío y vemos si es verdad —le advierto antes de soltarle con asco.
Después le doy la espalda y sigo mi camino con el resto del mundo vitoreando de fondo. Ella me grita amenazas, dice que la lastimé y que soy una hija de puta.
Con los años, mi salud mental empieza a depender de la escritura al tiempo que mi mamá sale con un alcohólico, mi hermana mayor se entrega devota a la religión y los estudios y mi otro hermano empieza a jugar con los límites del alcohol y los polvos que se aspiran, volviéndose en cada episodio más violento y alimentando la irritabilidad que nació un día en mi interior y que jamás he podido apagar. Él se corta cuando los químicos en su cerebro hacen cortocircuito y no me puede pegar porque alguien más lo detiene. Y no sé si es porque tengo doce, casi trece años, pero considero que es mi momento más bajo en cuanto a lo influenciable, porque yo también empiezo a recurrir a la auto lesión cuando no puedo hablar de que el novio de mi mamá me empezó a tocar cuando tenía nueve años y aunque se estén separando, lo sigue haciendo.
—¿Qué te pasa? —Me pregunta ella un día, porque mi hermano quiere traer a vivir a casa a uno de sus amigos que conozco poco y nada y estoy hasta la garganta de aguantarme hombres extraños desfilar por la casa.
—¡Qué me tocó! —le digo a los gritos.
El llanto por ambas partes, el odio y la impotencia, en algún momento en que se le puede hacer un huequito a la racionalidad me empieza a hacer preguntas. Quién, cuándo, dónde. Le explico que lleva años, pero que no quiero hacer la denuncia porque todo el barrio va a pensar que es mi culpa y no soportaría que me miren de más. Le pido que por favor no haga nada, ellos ya no están juntos, que simplemente me acompañe y no permita que más tipos se queden en una casa que es por demás frágil y precaria hasta los cimientos.
—Lo prendería fuego —. Y yo sé que lo dice en serio, tan en serio que la abrazo con preocupación.
En la adolescencia no soy la más inteligente ni la más linda, de hecho, soy un tres de diez. Estatura media, dientes chuecos, piel amarilla, pelo largo y enredado, ojos grandes y apenas un poco de piel sobre los huesos. No importa que me coma al mundo, mi cuerpo se niega a dejarme subir al menos un kilo más. Así que tengo 15 años y peso 39kg con todas las de la Ley. Y justamente en este cumpleaños, mi hermano sale a la madrugada a tomar alcohol hasta sentirse otra persona y asesina a golpes a un tipo que intenta robarle en la vereda. Porque mis complejos físicos de adolescente no son suficiente, Dios dijo… denle algo más para llorar con ganas.
En la villa es fácil; tocas a un chorro y todas las familias de todos los chorros que vivan por la zona, van a tomar cartas en el asunto. Tales como meterse en tu casa mientras miras todo desde la ventana del vecino; robarse los pocos electrodomésticos que tu mamá y tu hermana mayor pudieron comprar con muchísimo esfuerzo y luego, pum, incendian todo el interior. El reflejo del fuego contrasta en mi mirada con las lágrimas que no paran de brotar de mis ojos. Nos acabamos de quedar sin casa y allá en la otra habitación, puedo escuchar el forcejeo.
—Déjenme salir, los voy a matar a todos —grita mi hermano, no contento con habernos dejado sin hogar, pretende obligarnos a asistir a su funeral.
La gentuza se va cuando el fuego es imposible de apagar y el resto de los vecinos, esos vecinos de bien, extranjeros en su mayoría, salen de sus casas con baldes y agua. Mi mamá nos arrastra con lo puesto, pijamas y abrigos que logramos traer con nosotros a casa del vecino cuando nos pasamos a su casa por el patio trasero, luego de que él advirtiera que la cosa se pondría peor, y nos lleva a casa de una señora de la iglesia.
Pasamos de tener una casa propia de tres ambientes con dos patios, tres árboles de limones y uno de granadas, a alquilar un monoambiente asfixiante. La perrita que adopté a los seis años, muere de tristeza en el tiempo que demoramos en encontrar dónde quedarnos permanentemente y un gato que casi no recuerdo, desaparece. De nuevo, cambio de escuela y tampoco logro adaptarme, no soy un bicho raro; en este punto soy una cucaracha a la cual la vida le estuvo tratando de poner punto final incluso antes de nacer.
Y eso, persona que me lee, es un pensamiento intrusivo que se instaura como un tatuaje en la parte de atrás de mi cabeza. ¿Así que para qué terminar la secundaria, si debería estar muerta? Igual me voy a morir pronto, todo me lo dice. Es decir, no podía adaptarme desde tan tierna e inocente edad al colegio porque en primer lugar no debí estar jamás ahí. Y si sufrí un abuso también rozando esos primeros años de vida fue por ir como imbécil a buscar afecto paternal en un infeliz que nunca me hubiese tocado (a mí, seguro que a otra sí), si tan solo no hubiese nacido. Y mi hermano, pobre tipo… quizá tomaría menos si el peso de ayudar a mantener una familia de tres mujeres no fuera tan demandante, si no tuviera una hermanita histérica que le grita “sos un fracasado, sos un alcohólico, te odio” cada vez que toma. Tal vez si lo hubiese tratado con más amor, pero cómo te explico que me parece que nací sin él.
Ahora tengo veintiocho años, a los veinticuatro me mudé sola y no tengo casa propia, alquilo, pero sí cuento con la seguridad de que los problemas que pueda crear mi familia nunca más serán asunto míos. Llevo años entrando y saliendo de la depresión, acariciando con las yemas abiertas el fondo del pozo y es que una cae y sube con más facilidad cuando tiene Trastorno Límite de la Personalidad y un día parece que quiere comerse el mundo y, al otro, el mundo te come a vos.
Yo sé que son heridas del pasado, pero cierro los ojos y el pasado está acá conmigo. Me mudé, como te contaba, pero ahora no sé qué hacer con eso, así que a veces caigo en viejos hábitos y me abro la muñeca y me tomo una o dos, quizá tres y cuatro, pastillas de más para dormir. Y aunque me jactaba hasta hace una semana de ser depresiva funcional, ya no lo soy, ahora solo quedamos los fantasmas y yo, la nena que debí ser y la mujer que soy, que no entiendo, que está todavía desdibujada una pintura aguada, la que no encaja nunca, ni siquiera en los lazos más cercanos… cómo el amor, el abrazo de una amistad sincera, el te quiero de mamá, el cómo estás recurrente de una hermana mayor.
Por eso decido hacerle caso a ese pensamiento intrusivo, porque lleva años ahí, en la parte de atrás de mi cabeza y es como yo; solo necesita que le escuchen y sentirse entendido, dos cosas que el mundo hace tiempo me mezquina y sin las cuales no puedo vivir.
Me despido de la nena que me hubiese gustado ser, le mando cariño a mi viejo, donde sea que esté, por haber sabido de entrada y haber tenido el valor de decir; no. Y a mamá, qué bueno que lo intentaras, lamento que no funcionara.
El mundo no me pierde ni yo lo pierdo a él, esta noche simplemente hacemos las paces.

Florencia Velázquez
Escribo como evidencia de que aún estoy viva. El libro está en proceso, lo actualizo cada vez que me inspiro.
Recomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.
Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión