la inocencia rodea la cintura de la niña que solía ser. el amor en estado primitvo se ciñe a su cuerpo del mismo modo en que dos largos brazos sostienen los huesos de un recién nacido.
sus labios muertos pronuncian plegarias en un acto de resistencia contra el olvido, y el ruego de aquella criatura hiende el aire al igual que las lanzas atraviesan el cielo bajo el cual dormimos.
sus frágiles manos se mueven a la par de las hojas, haciendome señas desde otra orilla, y la danza que realizan entibia la memoria de la mujer que hoy contempla su recuerdo en agonía.
la nostalgia me insta a hundir los pies en el suelo, pero esta vez elijo ser yo la que parte de un jardin que ya no tiene patria, de un pasado que, adormecido en el polvo del tiempo, no pertenece a nadie ni nada.
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