Moscú: un espacio cultural que se transformó en memoria
Jun 18, 2025

El sábado pasado, Moscú Espacio Cultural le dijo adiós a su sede ubicada en la avenida Córdoba 4335, en el barrio porteño de Palermo. El cierre no solo marcó el fin de un ciclo: algo pareció romperse en la esfera del tiempo, reconfigurándose para dejar paso al recuerdo. El que fuera «semillero» del nuevo rock post pandemia es hoy otro nombre en la larga lista de espacios independientes desplazados por la lógica del mercado.
En su última jornada, bandas como Gigantes en Japón, Jero Jones, Shopin Sur, Proyecto Jacobino, Posguerra, Lagrimitas y Paranoia tomaron el escenario —en ese orden— para dar “el último baile” de Moscú. En una tarde fría que mutó en ocaso, el público coreó canciones propias y ajenas, como “Next Week”, “La rubia tarada” y “Viejos vinagres”, en un ritual que evocó el espíritu de Sumo en todo su esplendor.
Entre la emoción y la nostalgia, Tomás y Sabrina, dos jóvenes que se conocieron allí, recordaron que su primera cita fue en la terraza del centro cultural: “Estamos unidos por Moscú y estamos reviviendo algo de eso”, dijeron. Como esa, se multiplicaban las escenas de despedida, en las que se mezclaban abrazos, lágrimas, fotos y grafitis. Uno de ellos, en los baños, resumía el espíritu del lugar: “Quería ser historia y, por suerte, de casualidad, supe que era acá”.
La historia se repite o tiende a repetirse
“Nació de un movimiento, de un choque, de un caldo de cultivo que hervía en el aire viciado y ruidoso de La Cueva”, escribía Pipo Lernoud sobre el mítico sótano de avenida Pueyrredón que fue cuna del rock nacional en los años sesenta. Como La Cueva, Cemento o La Esquina del Sol, Moscú supo condensar el deseo de una generación por crear algo propio, diferente, alternativo al consumo impuesto por la industria cultural.
Estos espacios físicos no son meros escenarios: son trincheras estéticas, afectivas y políticas. Lugares donde se cultivan, casi sin querer, una o más revoluciones a la vez. Espacios de encuentro y resistencia frente a una ciudad que, en nombre del progreso, se vuelve cada vez más hostil con los proyectos autogestivos.
Moscú fue también eso: el lugar donde nacieron o se consolidaron bandas como Dum Chica, Buenos Vampiros, Mujer Cebra y Winona Riders. Hoy, ese punto de referencia quedó vacío, víctima de un contexto político y económico que asfixia al circuito de la música emergente.
La contracultura no se clausura
En su despedida, Moscú fue también una tribuna. Desde el escenario, Ian Barracuda, cantante y saxofonista de Shopin Sur, tomó el micrófono: “En la calle están pasando cosas que no tienen que pasar. No se olviden del de al lado. Hay que cuidar los derechos que supimos obtener en unidad”. Poco después, Nico Manikis, voz de Proyecto Jacobino, agregó: “Repudiamos la proscripción antidemocrática”, en alusión a la condena judicial contra la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner.
Ambos comentarios reflejan el espíritu contracultural que definió a Moscú desde sus inicios. Una toma de posición frente a la avanzada de un gobierno que promueve el individualismo y la deshumanización, bajo la lógica de un “sálvese quien pueda” cada vez más violento.
Mientras se multiplican las mueblerías, las cadenas de gimnasios, las prominentes torres de viviendas o las franquicias de comida, desaparecen los lugares que albergan lo colectivo, lo incómodo, lo que no entra en el algoritmo. Moscú resistió hasta donde pudo: su cierre duele porque representa una pérdida real en nuestro mapa cultural. Pero que, como siempre, volveremos a reconfigurar.
Epílogo: el valor de los espacios
El cierre de Moscú no es un caso aislado. Es parte de una tendencia que expulsa a los proyectos culturales independientes de los centros urbanos, encareciendo alquileres, burocratizando habilitaciones y dejando que el mercado imponga su lógica extractiva.
Pero la historia no termina ahí. Como en los sesenta, los ochenta o los dos mil, hay nuevas generaciones dispuestas a resistir, crear y habitar sus propios espacios. Moscú fue uno de esos faros. Y aunque hoy las luces estén apagadas, su memoria seguirá encendida en quienes alguna vez bailaron, gritaron, se enamoraron o soñaron ahí.
“No podrán detener el viento de la juventud”, dice en uno de los murales medio ocultos de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora. Uno de esos lugares comunes, de esos pasillos que vieron desaparecer a compañeros y compañeras que defendían en la cultura un concepto tan sencillo y poderoso como ese. Tal vez, esa siga siendo la mejor síntesis de lo que está en juego.
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Elías Brizuela
Escritor, periodista y fotógrafo. 28. Me dedico a la comunicación pero escribo por la necesidad de mi alma por contar las otras historias, los otros sentimientos.
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