Morir de viejo.
Dos Cuescos era alto para su tamaño.
"Yo siempre he sido viejo", me dijo una de las muchas noches en la que ambos nos alicoramos como dos profesionales.
"A lo que yo aspiro en la vida es a no aspirar a nada". Y es que ni comer le interesaba. "Si consiguieran una píldora diaria o semanal o mensual que sustituyera la comida yo la tomaría". "Lo de beber es otra historia".
Dos Cuescos no era cariñoso, pero por mí sentia algo parecido al cariño. Cada tarde se sentaba a mi lado en un taburete en el rincón más oscuro de la barra del garito que nos servía de salón de casa. 'Bebieron con las botas puestas', le llamó a su negocio el dueño. Le gustaba el cine y que ganaran los indios.
"Proscopio, ponnos un par de jarras".
Al tipo no le parecía bien que lo llamara así, pero en algún momento había decidido dar por perdida esa contienda. Como Caster en Little Bighorn.
El de detrás de la barra se llamaba en realidad Victoriano (nombre de pila, claro. De sus apellidos nunca supe nada). Ese nombre, cosas de la clientela, derivó en Votorio. Dos Cuescos lo entendió mal al principio y lo tradujo a ese modo.
"No sé de que se queja. Proscopio tiene mucha más enjundia que Votorio".
Los nombres, con o sin enjundia, sólo son sonidos, vibraciones en el aire, y con el tiempo todos nos acostumbramos a los que escuchamos, aunque que en principio nos suenan raros.
Dos Cuescos me contó el origen de ese suyo.
"Me gusta sentar las bases de las relaciones desde el primer instante. El director de la cárcel se acercó a mí al recibirme en sus dominios y, con una charla tipo ("Aquí puedes estar bien o mal, eso lo eliges tú..."), me dio la bienvenida. Yo me tiré un sonoro pedo como respuesta. Soy rápido cargando la munición. No se lo tomó a bien y me abroncó el gesto delante de los otros inquilinos ("Parece que te decantas por lo malo..."). Cuando acabó, me tiré otro pedo aún más ruidoso. Ya que no quería caldo, le di dos tazas." Su estancia en la institución, me dijo, no fue nada grata. Es lo que tiene no ser sumiso.
Cada tarde, en algún momento, él, de regreso del váter, decidía que ya era la noche, y en la noche, según su entender, no se toma cerveza, así que pedía dos cafés solos y dos vodkas con hielo.
"Lo peor de hoy es mañana" espetaba a modo de primer brindis.
Las noches sabían a humo y profundidades metafísicas. Nuestros hígados nos odiaban.
Les puedo jurar que yo intentaba escapar de aquellos plácidos infiernos, pero nunca pude. Supongo que, en realidad, nunca quise.
Sí, entonces vivía solo (nadie me hubiera soportado más allá de aquella barra del bar). Y ahora (ayer enterramos a Dos Cuescos), mi soledad es doble. El jodido se me adelantó.
"Morir es un instante. Lo largo es vivir". No es su epitafio, que Dos Cuescos no dejó instrucciones al respecto, tan solo es una de sus sentencias, de sus lapidarias frases.
-Proscopio, ponme dos vodkas. En un vaso. Ya debe ser de noche.
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