Quien define a los monstruos desde el temor y el espanto no puede rescatar aquello que se desliza y esconde bajo el alfombrado de su concepto más profundo. La curiosidad del ser humano no se detiene por el terror mas parece ser limitante para explorar más allá de lo que los ojos y oídos perciben.
Mi monstruosidad no asusta a los infantes. Tampoco a las damas que pasean por las veredas de mi ciudad, aunque con cierta mirada extrañada me observan al pasar. He sentido la extrañeza del mundo que me rodea como una picazón en el cuello y un sudor en las manos que nunca se va. Es como si fuera una capa de suciedad que refleja una sombra poco visible para la sociedad que deambulando por las calles pareciera no ser consciente de los monstruos que caminan a sus pasos.
Los monstruos parecen ser bichos espeluznantes que sacan los gritos más temerosos de quienes los cruzan por sus hogares, como invasores, como intrusos y terroristas.
Reivindico entonces mi derecho a ser un bicho. Aquel que a la mirada extrañada genera asco o rechazo sin entender más allá de lo que la apariencia grotesca deja ver. Como el insecto que Kafka nos regala en su narrativa, aquel al cual su propia le vio con el repudio de la inutilidad y la asquerosidad.
Defiendo con las garras feroces mi derecho a ser un bicho. Aquel que no es comprendido por su origen y su forma, que desmiembra su interior y lo expone como carne viva para enseñar su corazón latente, para así tal vez, ser observado como un algo vivo, pensante, sensible, un humano, aunque no me gusta ser humano.
Un hombre o una mujer. Cuando uno observa a un bicho no se cuestiona qué es, solamente se cuestiona de qué forma matarlo, desaparecerlo. ¿Para qué debería entonces encerrarme en uno o en el otro? ¡Bah! No significa nada, al final del día, pisoteado quedaré.
En el mundo del hoy somos una infestación. Como una pandemia de la cual la tierra tan aterrorizada, traumada, perseguida, quedó. Somos aquello que les provoca alejarse. Que cubren sus ojos como las bocas para no contagiarse del “virus”. Porque eso somos, un virus, una enfermedad, una incorrecta formación biológica que no debería haber existido jamás, pero existe, y existirá.
¡Y que les pese! Porque mi madre acunó en sus brazos a este bicho, lo alimentó, lo crió, y lo amó, y lo ama, y lo amará, entonces por qué odiar mi monstruosidad, si mi madre dio a luz a un monstruo, y ese monstruo ahora escribe estas páginas, pelea, chilla, llora, molesta, vomita, espanta, carcajea, escupe, desmembra y traga.
Yo, bicho de mi madre, monstruo del mundo, insecto de la tierra, ciempiés del valle, polilla de mis pilchas y pulga de mis animales.
Yo, tan sólo yo sé que mi monstruosidad no es de temer.
Pero que teman, que tiemblen, que lloren.
Porque de mis colmillos se diluirá el veneno de mi historia hasta coagular la sangre de la memoria y jamás ser olvidada.
Yo, bicho envenenado.
Yo, bicho y monstruo.
Amén.

; mimu.
dos, cuatro ; estudiante. tenue, tajante, profunda, caricia. poetizando desdichas, desgraciando suspiros, caótico vivo.
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