Una mujer desdichada se mueve lento al caminar por los pasillos de su morada en donde el tiempo no aparenta pasar.
Respira lento y pesado, en su piel el sudor empieza a asomar, y confundida, no sabe si es por el insufrible calor, o porque a la alcoba de su hijo se ha logrado acercar.
Sus nudillos palidecieron por la presión en la puerta al tocar, escalofríos la recorrieron al abrirla y oírla rechinar; una fría mano puso en su boca, reteniendo el deseo de vomitar solo por la idea de haber llegado a esa cosa engendrar.
Yacía la bestia en aquella cama, lecho maldito por su tocar, era tan grotesca su mera imagen que incomodaba solo mirar.
Una criatura de casi tres metros, encorvada siempre al andar, como si su columna hace años se hubiese decidido a quebrar;
piel grisácea, verde, muerta, resalta al observar los órganos sueltos y ensangrentados de heridas que no llegaron a sanar;
seis cavidades negras e irregulares intentaban en su rostro respirar, mientras el horrible ahogo se escuchaba en su boca al suspirar, donde reposan docenas de dientes desorganizados y sin igual, de hombre, de perro, de caballo, de oso; de un bastardo de la naturaleza como tal.
Levantóse la criatura, con un mover lento y desigual, extremidades negras y carcomidas no lo lograban humanizar.
Vio la mirada de su madre, vio el desagrado en su mirar, y la falta de ojos en su semblante no le impidió empezar a llorar.
Acurrucóse sollozando en una esquina sin iluminar de un cuarto vacío y solitario que solo lograban adornar cartas y poemas de letra chueca, de su autoría, de su pesar, cartas que el amor por su madre buscaban retratar, mas el rechazo y aversión de ella es lo único que logró encontrar, odiado por diecinueve años por quien engendró un hijo de Satanás.
La mujer, sin remordimiento alguno, ni lástima, ni pesar, entró con repulsión al cuarto, dispuesta a su misión terminar. La pólvora cargó en el arma, dispuesta a la bala clavar en la cabeza de aquel hijo que su existencia pudo arruinar.
La bestia gritó, aterrorizada, no se atrevió ni a voltear; el sonido perturbador hizo las paredes retumbar… En ese momento, sin pensarlo, la madre comenzó a dudar. ¿Cómo podía acabar con su retoño, su pequeño, su heredad?
Pero en ese momento, en ese instante, el horror en su mente se pudo asomar. ¿Divisó solo por un instante amor por aquella fealdad?
Gritó con ira y con asco, cayó al suelo, empezó a vomitar, la podredumbre del pensamiento era demasiada para soportar.
Asqueada por el afecto hacia el monstruo que solo buscaba un hogar, tomó la cruda decisión que ya no podía postergar.
Apuntó sin dudar a su frente, sonó un estruendo al disparar, y sin vida se desplomó su cuerpo, su sangre se empezó a derramar.
El monstruo, asustado, desconsolado, desesperado, por ayuda empezó a clamar, sostuvo el cadáver de su madre, sobre ella se hechó a llorar.
No podía deshacer el amor y el luto por quien tanto lo llegó a detestar… Su primera palabra susurró, tumbado, pronunció:
"¿Mamá?"
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