La primavera insiste en hacer florecer este bonsai que llevo dentro.
Todos los años, a mitad del invierno, ya siento el cosquilleo de su llegada.
Insiste en darle luz al pantano donde crecen las más raras clases de plantas.
Ella está obsesionada con ese pequeño árbol.
Todos los años la veo llegar, con la esperanza de verlo crecer.
Yo trato de explicarle que es inútil. Pero ella es demencialmente optimista.
Entonces la dejo que se esfuerze, aunque sea en vano.
Lo riega, le habla, le canta. Limpia sus hojas con un pequeño algodón.
Así pasa los días, tarareando musiquitas odiosamente pegadizas. Con la cinta de medir bajo el brazo.
De a poco descubro que el entusiasmo ya no es el mismo. Entonces me voy preparando, para no hacer trizas su ilusión.
Le explico que es imposible, que me duele ver cuántas veces lo intentó.
Que ese pequeño arbolito nunca creció, ni brotó. Que sus hojas, aunque caigan fuera, no echan raíces ni se enredan. Que él prefiere estar así, seguro, en la misma maceta.
Y ella me mira, preocupada y decepcionada. Va masticando varios días la situación.
Ahora lo ve desde lejos, pasea cerca. Resignándose a la idea de que el verano pueda hacer lo que ella no logró.
Y asi se despide, desilusionada, con lágrimas en los ojos porque ese arbolito es su obsesión.
Yo apoyo mi mano en su espalda y trato de consolarla.
Porque al final sé que el próximo año, ese bonsai, volverá a romper su corazón.
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