Pobre desdichada que a llorar rompe, temblorosa.
Semejanza evoca al recién nacido que por el trauma de salir a la fuerza del vientre de su madre, solloza.
—Cálido como solo pueden ser las entrañas de una mujer—.
Mira al cielo, esperando que los ángeles pongan flores en su pelo.
Expectante de consuelo, halla nubes; no hay forma; es pura nada en blanco puro.
¿Qué hay del perverso, que por vil astucia, resulta bienaventurado y ella, benévola, recibe las desventuras?
¿Y cuándo un aro de luz se posará sobre su cabeza y la decidirán finalmente bendita?
Voraz está su alma de ternura, pero solo implora una pizca.
¿De dónde viene, pues, la desfachatez de abatir a una servidora?
Incontables veces ha pedido misericordia puesta de rodillas
y resulta, dolor, que la manzana de Dios está podrida.
Su voz no alcanza al cielo, pero sí a la tierra. Susurra amarga ella, lágrimas secas:
«Cansada de la austeridad, María, espérame:
que allá voy donde se resguarda tu velo
a buscar mi orgullo y mi nuevo corazón abierto,
a rechazar la ingratitud de esta tierra inhóspita,
a marcharme con Lilith al paraíso».
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