Caigo ante esta página en blanco después de terminar Confesiones de una máscara, de Yukio Mishima.
Había tenido un breve acercamiento a sus letras, aunque fue con este libro cuando comprendí aquellas palabras que escuché alguna vez: "un libro se lee una vez, pero se entiende al volver a él." En mi caso, fue así.
Su prosa me acompañó durante dos semanas. Entre el estudio y el trabajo, este libro viajó conmigo en trenes y colectivos, regalándome pequeños refugios donde olvidar, aunque fuera por unos minutos, la realidad que caía sobre mis hombros y me susurraba las obligaciones.
Su pluma parecía conducirme por senderos ocultos dentro de mí, rincones que incluso yo evitaba recorrer. La historia autobiográfica de Mishima me llevó a preguntarme cuántos habitamos este mundo fingiendo ser alguien que, en el fondo, no somos. Una máscara para el trabajo. Otra para la facultad. Otra más para los amigos y la familia. Y así, el hilo podría extenderse indefinidamente.
Quizás esa sea una de las tragedias silenciosas de nuestra existencia, vivir representando papeles. No porque queramos hacerlo, sino porque tememos aquello que podría ocurrir si alguien llegara a vernos tal cual somos.
Con el tiempo aprendemos a perfeccionar la actuación. Sonreímos cuando estamos cansados. Asentimos cuando quisiéramos discutir. Ocultamos heridas detrás de gestos cotidianos. Poco a poco, la máscara deja de ser un disfraz para convertirse en una segunda piel.
Y entonces me surge una inquietud.¿qué distancia existe entre quienes somos y quienes mostramos ser?
Tal vez sea allí donde nace gran parte de nuestra angustia. En ese espacio estrecho y frágil donde conviven la persona que habita en silencio y el personaje que exhibimos ante los demás. Un péndulo suspendido entre lo que somos y lo que quisiéramos ser.
Como el protagonista de esta obra, muchas veces me sentí actuando frente a una sala vacía. Interpretando una función interminable, esperando que algún intrépido atraviese las puertas del teatro y contemple, con sus propios ojos, la tristeza y a veces alegría que intento disfrazar de espectáculo.
No sé si algún día lograré desprenderme por completo de mis máscaras.
Pero quiero creer que sí.
Quiero creer que, antes de que el telón comience a cerrarse y la obra no pueda repetirse jamás, encontraré el valor para ponerme de pie. Erguido, como un soldado frente al pelotón de fusilamiento. Mirar un punto fijo en el horizonte y, por fin, arrancar mi máscara para terminar con esta función.
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