Había pasado un tiempo luego de nuestra ruptura. Aún te seguía viendo en el colegio, en la calle, en el centro y en todos lados. No puedo sacarte de mi vida. Sos una presencia firme que se encuentra allí pero nunca interviene y eso me desespera.
Un día mientras volvía de mi clase de hockey, te veo en la parada del 105 desde la otra esquina de la cuadra. Por un segundo no supe qué hacer, así que hice lo obvio: seguir caminando. Estabas a solo unos metros, pero tu mirada solo se centraba en el bondi que estaba por venir.
No quiero sonar arrogante pero creo que me estabas viendo de reojo. Sentí un rubor en mi cara por solo pensar que me estabas observando. Pero tus ojos nunca demostraron a quien estaban mirando, siempre tenias una mirada perdida. Pero sabía que yo era a quien mirabas, tu corazón te delataba, no era algo que podías ver literalmente pero tu cara cuando vio a la mía de alguna manera se iluminó. Aun así seguias sin dirigirme la palabra desde hace semanas.
Seguí mi camino. La cuadra se me estaba haciendo eterna y mis pasos, demasiados cortos. Sentía que mis zapatillas eran de plomo y que por cada paso que daba, el camino se hacía más largo.
Ya había caminado la mitad de la cuadra cuando presté atención a lo que nos rodeaba. Mi reflejo se podía visualizar en el vidrio de una tienda deportiva. Ahí es en donde compré mi palo favorito de hockey. Siempre me dió buena suerte tanto en los juegos como en el amor, eso explica porque cuando lo compré te choqué en la puerta de ese mismo lugar a la salida. En ese momento éramos desconocidos pero por cuestiones de la vida terminamos siendo mucho más que eso, tal vez el palo te atrajo como imán o fue nuestra chispa innegable que generamos cuando hablamos por primera vez.
Di unos pasos más y dí con la funeraria en la cual murió nuestro amor. Aquel 28 de junio no se pudo haber sentido más solitario. Inicios de invierno y ya me estabas dejando. Lo nuestro fue algo otoñal; ni muy pesado como el verano pero no muy resistente para pasar el invierno.
Volví a la realidad cuando sentí que el mundo se me puso en contra. En los pocos segundos en los que el semáforo estaba en verde tu colectivo llegó. Mientras vos te subías me miraste, ocasionando en mí un bloqueo de tiempo mental. La secuencia quedó pausada momentáneamente por miles de flashbacks que vinieron a mí, pero traté de concentrarme en lo que estaba pasando. La lucha de mi cerebro entre prestarte atención o aferrarme a nuestra relación se sintió como algo eterno.
No me atrevo a verte a los ojos. No después de todo. Verte sería como si estuviera suplicando para que volvieras y de ninguna manera eso iba a pasar. Aunque ambos sabemos que con todo mi ser estoy rogando por un comeback nuestro.
En el último segundo, mientras te sentabas, nuestras miradas por fin se cruzaron a través de la ventana. El vidrio reflejaba todos nuestros momentos juntos. Esos recuerdos llevaron a mi cuerpo a una nostalgia abrupta: el primer día, el que nos conocimos, está tatuado en mi corazón. Me acuerdo que te habías sentado al lado mío en la clase de Historia y no parabas de pedirme la hora; siempre fuiste una persona muy ansiosa. También compartimos largas caminatas. “Cuando era chico soñaba con una princesa de cuentos de hadas, y eso es lo que veo en vos”, recuerdo que me dijiste en un recorrido. Siempre en los paseos me hablabas de tu pasado para crear un mejor futuro, como si lo fueras a tener conmigo. La tarde en que me dijiste todo lo que sentías por mí cuando no sabías a dónde querías llegar dejaron un agujero en mi corazón. Ahora hay alguien que está sanando y curando mi corazón pero no se siente tan bien como cuando estaba en tus manos. El anochecer cuando me prometiste que no iba a haber paradas, solo luces verdes, me llenaron los ojos de lágrimas.
Otro recuerdo vivido es cuando terminó absolutamente todo. Esas promesas huecas, frases robadas y regalos reutilizados, todo eso había terminado ya. La ilusión de un futuro juntos se desvaneció tan rápido como había llegado.
No puedo tenerte conmigo ahora pero tengo esos grandes momentos de cuando sí podía. Ahora mi mente es solo un recuerdo satisfactorio lejano. No quiero seguir un viaje con vos pero si por alguna razón de las circunstancias el destino nos junta en un viaje directo a una relación mejor, espero poder estar a tu lado.
Estabas ahí, pero no solo en el 105 mirándome, estabas en cada lugar. Tu recuerdo viene a mi vida como si fuera un eco ruidoso. Aunque luego quedes como en un silencio indescifrable, tu alma sigue conmigo. A veces tu aroma y presencia llegan en momentos de mi vida que vos estarías disfrutando: el otro día en mi clase de deporte hicimos handball, tu deporte favorito, y de la nada tu respiración agitada luego de un partido se hizo presente. Cuando terminé de jugar y volví a casa, creí sentir tu perfume. Te busqué en todas las caras, pero ninguna era la tuya. Recuerdo haber escuchado mis canciones románticas favoritas y ahora tu esencia se encuentra en ellas. Entre el verso y el coro de “Pretty Boy” de The Neighbourhood quedó sembrada nuestra conexión. ¿Por qué todo lo que no pude ver en nuestra relación lo estoy sintiendo ahora? ¿Por qué buscás algo vanidoso cuando estoy aquí diciendo todas las palabras que nunca dije?
De la nada reventó la burbuja temporal donde todo se había detenido y caí en que nuestra relación fue demasiado rápida, tal vez porque yo era el reemplazo de alguien. Anhelé más de lo que realmente pasó, pero nunca creí que podría dejar tantos recuerdos fuera de mi imaginación.
En la parada del colectivo, no te veías como la misma persona que conocí hace un tiempo: no eras lo que solías ser. Tus ojos se veían apagados como si les hubieran robado su fuente de luz. No identifiqué tu pelo negro porque estaba sucio y descuidado, todo lo contrario al resplandor que solía tener cuando estábamos juntos. Buscaba similitudes en algo que ahora es completamente ajeno. ¿Acaso mi partida te hizo cambiar? ¿O solo soy yo que no tengo la misma visión de hace un tiempo atrás?
Al final nos perdimos de vista y el semáforo se puso en verde. El sol se iba por el f
ondo de la ciudad.
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