Mirada almendra, te miré en sueños como usualmente te conjuro,
libre de culpas y silencios, con la caricia precisa
y el crepúsculo ensangrentado,
perfecto para que la despedida no duela tanto.
Mirada almendra, te soñé con la lucidez en los ojos del sordo,
y tus muñecas seguían igual de pálidas,
muñecas frías, blancas, que escondían ríos lumínicos
llenos de ese vino tibio del que alguna vez probé en besos.
Mirada almendra, desperté con el eco de tu nombre atrapado en la garganta,
como si aún forcejeara con las sábanas para retener la forma de tu silueta.
Abrí los ojos a la penumbra de la habitación, y por un instante,
la yema de mis dedos guardaba el fantasma de tu temperatura,
la que en el sueño era precisa y en la vigilia se vuelve una herida pequeña.
Supe entonces que la despedida había llegado de puntitas,
aprovechando el umbral difuso entre el sueño y la lucidez,
con ese crepúsculo ensangrentado que me regalaste
para que el golpe fuera menos golpe y más caricia de navaja.
Mirada almendra, en el sueño podía escuchar el rumor de tus ríos internos,
ese vino tibio que ya no bebo pero que aprendí a reconocer
en el temblor de tus muñecas pálidas.
Porque hasta en el sueño, hasta en la más generosa de las ensoñaciones,
tus muñecas seguían siendo el umbral de una frontera
que ya no me pertenece.
Y yo, con la lucidez en los ojos del sordo,
que todo lo ve pero nada puede escuchar,
asistí mudo a tu desfile de gestos aprendidos,
a la ceremonia de tu cuerpo que ya no era para mí,
y desperté con la certeza de que hay despedidas
que sólo pueden consumarse en el territorio impune de los sueños,
donde el alma puede darse el lujo de morir un poco
sin que el mundo exija certificado de defunción.
Mirada almendra,
cuando la noche vuelva a tender sus redes,
prométeme que regresarás con la misma artesanía de caricia,
con el mismo crepúsculo en las manos.
Porque si el olvido ha de llegar,
que sea así:
con la lentitud de un río luminoso,
con la paciencia del vino tibio,
con la dignidad de tus muñecas frías
retirándose en silencio
como quien no quiere
abrir la herida.
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