El subte chirrió al detenerse en la estación Florida. En las paredes mohosas, grafitis deslavados y carteles descoloridos colgaban como vestigios olvidados.
—Una moneda... por favor — murmuró una voz áspera desde el suelo, apenas audible entre el eco del andén. Un hombre de figura encorvada estaba sentado en cartones desgastados.
María sacó un billete de su bolso mientras bajaba del vagón. Se lo entregó al hombre con una sonrisa antes de perderse en el río de personas.
En el entrepiso de las escaleras de salida, el aire cambió, pero no para mejor. De una puerta clausurada emanaba un olor nauseabundo. María cubrió su nariz y aceleró el paso para hacer más breve la tortura.
El caos de la calle Florida la recibió con su ajetreo característico: trabajadores de saco y corbata, mozos que invitan a comer por precios ridículos, promotores de turismo acosando a todo aquel que pasara frente a ellos y personas de distinto perfil gritando “cambio, cambio, cambio”, atrayendo a los transeúntes a las casas de cambio ilegales. Todo ello entre una amalgama de edificios nuevos y viejos, con vitrinas iluminadas y lujosas.
María soportaba interminables jornadas en la tienda donde trabajaba, con la única chispa de esperanza de que el sacrificio de dejar atrás su país natal algún día valiera la pena. Durante sus descansos, se sentaba en una banca frente al paseo de compras para fumar, observando el entorno en busca de cualquier distracción.
—Disculpe, ¿tiene algo de comida?— le dijo un hombre que se le acercó un día.
Vestía un abrigo raído y le faltaba una pierna, que compensaba usando una pata de palo maltrecha. Llevaba un parche improvisado en un ojo, el cabello sucio caía en mechones sobre su frente.
—Tenga — respondió ella, sacando un pequeño sándwich de su bolso sin mirar al hombre a los ojos.
El mendigo mordió el sándwich con una sonrisa que contrastaba contra sus dientes ennegrecidos.
—Gracias — masculló mientras masticaba.
—Usted también está en la estación, ¿no?—recordó María.
—Sí, estos son mis terrenos — dijo con un gesto galante — Tenés los ojos de mi hija — dijo, sacando una foto arrugada de su abrigo. Era una niña con trenzas desprolijas, sonriente, abrazando a una muñeca — Cuando la miro, recuerdo que amaba bailar, incluso con el cáncer y todo. Pero la vida no solo te quita, ¿sabés? Te deja vivo para que sufras — añadió, con una sonrisa amarga que no llegaba a ocultar la lágrima en su mejilla.
En los días siguientes, María comenzó a llevar algo extra de almuerzo, pues el mendigo le recordaba a su padre, quien sacrificó todo su patrimonio para salvarla del naufragio en que se convirtió su país. El mismo padre que murió sin que ella pudiera decirle adiós.
—Trabajé en la morgue del Ferroviario — dijo, mientras enrollaba un fideo con su tenedor. —Te acostumbrás al olor, ¿sabés? Como en todo trabajo de mierda. Era un negocio, siempre lo fue, vendían cuerpos pieza por pieza mientras nadie preguntara por ellos y yo me ocupara de mis asuntos — añadió, clavando la mirada en su plato como si buscara algo perdido allí.
En una ocasión, al cruzarlo en el paseo, notó que algo en él parecía distinto: sus dientes ya no eran tan oscuros, y su pierna... ¿estaba completa? Sacudió la cabeza; debía ser el cansancio jugando con su mente.
Unos meses después, María salió de la tienda con una pila de cajas y colgadores rotos, se acercó hasta el contenedor de basura y allí encontró a un mozo canoso del restaurante de la esquina.
—Hola Juli, ¿cómo estás? — preguntó María, arrojando las cajas al contenedor.
—Acá andamos... Buscando la guita, ¿Y vos? —respondió él, dando una calada a su cigarro.
—Corriendo de un lado a otro. La gente parece que se olvida de doblar ropa — bromeó, sacudiéndose el polvo de las manos. Ambos compartieron una risa breve.
—Che… ¿Escuchaste la última? Lo de que los vagabundos están desapareciendo — dijo Julián, mirando hacia el callejón como si temiera que algo pudiera oírlo.
—¿Cómo así?—
—Los de la peatonal, por Lavalle. Hace días que no aparecen — musitó él, bajando el tono para aumentar el secretismo.
—Pensé que los habían corrido, de vez en cuando pasa —respondió María, intentando sonar despreocupada.
—Algunos de sus “colegas” dicen que los están desapareciendo — Julián tiró el cigarrillo al piso y la miró directamente.
—Seguro encontraron otro lugar o no sé… — dijo ella negando.
—No sé, pero yo estoy casi todo el día acá y te digo que esto es muy raro—
Un ruido sordo del otro lado del contenedor cortó en seco la conversación, luego un gemido. Ambos se miraron y fruncieron el ceño. Julián rodeó el basurero, con pasos cuidadosos, y alzó la tapa.
Desde un costado, María pudo ver el rostro de Julián transformarse de curioso a pálido como un papel mientras él retrocedía lentamente. El aire se rompió con un crujido seco cuando la barra descendió, hundiéndose con precisión quirúrgica en la cabeza del mozo. Un chorro de sangre salpicó el contenedor antes de que su cuerpo cayera sin resistencia.
Un corte profundo se abrió sobre su ceja, y un hilo de sangre comenzó a deslizarse por su rostro. María vio cómo Julián se tocaba la cara, el río rojo de su herida manaba sin control.
—Corré — alcanzó a decir él desde el suelo.
Ella dio dos pasos atrás antes de ver como una figura se lanzó sobre el mozo y comenzó a golpearlo brutalmente. María corrió sin mirar atrás, su corazón martillaba a toda potencia. Al llegar a la tienda, apenas logró recuperar el aliento entre jadeos. Sus manos temblaban cuando casi sin voz dijo a sus compañeros: —Policía... rápido —
Ni el cuerpo destripado de un vagabundo en un basurero, ni la desaparición del mozo, fueron más que un paréntesis en el bullicio incesante del microcentro. Las pocas señales de tragedia: una nota amarillista y carteles de 'Se busca' empapelando la zona, se diluyeron entre la indiferencia de la ciudad.
Para María, la ausencia de Julián no era solo una estadística más en la pila de noticias desechables. Durante días, lo buscó entre los rostros anónimos, esperando verlo fumar otro cigarrillo y saludar con su ironía habitual. La certeza de que él no volvería convirtió el microcentro en un lugar más frío para ella. La incertidumbre pesaba en su pecho, un recordatorio constante de que en esa ciudad cualquiera podía desvanecerse sin dejar rastro.
En una noche en la que el cielo parecía querer agotar toda la cuota anual de precipitaciones, la tormenta rugió sobre el bulevar. Reflexionando sobre si la fiereza en el clima había inspirado el apodo de "ciudad de la furia", María se adentró en el laberinto de callejones que conducían al subte para regresar a su casa.
Gracias al viento, tanto el paraguas como el abrigo de María perdieron su propósito. Sentía las gotas heladas clavarse como agujas en su piel. Corrió para mitigar la tortura. Pisó una losa floja con agua estancada y terminó empapándose las piernas.
El relámpago rasgó la oscuridad, y por un instante, María vio una figura inmóvil al final del callejón. Algo brilló en su rostro, demasiado nítido, demasiado vivo como para ser imaginado. Apretó el paso, pero cada vez que miraba hacia atrás, la figura parecía deslizarse entre las sombras, como si cabalgara la tormenta y la duda la hizo tropezar y caer.
Quiso levantarse cuando otro estallido en el cielo reveló una mano que le ofrecía apoyo, alzó la cabeza por reflejo, no pudo distinguir a la persona por el temporal, aceptó la ayuda y se puso de pie. María agradeció entre dientes, aún incómoda por la caída.
—Cuidado con el piso, resbala mucho por aquí — dijo una voz grave, familiar, pero no del todo reconocible bajo el martilleo de la tormenta.
Ella levantó la mirada, entrecerrando los ojos para esquivar las gotas. Fue entonces cuando distinguió el tono paternal. El mendigo asintió, con un gesto galante —Qué bueno verla. Qué lástima la lluvia —
María sintió un escalofrío que nada tenía que ver con la temperatura. Algo en aquel hombre estaba mal. Su porte y postura, antes encorvados, tenían una seguridad que no cuadraba. Pero lo que le heló la sangre fue su ojo, el que solía cubrir con un parche: ahora brillaba, demasiado vivo.
—¿Se encuentra bien?— preguntó él, como si leyera la duda en su rostro.
—Sí, sí... gracias — María intentó sonreír, pero dio un paso atrás, buscando espacio.
Su instinto le gritaba que corriera, pero ¿cómo darle la espalda a esa presencia ominosa? En su vacilación, resbaló y cayó de espaldas contra el suelo. El hombre se acercó y le tendió una mano de vuelta —Es fácil tropezar cuando andás a las carreras—
—Gracias — titubeó, la extremidad que la levantó era firme, la piel no tenía grietas ni el frío áspero que ella esperaba; era cálida, como si hubiera estado junto a un fuego. Retiró su mano impresionada y se lanzó a correr.
Se detuvo frente a un anuncio amarillo por encima de las escaleras que bajaban a la estación y vio un destello, pero el relámpago no era en el cielo. El dolor le perforó la conciencia y tornó borrosa su visión, sus rodillas cedieron y cayó de bruces por las escaleras, cada escalón hizo su parte en la paliza que recibió al rodar hasta el entrepiso, frente a la misma puerta pestilente con la que se cruzaba a diario. Con el último atisbo de consciencia alcanzó a escuchar unos pasos a su lado por encima del repiquetear de la lluvia, algo la tomaba por una pierna y la arrastraba por el frio y áspero suelo hacia aquella entrada al infierno, pensó que todo debía ser una pesadilla, pero en lugar de despertarse, todo se tornó negro.
El mendigo volvió hasta la puerta, rió suavemente en voz baja y la cerró.
El hedor acre quemaba sus fosas nasales y la hizo toser. Notó cómo cada fibra de su cuerpo dolía intensamente. Tiritaba por el frío mientras movía la cabeza con lentitud, desorientada por las punzadas de dolor, cada vez más intensas. Un subidón de adrenalina se desató cuando sintió la presión de los amarres en sus manos y pies. “Esto no puede estar pasando”, su respiración se aceleró, el latido de su corazón retumbaba en sus oídos como un tambor frenético, respiraba entrecortadamente mientras sentía el sudor frío cubrir toda su piel.
Alcanzó a ver que estaba sobre una mesa. A su lado, una serie de instrumentos metálicos descansaban sobre una mesilla, sobre la cual, destacaba una serie de símbolos hechos con lo que parecía sangre seca, pintados en la pared. María no reconoció ninguno, lanzó un grito al ver que al otro lado, algunas pilas de libros enmarcaban una pizarra llena de fórmulas y dibujos del cuerpo humano, al final de la composición, casi en la base del pizarrón, un símbolo que se parecía a los de la pared contraria, brillaba de manera funesta.
Una luz cegadora se encendió por encima de ella y de las sombras, una silueta se acercó renqueando a la luz. María gritó ahogada en la desesperación, reconoció los rasgos del mendigo entre los mechones descuidados de pelo, las cicatrices y suturas frescas marcaban su rostro como mapas de un infierno recién conquistado.
—Shhh tranquila, tranquila — Susurró él mientras se volteaba y rebuscaba entre la pila de instrumentos. María, incapaz de reprimir el pánico, gritó y luchó contra las ataduras, pero estas no cedieron. Él volvió hacia ella con un artefacto que colocó en su cabeza con torpemente, restringiendo sus movimientos.
—¡Por favor, no! ¡Déjeme ir!— suplicó retorciéndose lo más que pudo.
—Mientras más te resistas, más dolerá — contestó imperturbable al tiempo que comprobaba los nudos que sujetaban a María.
—No… no, no no — era la única palabra que María lograba articular mientras el pánico imperaba por encima de todo.
—Silencio — golpeó la mesa, haciendo saltar los instrumentos —sos la última pieza en el rompecabezas, los ojos de mi niña — rebuscó entre los utensilios hasta que encontró lo que buscaba.
—Con eso, esto… — dijo pasando una mano sobre su propio torso, donde las suturas, unas viejas y otras frescas, formaban un patrón peculiar, como un paraje accidentado —¡Será perfecto! —
Se inclinó sobre su cautiva, abriendo un ojo con una mano y colocando una pinza con la otra para que se mantuviera abierto, María sentía el aliento asqueroso del mendigo sobre su cara cuando repitió el proceso en su otro ojo.
—¿Quién diría que las partes de los invisibles de la sociedad tienen tanta utilidad? — celebró él —Claro, con un poquito de ayuda — dijo señalando el pizarrón que ahora zumbaba con un brillo tenue.
María vio por última vez su reflejo en el momento en que el hombre se inclinó sobre ella nuevamente, empuñando un bisturí. El primer corte llegó rápido, un desgarro que envió un destello de dolor directo al cerebro directamente. Gritó tanto como pudo, rechinando sus dientes y tensando su cuerpo. El hombre ignoró los espasmos, trabajaba con meticulosidad. El sonido húmedo y crujiente del bisturí desgarrando el tejido resonaba en su mente como un eco interminable. El dolor no era solo físico; era una invasión, un acto de violencia que iba más allá de cualquier lógica. Cada tirón de la carne, cada pasada del bisturí, parecía arrancarle también un pedazo de alma, sentía como el calor de la sangre rodaba por sus mejillas.
El segundo ojo fue peor; cada movimiento del bisturí intensificaba el tormento. Las fibras ópticas se retorcieron antes de ceder, y el chasquido final la dejó atrapada en la oscuridad absoluta. María gritó, pero su voz se quebró, incapaz de soportar el dolor y el vacío.
—Ahora, al fin podré mirar el mundo como lo veía mi nena — se maravilló levantando los ojos con una reverencia casi sagrada—sin manchas ni hipocresías —
María apenas podía escucharle, el dolor, el miedo y la desesperación la envolvieron tapando sus propios gritos. En la oscuridad recordó las playas de su infancia. El azul del mar parecía tan cercano que casi podía tocarlo. Sintió el calor de su padre tomando su mano, como si fuera a despertarla de aquella pesadilla. El olor a óxido y el rigor de las ataduras la devolvieron a la cruel certeza de que aquel sería su último recuerdo. Por encima de todo, una luz cálida surgió en su mente, una visión reconfortante que la invitaba a escapar del sufrimiento. “Nada de esto es real”, se dijo, mientras daba un paso hacia esa luz que le prometía paz.
Su cuerpo dio un último suspiro que se perdió en la humedad del cuarto y los cánticos horrendos que el mendigo recitaba mientras reemplazaba sus ojos por los de María. Afuera la lluvia continuaba indiferente limpiando las calles, como si intentara borrar cualquier rastro de lo ocurrido.
A la mañana siguiente, el subte llegó puntual, las tiendas abrieron y la multitud volvió a deslizarse por el bulevar. Nadie miró dos veces al hombre que caminaba entre ellos, con una mirada que no era suya, viendo el mundo por una nueva primera vez.
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