Se entrecruzan los cálidos, el sol cayendo y su color naranja acaricia el césped que vemos por la persiana a medio bajar, de éste lado los dos veladores que se enfrentan en una diagonal cruenta, una lucha encarnizada por ver quién de las dos armoniza mejor el espacio.
Damos vueltas, en silencio, recorremos el living, nos esquivamos, nos sonreímos y nos sonrojamos por lo bajo, como quién trata de ocultar. Te observo, camino por tus brazos con mi mirada, te veo ahí tratando de acomodar unas revistas, te quedás cerca del sillón de tres cuerpos. Camino lento, seguro pero atento a la novedad.
Me quedo a tu lado, viajo con mis ojos, recorro contemplando tu cuerpo, tus movimientos mientras seguís con esas revistas. Tu remera amarilla me gusta, la comienzo a tocar, mis dedos bailotean por tus hombros, desciendo por la espalda, suave. Mis dedos palpan la tela, es tersa y huele rico, ¿mar tal vez, una pradera… o será válida cualquier imagen que se pueda asociar a la libertad?
Llego a tu cintura, te enderezás y dejás de jugar con las revistas, pasás tu brazo izquierdo por el interior del brazo con el que te agarré la parte estrecha de tu tronco, das un medio giro y tu mirada me agita como olas de mar, toman fuerza y se hacen gigantes y estallan contra mí. Danzamos lentamente el uno hacia el otro.
Arrastramos los pies como si de flotar se tratase, cálidamente nos fundimos con las luces y los brazos se cruzan, tomamos al otro. Lo sentimos. Vamos apoyándonos en distintas partes de nuestros cuerpos, pero de manera muy paulatina, con serenidad; sabiendo que hemos ganado, que en breves el cielo y la tierra serán lo mismo, que las aguas de nuestros ríos corren con velocidad a expandirse al mar.
Nuestras almas se recuestan, una contra la otra, las mejillas reposan en su compañera distante, en la otra mejilla. Siento tu calor contra mí, tu respirar apaciguado que cariñosamente aterriza contra mi hombro. Tus manos dibujan círculos en mi espalda y me tiñen los ojos de negro y los cierro. En la quietud del abrazo, nuestras almas comienzan a danzar. Hay música, sonidos que nos hacen vibrar y nuestras mentes corren por ese living, por toda la casa agarradas de las manos, nos llevamos y giramos mil veces, nos arremetemos de acá para allá. Un frenesí, estamos vivos.
Nuestras manos inician la investigación de los rostros, nos re dibujamos y nos creamos a nosotros en el dorso de la mano ajena. En la caída de los párpados se dibujan chispitas y los colores nos asaltan, el olfato adquiere nuevas herramientas y entonces aparecen los aromas, se unen con los otros sentidos y surgen campos de tulipanes. Rocé con mi pulgar tus labios y recibí un pequeño mordisco, me tomaste del cuello y me regalaste besos, golpecitos débiles pero cargados de sensaciones. Nos quedamos ahí, nuestras almas jugaban y se divertían, existían y tenían poder, eran felices.
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