No, no quería. No quería saber nada con irme de mi casa 10 días, dormir en una cama en la que durmieron Dios sabe cuántas personas antes que yo, no tenía ni ganas de elegir 15 mudas de ropa y enrollarlas en una valija, ni de pagarle a la niñera de los gatos ni de anticipar cualquier posible catástrofe para dejar orquestados los medios de su resolución. Tampoco quería contratar un taxi, levantarme a las 4 de la mañana, fumar tan temprano en la entrada del aeropuerto, estar una hora en ese gusano humano de gente esperando que otra gente constate su identidad, destino y hora de embarque. No quería ni siquiera pensar en lo que me esperaría en el trabajo a la vuelta, diez días de gente inoperante intentando ocupar mi lugar, y volver a arreglar el desastre.
No quería nada, hasta que levanté la vista y me deslumbré. Lo que más me llamó la atención en la isla fue la arquitectura de las casas a la orilla del mar, separadas cuidadosamente unas de otras, firmes, fuertes, alegres, cada una con su color brillante azul, rojo, amarillo, de dos plantas, con los frentes parquizados. Me impactó lo suficiente como para no comprender lo que veía. Y claro, qué iba a entender de mar y césped si lo más cercano era el charco que queda en el parque abajo de las hamacas, que ni siquiera lo veo de cerca, porque se me ensucian los zapatos, así que camino por la mano de enfrente, donde rebota el sol contra el cemento y me moja la frente.
No comprendí la armonía, y no me interesó tampoco. Me entregué, increíblemente, a la experiencia, a los olores mezclados de sal y flores, a la vibración de la embarcación que nos acercaba a la orilla, al fulgor de las fachadas pintadas, al viento seco, la piel limpia, los pies descansados.
Fueron diez días maravillosos. El hotel ofrecía desayunos con vista al mar, en su piso más alto con los ventanales tan limpios que dudabas de que existieran. Las frutas frescas se derretían en jugos dulces en la boca, mientras uno simplemente contemplaba el vaivén de las olas, la silueta de un barco o el lentísimo ascenso del sol. El hotel estaba atestado de gente, y aun así, sólo se escuchaba un leve murmullo, que se perdía entre las notas de saxofones y pianos de los ambientes. No descubrí de dónde venía la música.
Afuera, el sol de la tarde me acariciaba la piel, y la arena tibia masajeaba mis pies durante las caminatas, en las que lo único frío era la mano que sostenía algún trago con frutas y ron, que parecía llenarse mágicamente a cada hora. La brisa en la cara soplaba mi pelo para atrás, dándome una sensación de libertad que sería inconcebible en la ciudad.
Los techos altos y pasillos anchos del hotel creaban un ambiente fresco sin necesidad de ventiladores ruidosos, e invitaban a los amplísimos salones carmín y dorado a bailar, tomar, comer, y dejarse llevar a lo largo de las horas que duraba la noche. El tiempo tenía otra intensidad ahí adentro, el cuerpo se volvía liviano, no hacía ni frío ni calor, no habías nombres ni desconocidos, sencillamente una comunidad de vacacionantes compartiendo el momento, con una pureza que no sabía que los humanos podíamos tener.
Me olvidé hasta de mis gatos y de los inútiles del trabajo, hasta que vi el fondo del vaso al empinarlo y entendí que las vacaciones se habían terminado. En menos de lo que se toma un tekila, estaba quejándome de lo apretado de los jeans en la cintura, mientras arrastraba la valija y se me caía el blazer que llevaba estilo cartera en el brazo con el que llamaba a un señor agotado y gris que no se vaya, que era yo la pasajera de su taxi, y pensaba dónde está mi documento para mostrarle que soy yo, y por qué esto pesa tanto, y por qué la familia de adelante no camina más rápido, y por qué ese nene grita y nadie lo calla.
Y en diez minutos volví a mis pies hinchados, mi frente transpirada, la caja de los gatos sucia y 100 mails para responder ayer.
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