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Milikath, la pequeña hechicera - Parte 9

Jul 28, 2026

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Milikath, la pequeña hechicera - Parte 9
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Odié aquella mañana. Después de recibir la carta del príncipe, terminé mi desayuno y subí a mi habitación. No sabía qué clase de misión me esperaba, así que decidí llevar más pociones de lo normal.

Me puse el uniforme y revisé mis pociones, las vendas y algunos frascos pequeños. Cuando estuve segura de que no me faltaba nada, bajé para despedirme de mis padres. Mi madre ya se encontraba lavando los platos del desayuno.

—Ya me voy, mamá. Seguramente no será algo que lleve tanto tiempo como la misión anterior.

—Entonces, ¿te guardo tu porción de comida para cuando regreses?

—Sí.

Me acerqué y la abracé.

—Volveré pronto.

—Está bien, está bien. Cuídate mucho —me dijo mi madre mientras correspondía al abrazo.

Mi padre me esperaba junto a la entrada. No dijo demasiado. Solo colocó una mano sobre mi cabeza y me despeinó un poco, como solía hacerlo cuando era niña.

—Vuelve completa —dijo.

—Lo prometo.

Salí de casa con bastante tiempo de sobra. La carta indicaba que debía reunirme con el príncipe en la entrada del primer ensanche y, por fortuna, mi hogar no se encontraba demasiado lejos.

Aun así, toda la situación me parecía extraña. Nunca me habían citado durante uno de mis días de descanso. Normalmente, después de una misión que se extendía durante varios días, se nos concedía al menos el día siguiente para recuperarnos.

Pero descubriría la razón cuando me encontrara con el príncipe.

Como había salido temprano, decidí pasar primero por el mercado oficial junto a la fuente. Mi espada actual cumplía con lo básico, pero necesitaba algo más confiable para una emergencia. No siempre podía depender únicamente de mi magia.

El mercado del segundo ensanche ya estaba abierto, al igual que los puestos informales instalados alrededor de la fuente. Los comerciantes acomodaban sus mercancías, algunos clientes discutían los precios y el olor a pan recién hecho se mezclaba con el humo de las pequeñas cocinas callejeras.

Caminé hasta la zona administrada por el gremio de herreros, donde se vendían algunas de las mejores armas del Reino.

Y ahí estaba, la espada de metal morado brillante.

Seguía en el mismo lugar, apoyada sobre un soporte de madera, como si hubiera estado esperándome desde la última vez. Los patrones grabados sobre su filo reflejaban la luz de una forma extraña, casi hipnótica.

No parecía una espada común. Conservaba aquella apariencia de arma encontrada en algún laberinto antiguo, de esas que probablemente tenían más historia que muchos nobles.

—Veo que volviste a mirarla —dijo una voz grave.

Era Darun, el herrero. Tenía los brazos cruzados y una expresión tan seria como siempre. Incluso cuando saludaba, parecía estar regañando a alguien.

—Solo estoy mirando.

—Eso dijiste la última vez.

—Y sigo siendo pobre desde la última vez.

Darun soltó un gruñido que tal vez era una risa, aunque con él nunca estaba segura.

—¿De verdad te interesa tanto esa espada? —preguntó con una expresión tan severa que llegaba a dar miedo.

Lo miré de inmediato.

—Mmm... No. Ya me voy —respondí nerviosa.

—Espera —dijo, alzando la voz.

Me sobresalté, pero aun así me volví para escucharlo.

—Si me haces un gran favor, podría dejarte la espada mucho más barata.

—¿El descuento es suficiente para pagarla con esto?

Coloqué una moneda de oro sobre el mostrador. Darun observó la moneda y luego me miró con el ceño fruncido.

—Eso no te alcanza ni para la empuñadura.

Tomé mi moneda y di media vuelta para marcharme.

—¡Espera! —volvió a gritar.

Me sobresalté por segunda vez y giré hacia él.

—Si haces ese favor, la moneda de oro será suficiente.

Intenté contener la sonrisa, pero no pude evitarlo. ¿Una espada como aquella por una sola moneda de oro? Era una ganga.

—¿Y de qué se trata ese gran favor? —pregunté con curiosidad.

Darun se rascó la barba con cierta incomodidad. Por primera vez desde que lo conocía, parecía nervioso.

—Es un favor para mí y para mi hijo.

—¿Tu hijo?

—Sí, Taren. El muy idiota está en un aprieto con su mujer.

Suspiré. Las relaciones de pareja siempre parecían complicadas, llenas de problemas y discusiones. Aunque, conociendo de quién era hijo, seguramente Taren tenía parte de la culpa.

Pensé en Elidron por un instante, pero aparté la idea antes de ponerme nerviosa yo sola.

—Entiendo —dije—. Las relaciones pueden ser como un pequeño hilo del que dependemos. Algo frágil y fácil de romper. Cuando intentamos repararlo, muchas veces ya es demasiado tarde. Tal vez él podría intentarlo una última vez o yo podría hablar con su mujer para...

—No se trata de eso, Milikath.

—¿Entonces?

Darun me miró con absoluta seriedad.

—Ella quiere matarlo.

Me quedé en silencio.

—Ah.

—Sí. Ah.

Miré la espada, luego a Darun y después volví a mirar la espada.

—Cuando dices que quiere matarlo, ¿lo dices de forma exagerada? Como cuando mi madre amenaza con matar a mi padre si vuelve demasiado tarde después de salir con sus amigos o...

—No. Hablo de cuchillos, veneno y una amenaza escrita que dejaron clavada en la puerta de mi taller.

—Ah. Entonces sí quiere matarlo.

—Exacto.

Me llevé una mano al rostro. No sabía por qué, pero cada vez que intentaba tener una mañana normal, alguien terminaba hablándome de muertes, monstruos o problemas familiares.

—¿Y qué quieres que haga yo? No soy consejera amorosa ni asesina a sueldo.

—Escuché que sueles viajar a lugares lejanos por tus misiones.

Lo miré con desconfianza.

—¿Quién te dijo eso?

—Soy herrero. Los soldados hablan demasiado cuando creen que nadie los escucha.

Tenía sentido. Los soldados podían guardar secretos de guerra, pero eran incapaces de mantener la boca cerrada mientras alguien les reparaba una espada.

—Quiero que te lleves a mi hijo contigo —dijo Darun—. Déjalo en algún lugar alejado y que el muy tonto se las arregle para encontrar trabajo. Mientras esté lejos de aquí, su mujer no podrá hacerle nada. Si lo consigues, la espada será tuya.

Volví a mirar el arma.

Era hermosa. Demasiado hermosa.

Sin embargo, llevar a un desconocido a una misión real podía ser una idea terrible. Ni siquiera sabía adónde me enviaría Elidron, mucho menos si permitiría que alguien ajeno al ejército nos acompañara.

—No puedo llevarlo sin el permiso del príncipe —dije—. Ni siquiera conozco los detalles de la misión.

—Entonces pídele permiso.

—¿Así nada más?

—Así nada más.

Claro. Porque convencer al Príncipe Sanguinario de llevar al hijo fugitivo de un herrero a una misión de suma importancia sonaba facilísimo.

Mierda.

—Está bien. Hablaré con Elidron, pero no te prometo que acepte.

Darun soltó otro de esos gruñidos que parecían una risa y extendió la mano hacia mí.

—Con eso me basta. Entonces tenemos un trato.

Miré la espada una vez más. Sin duda, era una mala idea. Aun así, estreché su mano.

—Tenemos un trato.

—Bien —dijo Darun—. Entonces espera aquí.

Antes de que pudiera arrepentirme, entró en su taller y desapareció entre estantes, armas colgadas y cajas llenas de herramientas. Yo me quedé frente al mostrador, observando la espada de metal morado como si temiera que en cualquier momento cambiara de precio o saliera volando.

No tardó mucho en regresar.

Detrás de él venía un joven de cabello oscuro y expresión demasiado tranquila para alguien cuya mujer quería matarlo. Vestía ropa sencilla, aunque bastante limpia, y llevaba una mochila colgada al hombro. También sostenía una pequeña caja de madera contra el pecho.

Supuse que aquel debía ser Taren.

—Este es mi hijo —dijo Darun.

Taren levantó una mano.

—Hola.

Lo observé durante unos instantes.

—Así que tú eres el que está en problemas con su mujer.

—Depende de cuánto te haya contado mi padre.

—Lo suficiente para preocuparme.

Darun le dio un golpe seco en la nuca.

—Compórtate. Milikath va a intentar ayudarte.

—¿Intentar?

—Todavía necesito el permiso del príncipe —aclaré—, así que no te emociones demasiado.

—No me emociono desde hace tres días —respondió Taren.

No supe si estaba bromeando o si su vida amorosa realmente lo había dejado así de mal.

Darun envolvió la espada en una tela gruesa y me la entregó con bastante cuidado. Al sostenerla, sentí su peso. Era más ligera de lo que esperaba, pero no daba la impresión de ser frágil. Se sentía equilibrada y bien fabricada, casi como si encajara perfectamente en mi mano.

Aquello me emocionó mucho más de lo que debía.

—Puedes llevártela —dijo Darun—. Si el príncipe acepta, será tuya. Si no, tendrás que regresar con mi hijo y con la espada.

—Lo sé.

—Y si acepta, mantenlo lejos de su mujer.

—Eso suena fácil, considerando que ni siquiera sé quién es ella.

Taren levantó un dedo.

—En mi defensa...

—No tienes defensa —lo interrumpió Darun.

Taren bajó el dedo.

—Está bien.

Suspiré. Guardé la espada junto con mis cosas y salí del mercado, mientras Taren me seguía a unos cuantos pasos. No dejaba de mirar a su alrededor, como si esperara que alguien saltara desde un puesto de verduras para apuñalarlo.

—¿De verdad quiere matarte? —pregunté.

—Sí.

—¿Qué le hiciste? Algo debió pasar para que llegara a ese extremo.

Taren tardó unos segundos en responder.

—Le fui infiel con su hermana.

Lo miré de reojo.

—Definitivamente eres un idiota.

—Lo sé...

Decidí no hacer más preguntas. Algunas partes de la vida de una persona era mejor no conocerlas.

Nos dirigimos hacia la entrada del primer ensanche, donde, según la carta de Elidron, debía reunirme con él. Al llegar, Bouxird ya estaba allí, apoyado contra una pared y con los brazos cruzados. Su expresión habitual hacía parecer que cualquier cosa podía molestarlo, incluso antes de saber de qué se trataba.

—Llegas acompañada —dijo.

—Buenos días para ti también.

Bouxird observó a Taren de arriba abajo.

—¿Quién es?

—Un problema con piernas —respondí con cansancio.

—Taren —se presentó él.

—Lo que dije —reafirmé.

Antes de que Bouxird pudiera hacer más preguntas, Elidron apareció acompañado por dos guardias, quienes se detuvieron a unos pasos de distancia. Vestía el uniforme real y llevaba una capa corta de color rojo oscuro.

Al verlo, sentí aquella absurda molestia en el estómago que siempre aparecía cuando estaba cerca de él.

No era justo que alguien pudiera verse tan tranquilo después de arruinar mi día libre.

—Milikath, Bouxird —nos saludó con una sonrisa—. Gracias por venir tan pronto.

—Claro, príncipe —respondí.

Elidron me dirigió una leve mirada de reproche, aunque su sonrisa no desapareció.

—Elidron.

—Sí, perdón. Elidron.

Bouxird soltó un suspiro apenas audible. Decidí ignorarlo.

—Antes de que nos expliques la misión, necesito pedirte algo —dije mientras señalaba a Taren.

Elidron observó al joven con curiosidad.

—¿Quién es?

—Taren, el hijo de Darun, el herrero.

—Ah, conozco a Darun. Ha reparado las armas de la guardia real durante años.

—Sí. Bueno... su hijo está teniendo un pequeño problema.

—¿Qué clase de problema?

Taren levantó una mano con cierta timidez.

—Mi mujer quiere matarme.

Elidron parpadeó, mientras Bouxird se quedó observándolo sin expresión.

—En su defensa, todavía no sabemos qué tan inocente es —dije en tono burlón.

—Oye —protestó Taren, algo molesto.

—Tampoco has dicho que lo seas.

Elidron guardó silencio durante unos segundos y luego soltó una pequeña risa. No parecía burlarse de la situación, sino de nuestro intercambio. Era una de esas risas suaves que conseguían que mi mente dejara de funcionar durante un instante.

—Entiendo —dijo, recuperando la seriedad—. ¿Darun quiere que lo mantengamos lejos durante un tiempo?

—Algo así. Me pidió que lo llevara a un lugar alejado, donde pudiera encontrar trabajo y su mujer no pudiera localizarlo.

Elidron observó a Taren con atención.

—¿Sabes hacer algo que pueda resultarnos útil?

—Trabajo transportando materiales y mercancías —respondió Taren—. También tengo una carreta.

—¿Una carreta? —preguntó Bouxird.

—Sí. Es pequeña, vieja y bastante fea, pero funciona. Nadie sospecha de una carreta vieja.

Elidron se quedó pensativo.

—En ese caso, quizá pueda ayudarnos a pasar desapercibidos.

—¿Por qué necesitamos pasar desapercibidos? —pregunté.

—Eso forma parte de la misión. Se los explicaré cuando estemos en camino.

Bouxird miró a Taren con evidente desconfianza.

—Yo sospecho de todo.

—Eso ya lo noté —respondió Taren.

Elidron terminó aceptando que Taren nos acompañara. Según explicó, viajar en una carreta común podría ayudarnos a pasar desapercibidos por ciertas zonas del tercer ensanche. Un carruaje real o un grupo numeroso de guardias llamaría la atención de inmediato, y nuestra misión requería discreción.

Así fue como terminé subiendo a la carreta de Taren con mi nueva espada, mis pociones, Bouxird de mal humor y Elidron sentado frente a mí, como si todo aquello fuera perfectamente normal.

La carreta era estrecha, estaba hecha de madera desgastada y olía a polvo, aceite y una extraña mezcla de hierbas. Tenía una cubierta de madera en la parte trasera, lo bastante amplia para ocultar a Taren junto con varias cajas de materiales. Bouxird se había empeñado en llevar las riendas, así que viajaba al frente con expresión seria, mientras Taren permanecía escondido dentro, revolviendo sus cosas como si no entendiera el concepto de pasar desapercibido. 

—Tengo varias cosas útiles —dijo Taren con orgullo mientras revolvía una caja colocada a su lado—. Mi padre no solo trabaja con armas. También guarda materiales extraños, polvos, mezclas, aceites...

—Sí, sí —respondí sin prestarle demasiada atención.

Taren sacó dos frascos pequeños. Uno contenía un polvo oscuro y el otro una sustancia amarillenta.

—Por ejemplo, estos dos jamás deben mezclarse.

—Entonces no los mezcles —dije.

—No pensaba hacerlo. Solo quería explicar que, si llegan a juntarse, provocan una explosión bastante fuerte.

Me incliné de inmediato hacia él.

—¿Una explosión?

—Sí. Puede ser tan fuerte como la magia de fuego, aunque depende de la cantidad que se utilice en la mezcla.

Eso sí llamó mi atención. Tomé ambos frascos y los observé con cuidado.

—¿Qué los activa? —pregunté con curiosidad.

—La fricción, el calor o un golpe seco.

—Interesante...

Elidron me observó con una leve sonrisa.

—Milikath.

—¿Qué?

—Esa expresión suele aparecer justo antes de que provoques un accidente.

—No siempre —respondí, fingiendo estar molesta.

Bouxird intervino sin apartar la mirada del camino.

—Siempre.

Le devolví los frascos a Taren, quien los guardó con cuidado. Después continuó sacando cosas de su caja como si estuviera mostrando una colección de juguetes.

—También tengo polvo para producir humo, polvo irritante, otro para teñir telas, uno para ahuyentar insectos y polvo para dormir...

Entrecerré los ojos al reconocer el último frasco.

—Oye, ¿cuándo sacaste eso de mi mochila? —pregunté mientras se lo quitaba de las manos—. No deberías tomar cosas que no te pertenecen.

—¿De verdad hace dormir a las personas?

—Sí.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Depende de la cantidad que respiren.

Taren observó el frasco con una curiosidad peligrosa.

—¿Y qué pasaría si respirara solo un poco?

—No lo hagas.

—Pero si fuera apenas una pizca...

—Taren.

Antes de que pudiera guardarlo, me arrebató el frasco, retiró el tapón y acercó la nariz. Aspiró una cantidad diminuta y se quedó inmóvil durante unos segundos.

Después sonrió.

—No siento na...

Su cabeza cayó hacia delante. Elidron logró sujetarlo del hombro antes de que se golpeara contra la madera de la carreta.

—¡Taren! —exclamé.

Me incliné para comprobar que siguiera respirando. Parecía estar bien, solo profundamente dormido.

—Respiró muy poco —expliqué—. No debería tardar demasiado en despertar.

—Bueno, al menos tendremos un momento de tranquilidad —añadí en tono de broma.

Elidron soltó una pequeña risa mientras acomodaba a Taren contra uno de los costados de la carreta.

—Él mismo se aseguró de no molestarnos durante una parte del viaje.

Bouxird giró la cabeza al escuchar el movimiento.

—¿Está vivo?

—Sí. Solo dormido.

—Entonces, por fin tendremos un poco de silencio —respondió antes de volver la mirada al camino.

Con Taren dormido, el ambiente se volvió mucho más tranquilo. Durante un buen rato, el único sonido fue el rechinar de las ruedas contra el camino. Poco a poco dejamos atrás las zonas mejor cuidadas del Reino y nos acercamos a las rutas que conducían al tercer ensanche.

Elidron observó a Taren para asegurarse de que continuara profundamente dormido. Aun así, bajó la voz antes de comenzar a hablar.

—Mi padre me llamó después de que presentamos el informe —dijo con la mirada fija en el camino—. Lo ocurrido en la cordillera cambió las cosas. Un dragón rojo infectado por La Carne no debería haber llegado hasta el territorio de los dragones azules. Eso significa que la infección se está extendiendo más rápido de lo que creíamos.

Bouxird se enderezó ligeramente en su asiento.

—¿La Carne se acercó más a la frontera?

—Sí, especialmente en las regiones cercanas a la antigua Aldea Rata. Los informes mencionan una mayor actividad, más desapariciones y un aumento en el número de criaturas infectadas. Pero ese no es el único problema.

Permanecí en silencio, esperando que continuara.

La expresión de Elidron se volvió más seria.

—El conflicto con Broam también está empeorando. Mi padre considera que una guerra abierta podría ser inevitable.

Sentí un peso desagradable en el pecho.

Guerra.

Era una palabra sencilla, pero cargaba consigo demasiadas cosas: hambre, muerte, familias destruidas y soldados que nunca regresaban a casa.

—Por eso nos envía al tercer ensanche —continuó Elidron—. Necesitamos encontrar información sobre un hombre.

—¿Qué hombre? —pregunté.

Elidron tardó unos segundos en responder.

—El Dios de la Guerra.

Lo observé, sin comprender del todo.

—Pensé que solo era una leyenda.

—Eso cree la mayoría. Otros aseguran que realmente existió —respondió—. Mi padre casi nunca habla de él, pero esta vez lo hizo personalmente. Me pidió que encontrara cualquier pista sobre su paradero. También me entregó una lista de lugares donde se han reportado rumores y posibles avistamientos.

Bouxird frunció el ceño.

—¿Y por qué estaría en el tercer ensanche?

—Porque los rumores más recientes provienen de allí. De tabernas alejadas, zonas cercanas a antiguos caminos de Broam y personas que todavía recuerdan historias de aquella época.

Elidron bajó un poco la voz.

—Según mi padre, ese hombre fue útil para el Reino durante muchos años. Demasiado útil. Cuando decidió que ya no quería seguir siendo una herramienta, el Rey le concedió una petición bastante extraña: vivir como un muerto.

—¿Vivir como un muerto? —repetí.

—Quería que el mundo lo diera por fallecido, que su nombre desapareciera de los registros importantes y que nadie volviera a buscarlo.

—Y ahora nosotros vamos a buscarlo —murmuré.

—Sí.

Aquello sonaba injusto. Muy injusto.

Sin embargo, si una guerra estaba a punto de comenzar mientras La Carne continuaba extendiéndose, quizá el Reino ya no podía permitirse dejar descansar a sus fantasmas.

Cuando entramos en el tercer ensanche, el camino se volvió cada vez más áspero. Las viviendas comenzaron a cambiar: las calles eran más estrechas, los muros estaban más deteriorados y los rostros de sus habitantes parecían mucho más cansados.

Taren seguía dormido en la parte trasera de la carreta, con la boca ligeramente abierta.

—¿Cuánto tiempo seguirá así? —preguntó Bouxird sin apartar la vista del camino.

—No mucho —respondí.

—¿Cuánto es «no mucho»?

—Tal vez una hora.

Bouxird permaneció en silencio.

—Milikath.

—Tal vez dos o cinco.

Soltó un largo suspiro.

Cuando por fin llegamos a la zona de las tabernas apartadas, el cielo comenzaba a nublarse. Había humedad en el aire, y el olor a tierra mojada se mezclaba con el humo, el alcohol y la comida barata.

Dejamos la carreta en una calle lateral, lo más cerca posible de la taberna. Taren seguía profundamente dormido, así que lo acomodamos en la parte trasera y lo cubrimos con una manta gruesa para que nadie pudiera verlo desde fuera.

No me parecía una gran idea dejarlo solo en un lugar como aquel. No solo porque alguien pudiera encontrarlo, sino porque también corríamos el riesgo de que intentaran robarnos la carreta con todas nuestras pertenencias dentro.

—No tardaremos demasiado —dijo Elidron—. Si ocurre algo, regresaremos de inmediato.

—De todas formas, colocaré una barrera —respondí—. Si alguien intenta atravesarla o romperla, lo sentiré.

Extendí las manos y canalicé un poco de magia. Una barrera casi imperceptible envolvió la carreta por completo antes de desvanecerse de nuestra vista.

Antes de alejarnos, Elidron acomodó su capa para ocultar las insignias de su uniforme. Después caminamos hasta una taberna que parecía haber sido construida con madera de roble y malas decisiones.

Desde afuera se escuchaban voces, risas y música. También algunos gritos.

—Creo que encontramos el lugar correcto —dije.

Elidron abrió la puerta y entré delante de él.

La mayoría de las personas se encontraba de pie cerca de la barra. Había hombres de distintas regiones y razas, algo evidente por sus diferentes características. Muchos eran grandes, barbudos o pelones, y algunos tenían cuerpos bastante fornidos. Todos parecían la clase de personas a las que no convenía mirar durante demasiado tiempo.

Otros bebían en las mesas más alejadas, mientras algunos dormían con el rostro apoyado contra la madera. Al fondo, un pequeño grupo tocaba melodías con instrumentos de madera, aunque apenas se escuchaban entre las conversaciones y los gritos.

Varias de las personas cercanas a la barra se quedaron mirándome. Había algo en sus expresiones que no me gustaba. Sentí cómo mi cuerpo se tensaba y, por un instante, no supe si seguir avanzando.

Entonces Elidron entró detrás de mí.

Las miradas cambiaron de inmediato. Algunas personas apartaron los ojos y otras se quedaron observándolo. No sabía si lo habían reconocido o si su sola presencia era suficiente para hacerlas reconsiderar sus intenciones.

—Así que pasar desapercibidos, ¿eh? —murmuró Bouxird al notar que todos nos observaban.

Cerca de la barra había un hombre delgado y nervioso, vestido demasiado bien para un lugar como aquel. Apretaba una libreta de cuero contra el pecho mientras varios hombres lo rodeaban con expresiones poco amistosas.

Por alguna extraña razón, al pobre le faltaba un zapato.

Elidron observó la situación y dio un paso al frente.

El ambiente se sentía pesado, pero ninguno de nosotros dijo nada. Elidron se limitó a avanzar hacia la barra, donde se encontraba el tabernero.

Por lo que alcanzaba a entender, habíamos llegado en medio de un asalto.

Sin duda, mi día seguía mejorando.

—¿Qué quieren? —preguntó uno de los hombres.

—Nada. Solo buscamos hablar con el encargado —respondió Elidron—. No venimos a causar problemas y espero que ustedes tampoco quieran causarlos.

El hombre soltó una risa desagradable.

—Los problemas comenzaron desde que entraste en esta zona, noblezuelo.

Me mantuve atenta sin intervenir. Elidron podía defenderse perfectamente, pero eso no significaba que dejaría que alguien intentara atacarlo.

Uno de los hombres comenzó a acercarse por su espalda. Oculté una mano detrás de mí y tracé una pequeña figura con los dedos. Una barrera apareció frente al atacante justo cuando intentó abalanzarse sobre Elidron.

El hombre chocó de lleno contra ella y retrocedió aturdido.

Elidron reaccionó de inmediato. Se volvió, lo sujetó por la ropa a la altura del cuello y lo levantó con una sola mano. La facilidad con la que lo hizo provocó que las conversaciones de la taberna se apagaran poco a poco.

El atacante intentó liberarse, pero fue inútil.

—No vinimos a pelear —dijo Elidron con una calma que resultaba más intimidante que un grito.

Lo soltó y el hombre cayó de rodillas, tosiendo mientras intentaba recuperar el aliento.

Elidron dirigió la mirada hacia los demás.

—Devuélvanle sus pertenencias a ese hombre y no tendremos más problemas.

Nadie se atrevió a discutir. Uno de ellos dejó una pequeña bolsa, una pluma y un zapato junto al hombre de la libreta. Después se apartaron, fingiendo que nada había ocurrido.

—Muchas gracias, mis señores, por ayudar a este humilde tejesueños —dijo el hombre, recogiendo rápidamente sus cosas antes de salir del lugar.

Después de calmar la situación en la taberna, o al menos de evitar que el pobre tejesueños terminara también sin el otro zapato, el tabernero nos contó que aquel hombre había estado haciendo preguntas sobre el Dios de la Guerra.

Era demasiada coincidencia como para ignorarla. Elidron decidió seguir su rastro, comenzando por la siguiente taberna que aparecía en la lista de lugares que le había entregado el Rey.

Yo, por mi parte, recordé que todavía tenía otro encargo pendiente.

Taren.

Seguía profundamente dormido en la carreta y, si lo dejábamos solo durante demasiado tiempo, probablemente despertaría, tocaría algo que no debía y terminaría haciendo explotar media calle.

—Voy a llevar a Taren a una posada cercana —dije—. No tardaré.

Elidron asintió.

—Ten cuidado. Bouxird y yo iremos a la siguiente taberna de la lista. Quizá encontremos al tejesueños o alguna pista sobre el Dios de la Guerra. Te esperaremos allí.

—Está bien. Ustedes también tengan cuidado e intenten no llamar la atención esta vez.

Bouxird me dirigió una mirada seria.

—Tú tampoco te metas en problemas.

—No pensaba hacerlo.

—Eso no significa nada viniendo de ti.

Decidí ignorarlo.

Ellos se alejaron caminando, con las insignias y los detalles de sus uniformes tan ocultos como les era posible. Yo regresé a la carreta y retiré la barrera que había colocado alrededor.

Taren no se había movido ni un poco.

Subí al asiento delantero, tomé las riendas y me dirigí hacia la posada más cercana. Primero debía cumplir con el encargo de Darun y encontrar un lugar seguro donde dejar a su hijo. Después podría reunirme de nuevo con Elidron y Bouxird para continuar con nuestra verdadera misión.

Banana Mongola

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