Milikath, la pequeña hechicera - Parte 8
Jul 23, 2026

Interludio
En una noche tan oscura que apenas podían distinguirse las sombras, un hombre buscaba refugio de la intensa lluvia. Terminó entrando en una taberna de mala muerte, oculta entre los frondosos árboles del bosque, a las afueras del tercer ensanche.
El ambiente era animado, aunque un tanto hostil en algunas mesas. A ambos lados de la entrada había personas bebiendo y charlando, mientras, al fondo, un pequeño grupo tocaba melodías con instrumentos de madera. Frente a la barra principal, donde se encontraba el tabernero, varias personas estaban pasadas de copas y algunas incluso dormían sobre sus asientos.
Aquel hombre, tímido y visiblemente nervioso, no parecía acostumbrado a lugares como ese. Se acercó a la barra, tomó asiento y permaneció en silencio. Pasó un rato, pero el tabernero pareció ignorarlo, así que colocó sobre la madera una moneda de dudosa procedencia para llamar su atención. Al ver el gesto, el tabernero se acercó y tomó la moneda.
—¿Qué vas a tomar? —preguntó.
—Un vaso de jugo —respondió el hombre, todavía nervioso—. ¿Puedo hacerle algunas preguntas?
Tartamudeó ligeramente al pronunciar la última frase.
—¿Preguntas para qué? Me pagan por servir y preparar bebidas, no para conversar.
El tabernero colocó el vaso de jugo sobre la barra. Al hacerlo, una parte se derramó sobre la madera, así que la limpió con el trapo que nunca soltaba.
—Verá, soy un tejesueños. Me dedico a escribir historias sobre sucesos, personas o cosas importantes que puedan llamar la atención de todo el mundo.
—¿Y eso a mí qué? —respondió el tabernero, algo molesto.
—Por casualidad, ¿sabe algo sobre el Dios de la Guerra?
—¿El qué? Mira, yo solo sirvo tragos, nada más.
En ese momento, uno de los hombres que permanecía con el rostro apoyado contra la barra balbuceó unas palabras.
—¿Tejesueños? Puf, claro... Con razón me da sueño con solo escucharte.
—Oiga, señor, le exijo respeto —respondió el hombre.
El borracho levantó ligeramente la cabeza.
—Y yo le exijo que no venga a buscar leyendas que ni siquiera son ciertas. ¿Un héroe? Sí, claro... Vivimos en la mierda. Tal vez sea un héroe para los estúpidos nobles, pero para nosotros, los del tercer ensanche, no es nada ni nadie.
El tejesueños se quedó sin saber qué decir ni si debía responderle. No quería ocasionar problemas, así que terminó su jugo antes de reunir el valor suficiente para hablar.
—Yo no he mencionado que fuera un héroe. Solo busco información, buen hombre.
El borracho soltó una risa burlona.
—¿Información? ¿Crees que estamos aquí para complacerte? Ni siquiera eres de por aquí. ¿Quieres escribir algo para que los nobles lo lean cómodamente mientras las cosas empeoran cada vez más?
El tabernero dejó de limpiar la barra y se limitó a observar. Los gritos del borracho empezaron a llamar la atención de más personas en la taberna, lo que puso todavía más nervioso al tejesueños.
—Entonces sí sabe algo. Por favor, cuénteme lo que sepa.
—Todos saben algo —respondió el borracho—, pero también saben que ni los héroes ni los dioses existen.
El hombre sacó de su abrigo una pequeña libreta de cuero, junto con un tintero y una pluma, y se preparó para escribir.
—¿Puede contarme lo que sabe?
—Sí, sí, sí... Bueno, póngame mucha atención, porque no pienso repetirlo —respondió el borracho, quien, de pronto, parecía dispuesto a cooperar—. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Yo siempre cuidé de él cuando nadie más le hacía caso. Fui su único amigo. Limpiaba su vómito después de cada borrachera, ¿y qué recibí a cambio? Se llevó a mi esposa y todos mis ahorros.
—¿El Dios de la Guerra? —preguntó el tejesueños, confundido.
—¿Eh? No, mi amigo Brau. Así que eres tejesueños, ¿no? Pues téjeme uno donde mi esposa regrese, ja.
—Señor, vuelva al tema. Tiene que contarme acerca del Dios de la Guerra. Concéntrese, por favor.
—Ah, sí...
El borracho intentó beber de su vaso, pero se dio cuenta de que ya no quedaba alcohol. Entonces le hizo una seña al tabernero para indicarle que lo rellenara. Estaba a punto de continuar cuando este lo interrumpió.
—Ya debes demasiado. Conoces las reglas.
El tejesueños colocó una moneda sobre la barra.
—Yo pago.
El tabernero observó la moneda, la tomó y, sin decir una sola palabra, rellenó el vaso del borracho.
—Todos dudan de si realmente existió. ¿Un héroe? ¿Un fantasma? ¿Una leyenda que solo se transmitía de boca en boca? Muchos están convencidos de que no fue más que un invento de los altos nobles y de la casa real. El pueblo necesitaba algo en qué creer, un héroe que apareciera en tiempos difíciles. Qué conveniente que ese hombre estuviera presente en las batallas más importantes y que, de la nada, desapareciera sin dejar rastro.
—¿Y para ti qué era? —preguntó el tejesueños.
—¿Para mí? Era una última esperanza. Pero, como tal, nunca llegó —respondió con una tristeza que el alcohol no alcanzaba a ocultar—. Para nosotros, sería aquel hombre que lo cambiaría todo. Sin embargo, jamás dejó de servir al Reino y al Rey. En cada batalla sobresalía, pero nunca se acordó de la gente de abajo. ¿Viste la estatua de afuera?
—Ah, sí. Creo que sí.
—Mi padre la hizo, por orden de algún noble, claro. Pero la hizo contento, creyendo que aquel hombre podría hacer algo por todos nosotros, por quienes sufrimos.
En ese momento, un hombre sentado en una mesa cercana comenzó a reír descaradamente.
—¡Ja, ja, ja!
Parecía que algo le había causado demasiada gracia.
—¿Qué es tan gracioso? —preguntó el borracho.
—Las mentiras que dices. ¿Un héroe? No me hagas reír.
El borracho se levantó muy molesto, y el otro hombre hizo lo mismo.
—Cállate. No sabes de lo que hablas.
—¿Y un borracho sí?
Entonces el borracho se lanzó directo a golpearlo, pero, debido a su estado, el puñetazo pasó muy lejos de su objetivo. Perdió el equilibrio, chocó contra una mesa de madera y terminó inconsciente en el suelo.
—Yo no fui —dijo el otro hombre.
Aquel hombre se acercó y ocupó el asiento donde antes estaba el borracho, quien ahora permanecía inconsciente en el suelo.
—Así que buscas información, ¿no?
—Eh... sí —respondió el tejesueños, bastante intimidado.
—Pues todos conocen una historia distinta sobre el Dios de la Guerra, sobre todo por estos lados, cerca de la frontera del Reino Grom. Prácticamente todos los que vivimos por aquí nacimos en el Reino Broam. Según cuentan, era un asesino a sueldo, un mercenario que terminó convirtiéndose en guerrero. Y uno bastante bueno.
El tejesueños parecía cada vez más intrigado y anotaba todo lo que podía en su libreta.
—Gracias a él, el Rey ganó muchos enfrentamientos contra el Reino de Grom. Nadie podía detenerlo, pero aquel tonto no supo qué hacer con un hombre tan poderoso y empezó a desconfiar de él. Para el Rey, no era más que un perro salvaje. Si lo dejaba libre, tarde o temprano terminaría mordiéndolo y destrozándolo. Así que solo le quedaba una opción: encerrarlo.
Aquel hombre tomó la bebida que había pertenecido al borracho y comenzó a beberla.
—¿Crees que eso fue suficiente?
—Emm... La verdad, no lo sé —respondió el tejesueños.
—¡Pues no! —exclamó mientras golpeaba la barra, sobresaltando al tejesueños, que ya comenzaba a entrar en pánico—. Ese Rey tonto solo estaba cavando su propia tumba. Un hombre así, mientras siguiera con vida, sería una amenaza cada vez mayor. Solo fue cuestión de tiempo para que aquel Perro Salvaje escapara y acabara con cada uno de los habitantes del castillo y de sus mazmorras.
El tejesueños escuchaba la historia entre asustado y asombrado.
—Fue entonces cuando el Rey de Grom lo encontró, sosteniendo la cabeza recién cortada de quien hasta ese momento había sido su enemigo. La sangre todavía escurría de ella. Así es, el Dios de la Guerra no provenía de Grom, como tanto presumen quienes lo enaltecen. No, no, no... Era un bastardo de Broam, como la mayoría de los que vivimos por aquí.
—Sin duda, es una historia espléndida. Le agradezco mucho que me la haya contado.
—Oye, tú no eres de por aquí, ¿verdad? Tu ropa es algo inusual... demasiado elegante.
—No. Vengo de una región algo alejada de aquí, en el segundo ensanche del Reino.
—Oye, me gustan tus zapatos —dijo el hombre.
—Muchas gracias, señor.
Entonces el hombre soltó una risa.
—Ja... Creo que no me has entendido. Quítatelos.
El ambiente cambió por completo. Sin duda, pretendían robarle todo al pobre tejesueños.
Reino Grom
Después de unos días bastante complicados, sobre todo por el ataque del dragón, logramos regresar al Reino a través del portal de teletransportación.
Sin duda, la magia era muy extraña. De lo poco que nos habían enseñado y que todavía recordaba bien, todos los seres del mundo poseíamos magia, aunque cada uno la manifestaba de una forma diferente. El portal era un descubrimiento que la escuela de magia del Reino llevaba tiempo investigando y poniendo a prueba.
Nos habían advertido que todavía podía provocar efectos secundarios o alguna anomalía, como enviarnos a un lugar distinto de nuestro destino.
Afortunadamente, todo salió bien. Regresamos al Reino junto con Alex, aquel hombre de la túnica elegante.
Al cruzar el portal, una sensación de vértigo me recorrió todo el cuerpo. Fue como si, por un instante, mi estómago se hubiera quedado atrás y luego regresara de golpe. Tuve que apoyarme en Bouxird para no perder el equilibrio.
—Odio esa cosa —murmuré.
—A mí me pareció bastante útil —respondió Bouxird, aunque también se veía algo mareado.
Reiny, por su parte, permanecía sentado en el suelo, con las manos sobre la cabeza.
—Yo estoy perfectamente bien —dijo.
Apenas terminó de hablar, comenzó a vomitar sin poder detenerse.
—¿Estás bien? —preguntó Elidron, preocupado.
—Sí... —respondió Reiny.
Acto seguido, volvió a vomitar.
Sabía que no debía causarnos gracia, pero Bouxird y yo terminamos riéndonos un poco. Después me sentí mal por Reiny.
—Bueno, a nadie le falta un brazo, una pierna ni ninguna otra parte del cuerpo, así que lo consideraré un éxito —dijo Alex.
—¿Pudo haber sido peor? —pregunté.
—La verdad, no lo sé. Todavía se están realizando experimentos, así que tuvimos suerte de regresar todos a salvo.
—¿Y dónde se supone que estamos?
—En las afueras del castillo, dentro de una habitación bastante oscura, por lo que veo. Aunque todavía puede mejorarse. Intenten no pisar los trazos del círculo mágico o la conexión podría romperse.
Salimos de la habitación y el sol nos dio directamente en el rostro. El aire era cálido pese a la hora. Frente a nosotros se alzaba el castillo, tan glorioso como siempre.
Era bueno estar en casa.
Al parecer, muchas personas esperaban nuestro regreso. Los carruajes de las casas nobles más importantes se encontraban estacionados a las afueras del castillo.
Caminamos despacio. Todos seguíamos algo agotados, pero aún teníamos que asistir a la reunión e informar sobre lo ocurrido.
—Enhorabuena por su regreso, príncipe —dijo un mayordomo al recibirnos.
Todos los guardaespaldas reales se encontraban allí, incluido Lilikath. Dos guardias abrieron las grandes puertas que conducían directamente a la sala del trono y, al tratarse del informe de la misión, todos los involucrados entramos.
La sala se veía igual que de costumbre. Los grandes pilares seguían cubiertos por cortinas rojas, la alfombra del mismo color se extendía hasta el trono y las losas blancas del suelo brillaban bajo la luz de las lámparas del techo.
El Rey permanecía sentado en su imponente trono, con los demás príncipes a sus costados. A ambos lados del salón se encontraban los nobles más influyentes del Reino, algunos de pie y otros sentados ante largas mesas preparadas para escuchar el informe.
Al llegar frente al Rey, todos nos inclinamos, aunque las piernas nos pesaban debido al agotamiento.
—Príncipe Elidron —dijo el portavoz del Rey mientras daba un paso al frente—, por favor, informe sobre el resultado de la misión en la cordillera de los Dragones Azules.
El príncipe avanzó hacia el Rey y le entregó un pergamino con el informe escrito. Obviamente, yo lo había redactado, ya que era quien tenía la mejor letra.
—La misión fue un éxito. Sin embargo, sufrimos varios percances. Un dragón rojo apareció en territorio de los dragones azules.
Los nobles comenzaron a murmurar entre ellos, sorprendidos por la noticia.
—Y eso no fue todo —prosiguió el príncipe—. El cuerpo del dragón estaba infectado por La Carne. Cuando pensamos que había muerto, se levantó una vez más.
Todos parecían sorprendidos y los nobles comenzaron a murmurar entre ellos en voz baja. Entonces el portavoz volvió a dar un paso al frente.
—El informe ha concluido. ¿Alguno de los presentes desea formular una pregunta al príncipe Elidron o a los miembros de la expedición?
Algunos nobles levantaron la mano.
—Muy bien. Se les concede el uso de la palabra —anunció el portavoz.
—¿Y el cuerpo? —preguntó un noble de la familia Eshkarion.
—Lo incineramos, por supuesto. Tomamos precauciones extremas para evitar que alguien inhalara las cenizas contaminadas.
Los nobles parecían preocupados y no dejaban de hacer preguntas sobre los detalles de la misión, las decisiones que habíamos tomado y el portal de teletransportación creado con los cristales. Después de un rato, las preguntas finalmente cesaron.
—¿Nadie más? —preguntó el portavoz.
Todos permanecieron en silencio.
—Muy bien. Doy por terminada la sesión. Pueden retirarse.
Dios, se me habían dormido las piernas. Mierda.
Al salir de la sala del trono, nuestra jornada de trabajo había terminado por aquel día. A menos que surgiera algún imprevisto, claro, pero prefería regresar a casa y descansar.
—Bueno, diría que fue un gusto compartir este tiempo con ustedes, pero estaría mintiendo —comentó Alex.
—Oye, tampoco estuvo tan mal —le respondí con tono burlón.
En ese momento, Lilikath se acercó a Alex y le susurró algo al oído. Ni siquiera volteó a vernos ni se molestó en dirigirnos un saludo. Aquello me irritó un poco. Después de hablar con él, se alejó nuevamente hacia donde fuera que tuviera que ir.
—Oye, idiota, estamos aquí, por si no lo habías notado —dije malhumorada.
Reiny me cubrió la boca de inmediato, pero ni siquiera así conseguimos que Lilikath se inmutara. Continuó caminando como si no hubiera escuchado nada.
Aparté la mano de Reiny.
—Sin duda, los nobles son unos cretinos.
—Oye, no trates así a mi hermano —dijo Alex.
—¿Eh?...
Me quedé sin palabras ante semejante revelación. Alex sonrió como si mi reacción le pareciera divertida.
—Entonces procura insultarlo cuando yo no esté presente.
No supe si estaba bromeando o advirtiéndome.
—Yo no sabía que era tu hermano, Alex —dije todavía confundida—, aunque debí imaginarlo.
Bouxird soltó un suspiro.
—Ahora entiendo por qué también me caía mal.
—Oye, sigo aquí —dijo Alex, aunque no parecía realmente ofendido.
Permanecimos afuera de las grandes puertas, acompañados por otros guardias y los guardaespaldas de los demás príncipes. Supuse que tardarían bastante en terminar aquella reunión, o lo que fuera que continuaban discutiendo a puerta cerrada.
Entonces una de las puertas se abrió y el portavoz del Rey salió de la sala.
—Los príncipes han indicado que pueden retirarse y retomar sus obligaciones habituales.
La mayoría de quienes estábamos allí comenzamos a alejarnos, bajando por las enormes escaleras. Los guardias permanecieron frente a las puertas y algunos guardaespaldas reales también se quedaron. Tal vez debí hablar con ellos, pero estaba completamente muerta. Solo quería dormir.
—Por fin un descanso después de todo ese caos —dijo Bouxird mientras se estiraba y soltaba un enorme bostezo que terminó contagiándome—. ¿Qué van a hacer ahora?
—Planeo dormir hasta que ya no recuerde quién soy —le respondí.
—Eso suena irresponsable.
—Suena saludable.
Reiny todavía parecía afectado por el portal de teletransportación.
—Oye, Reiny, ¿te sientes bien? —le pregunté.
—S-sí...
—No mientas. Aprovecha que estamos aquí y ve a la enfermería. Después puedes regresar a tu casa y dormir, o quedarte allí si comienzas a sentirte peor. La magia puede curar heridas, pero no siempre alivia síntomas como esos. Necesitas que te revise alguien especializado en magia de sanación.
Reiny, incapaz de decir algo más, simplemente asintió. Luego dio media vuelta y se dirigió hacia la enfermería del palacio.
Nosotros continuamos caminando hasta salir de los patios. Alex avanzaba a nuestro lado con las manos detrás de la cabeza, como si no tuviera ninguna preocupación en el mundo. Su familia era un tanto extraña, aunque él tampoco parecía demasiado normal.
—¿Y tú qué harás? —le pregunté.
—Tengo unos asuntos personales que atender con mi padre.
—Eso suena tedioso y aburrido.
—Lo es.
Lo dijo con tanta naturalidad que no supe si reírme o sentir lástima.
—¿Tu familia siempre es así? —pregunté con curiosidad. Después de todo, era una de las más influyentes y, al mismo tiempo, una de las más controversiales del Reino.
Alex me miró con una sonrisa.
—Depende. ¿Te refieres a arrogante, complicada o insoportable?
—Sí.
—Entonces sí.
Bouxird soltó un suspiro.
—Ahora entiendo por qué Lilikath actúa como actúa.
—Lilikath actúa así porque quiere —respondió Alex—. Culpar a la familia sería demasiado generoso con él.
Sin duda, cada vez me surgían más preguntas sobre la familia de Alex. Los Veyrhart eran muy misteriosos. Se decía que algunos de los hijos que habían desertado eran extremadamente fuertes, casi al nivel de una potencia. Incluso nuestro antiguo maestro de combate, uno de los Cortes Divinos, los admiraba mucho. Solía contarnos historias sobre ellos y sobre la época en que fueron sus alumnos, aunque yo ya no las recordaba demasiado bien. Aun así, por lo poco que sabía, no se parecían en nada a Lilikath y Alex.
Seguimos caminando hasta llegar frente a una enorme propiedad. Estaba rodeada por muros bajos, casi ocultos entre los árboles y el abundante follaje. La fachada de la mansión era preciosa y derrochaba elegancia por donde se mirara.
—Bueno, hasta aquí llegamos. Fue un gusto compartir la misión con ustedes, aunque dudo que volvamos a vernos —dijo Alex con una sonrisa.
—Igualmente. Cuídate, Alex.
Alex se despidió agitando la mano de una manera exagerada. Después dio media vuelta y entró en su hogar.
—Alex es bastante extraño, ¿no crees? Incluso más que su hermano Lilikath —le dije a Bouxird.
—A mí me cayó mal.
—Eso dices de todos.
—No de todos.
—¿Y qué me dices del herrero Darun? Él te cae mal y no te ha hecho nada.
—Me responde de mala manera —dijo.
—Pero así es él —respondí entre risas—. A todos les habla golpeado. Creo que viene de una zona rocosa que pertenecía al Reino Broam antes de que pasara a formar parte del tercer ensanche. Sin embargo, decidió quedarse de este lado y trabajar para nuestro Reino.
—De todos modos, me cae mal.
Solté una pequeña risa. Seguimos caminando hasta llegar a las puertas del segundo ensanche. Como nuestros uniformes nos identificaban como soldados importantes del Reino, los guardias de los accesos no solían pedirnos permisos. Simplemente nos dejaban pasar y continuar nuestro camino.
Atravesamos varios lugares, entre ellos la gran fuente, donde los comerciantes ya comenzaban a recoger sus puestos. Algunos me reconocieron y me saludaron con amabilidad, así que les devolví el gesto.
Caminamos un poco más hasta llegar a mi hogar.
—Al fin en casa. Bueno, regresa con cuidado, Bouxird. Te abrazaría, pero posiblemente terminaría vomitándote encima por culpa del mugre portal de teletransportación.
—Sí, creo que rechazaré tu oferta —respondió con una pequeña risa—. Nos vemos, Milikath. Descansa.
Cuando entré en mi casa, mis padres casi me aplastaron con un abrazo.
—¡Milikath! —exclamó mi madre—. Me alegra que hayas regresado.
—Hola, mamá. Hola, papá.
—¿Estás herida? ¿Has estado comiendo bien? ¿Por qué tienes esa cara de muerta?
—¿Tú crees que con esta cara podré responderte todo?
—No seas tan grosera, niñita —dijo mi madre—. Tal vez un abrazo de oso te haga reflexionar.
Entonces, entre ella y mi padre, volvieron a abrazarme con más fuerza que antes. Sentí que me ahogaba.
—Bienvenida a casa, cariño.
Esas palabras fueron suficientes para conmoverme. Después de pasar tanto tiempo fuera, había olvidado lo mucho que me gustaba estar con mis padres. No me había dado cuenta de cuánto necesitaba un abrazo como aquel.
Después de bañarme, comí y más tarde cené. Descubrí que podía seguir comiendo si me lo proponía. La comida del campamento en la cordillera era espantosa, nada comparada con la de mi madre.
Pasé un rato más hablando con mis padres de cualquier cosa y contándoles sobre la misión, aunque, por supuesto, omití los detalles que dejaban claro que seguramente había estado a punto de morir.
Cuando entré en mi habitación, me quedé unos instantes observando mi cómoda cama, el escritorio de madera y mis dibujos. Después me acosté y sentí cómo el cansancio terminaba por vencerme hasta que, poco a poco, me quedé dormida.
Al abrir los ojos, la luz del sol atravesaba la ventana y se filtraba entre las cortinas. Poco a poco fui despertando. Me sentía mucho más descansada; sin duda, dormir en casa era muy diferente a hacerlo en cualquier otro lugar.
No quería separarme de mi cama, pero mi estómago ya comenzaba a pedirme comida. Me di una ducha para terminar de despertar y luego bajé al comedor, donde ya se encontraban mis padres.
—Buenos días, mamá. Buenos días, papá.
—Buenos días, cariño. ¿Lograste descansar? —preguntó mi madre.
Mi padre estaba leyendo una larga hoja repleta de noticias, mientras mi madre colocaba mi desayuno frente a mí. Eran huevos con carne. Cómo había extrañado aquellos desayunos.
—Sí, descansé como nunca —respondí antes de comenzar a devorar la comida.
—Entonces, ¿qué harás en tu día libre, cariño? —preguntó mi padre.
—No lo sé. Tal vez dormir y comer... o comer y dormir —dije en tono burlón.
—Qué gran dilema —respondió mi padre, siguiéndome el juego—. ¿Y no te gustaría acompañarme a un trabajo de construcción?
—Mmm... No lo sé. ¿Puedes pagar por mis grandiosos servicios?
En ese momento, alguien llamó a la puerta.
—Yo voy —dijo mi madre.
Mi padre y yo seguimos hablando.
—Si una buena paga es un gran pastel de chocolate con relleno de crema de café, entonces yo diría que sí.
—¡No se diga más! A trabajar.
Mi madre regresó después de atender a quien había llamado a la puerta. Su expresión había cambiado.
—Milikath, cariño, te busca un mensajero del Reino.
—¿En mi día de descanso? Qué extraño. Ahora vuelvo.
Me levanté y fui hacia la puerta.
—Buenos días, guardaespaldas real Milikath Arvellen. Vengo en nombre del príncipe Elidron para entregarle esta carta. Me pidió personalmente que llegara a sus manos.
—Buenos días. Ah, sí... Gracias.
—Con su permiso, me retiro. Que tenga un buen día.
Cerré la puerta y regresé al comedor mientras examinaba la carta. Estaba sellada con el emblema de la familia real, por lo que necesitaba utilizar magia para revelar su contenido. La tinta era mágica y solo aparecía al canalizar magia de una manera específica, como si se tratara de una contraseña.
—¿Qué quería, cariño? —preguntó mi madre mientras comenzaba a comer.
—Solo entregarme esta carta.
La extendí sobre la mesa, canalicé un poco de magia y las palabras comenzaron a aparecer. Reconocí de inmediato la letra del príncipe Elidron. Me pedía que nos reuniéramos a una hora determinada en la entrada del primer ensanche. También se disculpaba por interrumpir mi día de descanso y hacía hincapié en que se trataba de una misión de suma importancia, cuyos detalles explicaría personalmente.
En cuanto terminé de leerla, la carta se prendió fuego por sí sola. Las llamas consumieron el papel en cuestión de segundos, sin dejar siquiera cenizas.
—Mierda...
Dejé caer la frente sobre la mesa, completamente derrotada.
—¡Oye, nada de malas palabras! —me reprendieron mis padres casi al mismo tiempo.
Levanté la cabeza apenas lo suficiente para mirar el plato que todavía no había terminado.
Sin duda, mi día libre acababa de morir antes que mi desayuno.
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