POV Lilikath
El tiempo con ella pasaba volando. Podía pasar horas hablando y contándole mis cosas, sobre lo que hacía en el castillo o cómo tenía que ayudar al tonto del príncipe Eldric. Con ella podía abrirme y ser yo mismo. Llevábamos tantos años conociéndonos.
—Cof, cof… —Ruby tosió con fuerza.
—¿Estás bien? ¿Tomaste tu medicina?
Voy rápidamente a la sala, tomó los frascos y las hojas que ayudan a aliviar el dolor de la enfermedad de Ruby. Era una condición extraña que solo afectaba a unos pocos. Al existir la magia de sanación, casi no había estudios ni remedios que buscarán solucionar enfermedades como esa.
Le acercó un vaso con agua junto con los remedios y se los entregó.
—Tómalos con cuidado, cariño.
Su salud empeoraba cada vez más. Entonces alguien golpeó la puerta con bastante brusquedad. Aquello me molestó un poco, así que fui a ver quién era.
Abrí y me encontré con un pescador de la zona. No recordaba su nombre, ni me importaba hacerlo.
—¡Lilikath! —dice mi nombre bastante alterado y agotado.
—¿Qué quieres? Largo —le respondo mientras intento cerrar la puerta, pero él pone el pie para impedirlo.
—Lilikath, por favor, ven. Apareció un monstruo marino… se comió a mi nieto.
Iba acompañado de una mujer, ambos igual de alterados.
—Díganle a un guardia, no estoy de servicio ahora mismo.
—¡Por favor, ayúdanos!
—¿Quién es, Lilikath? —Ruby habla preocupada antes de soltar una pequeña tos—. Cof, cof…
—¡Ruby! Un monstruo se comió a Shrine. ¿Verdad que Lilikath puede ayudarnos? Yo cuidaré de ti hasta que regrese.
Esa mujer del pescador tenía que meter a mi Ruby en esto.
—Por supuesto, cariño, ayúdalos. Yo estaré bien.
Miro al pescador con bastante hostilidad. Arruinó mi último día con Ruby, pero no tengo otra opción.
—¿Qué esperas? Llévame al lugar —le digo bastante malhumorado.
Ambos fuimos al puerto pesquero, a la orilla del mar. Había una gran multitud de aldeanos del primer ensanche. Algunos botes estaban destrozados, mientras que otros seguían intactos. Muchos heridos eran atendidos por el sacerdote y varios más permanecían junto a la orilla, observando a lo lejos en busca de algo.
—Oye, pescador, ¿dónde está tu dichoso monstruo? —pregunto, ya que no se veía por ningún lado, o al menos yo no lograba verlo.
—En el mar —señala hacia la enorme extensión de agua.
—No me jodas…
Para apresurarme, solo se me ocurrió una cosa. Tomé un bote. Aunque no era grande, pesaba una barbaridad y yo no era alguien especialmente fuerte o musculoso.
—Oye, no te quedes parado, ayúdame —le digo molesto.
El pescador reacciona y viene a ayudarme.
—Pero no es mi bote, el mío lo partió a la mitad el monstruo…
—¿Crees que eso importa ahora? Date prisa si quieres rescatar a tu nieto.
Entre ambos empujamos el bote hasta el mar. Primero se sube él y luego yo. Para avanzar lo más rápido posible, canalizo una gran cantidad de magia en mis manos. La libero y una fuerte ráfaga de viento comienza a salir sin descanso, impulsándonos mucho más rápido que si estuviéramos remando.
De esta forma llegamos bastante rápido hasta donde quedaban los restos del bote del pescador. Me detuve y no veía absolutamente nada.
—¿Lo ves? —le pregunto al pescador.
—No…
Nos quedamos completamente quietos. A esa distancia ya no se alcanzaba a escuchar el ruido de los demás, únicamente la brisa del mar y las aves.
Entonces algo se escuchó bajo el agua, deslizándose lentamente.
Sentí que algo se acercaba rápidamente. Entonces volteé y por fin logré verlo.
Era un monstruo marino, un rapaz.
Su cuerpo recordaba al de un pez, aunque solo por su forma ovalada. Su tamaño era inmenso, comparable al de un gran barco. Su manera de atacar consistía en nadar con menos de medio cuerpo fuera del agua, acechando a sus presas. Conforme se acercaba, iba mostrando más partes de su cuerpo hasta abrir aquella enorme boca para devorarlas.
Poseía dientes gigantescos, siempre visibles. No masticaba a sus víctimas, simplemente las tragaba. Sin embargo, esos colmillos servían para impedir que cualquier presa escapara de su enorme mandíbula antes de ser digerida en su estómago.
Esto era malo. Estaba en total desventaja.
El rapaz ya había recorrido más de medio camino hacia nosotros. Iba a devorarnos.
No supe cómo reaccionar. Lo único que hice fue tomar al pescador y lanzarlo lo más lejos que pude con ayuda de mi magia. Yo no alcancé a alejarme, y sentí de lleno el impacto contra el bote.
La embarcación quedó completamente destrozada, pero logré evitar el golpe directo del rapaz y, por suerte, tampoco fui tragado por aquella enorme boca.
De milagro seguía vivo.
Intenté nadar hasta uno de los trozos del bote para poder mantenerme a flote y pelear. Me incorporé como pude y busqué al monstruo. Entonces vi cómo se dirigía hacia el pescador, a quien pensé que había puesto a salvo.
Mierda… estoy muy lejos.
Sin pensarlo demasiado, volví a imbuir magia en mis manos. Al liberarla, la ráfaga me impulsó a gran velocidad y terminé cayendo sobre el cuerpo del monstruo.
—¡Huug…!
Caí mal, y el golpe me sacó todo el aire de los pulmones. Me sentía mareado, pero como pude desenvainé mi espada y la clavé en el cuerpo del monstruo.
La criatura soltó un fuerte gemido de dolor e inmediatamente giró su enorme cuerpo de forma brusca. Sin fuerzas para sostenerme, solté la espada, que permaneció incrustada en su carne.
Rápidamente nadé hacia la superficie para no ahogarme y poder ver qué estaba pasando. El pescador estaba a salvo, ya bastante lejos. Pero, para mi mala suerte, el monstruo ahora iba tras de mí.
Sin mi espada no tenía forma de cortarlo, pero siempre había practicado un ataque de corte usando mi magia de viento. Claro, nunca contra un objetivo bajo el agua. Aun así, no tenía alternativa, era todo o nada.
Junto ambas manos para canalizar mi magia. Siento un cosquilleo recorrerlas mientras espero a que el monstruo se acerque lo suficiente.
Tener al rapaz viniendo directo hacia mí era aterrador. Sus enormes ojos, aquellos dientes gigantes y su boca completamente abierta, lista para tragarme…
Cuando lo tuve justo enfrente, no perdí tiempo y lancé una ráfaga de viento cortante. Fue difícil controlarla, y el impacto terminó elevándose.
Mis manos comenzaron a doler y a temblar con fuerza. Miré al monstruo y vi que le había destrozado parte del cráneo. La criatura ascendió lentamente hasta la superficie. Aún aturdido y agotado por lo que acababa de pasar, decidí apresurarme.
Me subí sobre el cuerpo del rapaz muerto y me acosté boca arriba para descansar un poco.
—¡Lo lograste! —me grita feliz el pescador.
Se sube también y empieza a hacer señales con los brazos, saltando y gritando.
—Cállate un rato, ¿quieres?
Los aldeanos ya venían acercándose en botes más grandes. Traían arpones y distintas armas preparadas. Un poco tarde, diría yo.
Entre varios arrastraron al monstruo hasta la orilla del mar. Lo acomodaron con cuidado para intentar que el nieto del pescador siguiera vivo y no hubiera sido afectado por los jugos gástricos.
Todos actuaron rápido. Lo primero fue abrir una salida directa desde el estómago para vaciar todo lo que tenía dentro. Después intentaron abrir aquella enorme boca, pero como parte de la cabeza estaba destrozada, terminaron haciendo un gran corte a lo largo de su cuerpo.
Yo solo observaba todo mientras tomaba un jugo de fruta.
Había hecho un buen trabajo matando al monstruo. Que el nieto siguiera vivo… bueno, eso ya dependía de la suerte.
Milagrosamente, seguía vivo. Inconsciente, pero vivo. Sentí un gran alivio.
Todos los presentes comenzaron a felicitarme y agradecerme. Aunque, siendo honestos, me agradecían más por la comida que les había conseguido. Algunos monstruos podían comerse, especialmente los marinos, y para suerte de todos, aquel rapaz era uno de ellos. Decían que su carne tenía un sabor delicioso, aunque yo nunca la había probado. Además, no era una criatura común en esa parte del mar.
—Oye, ¿qué haces ahí sentado? —era el pescador al que ayudé—. Ve por Ruby y mi mujer. Pronto estará lista la comida para todos en tu honor.
Fui por Ruby y le conté todo con muchísimo detalle, luciéndome como siempre frente a ella. Tal vez exageré algunas partes… pero nadie iba a llevarme la contraria.
Al regresar, todos fueron muy amables conmigo. Los pescadores no dejaban de mencionar mi nombre y elogiar lo que había hecho.
Mi mano se sentía cálida, siempre sujetando la de Ruby. Volteé a verla y noté que no dejaba de hablar y hacer preguntas sobre lo ocurrido aquel día. Estaba feliz y sonreía sin parar.
Si Ruby ya era hermosa normalmente, sonriendo y siendo ella misma lo era todavía más.
Sin duda, estaría bien incluso durante mi ausencia, sobre todo rodeada de buena compañía y personas que la apreciaban.
POV Milikath
Al día siguiente, me levanté temprano. Me bañé, me alisté y preparé todas mis herramientas y armas. Tomé las pociones y las coloqué en una mochila, todo bien ordenado.
Mis padres aún seguían dormidos, así que les dejé una nota sobre la mesa y procedí a salir de mi hogar. Aunque apenas estaba saliendo el sol, el segundo ensanche siempre se encontraba muy animado, desde los encargados de transportar alimentos o carne desde el primer ensanche, hasta quienes se dirigían a sus trabajos.
Para mi buena suerte, el lugar al que tenía que ir no estaba tan alejado. Justo en el segundo ensanche se encontraba la sede desde donde partían los carros encargados de transportar mercancía a sitios más lejanos. Por supuesto, también había carruajes para llevar personas tan lejos como el recorrido lo permitiera.
Recorrer los distintos lugares del Reino era relativamente posible, aunque el costo variaba bastante. Muchos carruajes, impulsados por bestias o monturas, transportaban mercancías y viajeros, llegando así a todos los ensanches del Reino. Pero, desde luego, solo aquellos con permiso podían ingresar al tercer ensanche.
Después de una larga caminata hacia el oeste, logré llegar a mi destino, el lugar donde nos reuniríamos junto con el Príncipe Sanguinario. En esta ocasión fui la primera en llegar. Mientras esperaba en los sillones que había en la estación de carruajes, me fijaba en lo que hacían los trabajadores.
Nadie me prestaba atención, pero yo me entretenía observándolos. El tiempo pasó y el segundo en llegar fue mi amigo Bouxird. Para matar el tiempo, nos pusimos a revisar nuestras mochilas y verificar que lleváramos todo lo necesario.
La espera sin duda se hizo más amena. Platicamos un rato sobre cosas comunes, algo que se volvió costumbre con el paso de los años. Ahora que lo pienso, él es mi único amigo en realidad. Debido a mi forma de ser, me alejé de las personas que alguna vez consideré indispensables para mí. De cierta manera, puedo culpar a mi trabajo como guardaespaldas real.
Tal vez debería hacer más amigos. Por lo menos, creo que les agrado a los vendedores del mercado y a algunos comerciantes, o eso quiero pensar cuando me regalan cosas.
Sin darme cuenta, el tiempo de espera se hace cada vez más largo. Entonces me pongo a mirar directamente hacia la entrada, algo impaciente. De pronto veo a Reiny entrando. Entre Bouxird y yo le hacemos señas con las manos para que nos vea, pero inmediatamente me detengo.
Iba acompañado de alguien, del príncipe.
Por alguna extraña razón, cada vez que lo veo siento mariposas en el estómago. Solo espero que nunca se note que estoy enamorada de él.
—¡Hola! —saluda el príncipe mientras sonríe.
Mi mente se queda en blanco al verlo. Dios, su sonrisa es tan hermosa. Entonces siento un leve empujón en el hombro, era Bouxird, evitando que siguiera soñando despierta.
—Buenos días, príncipe Elidron —lo saludo con la formalidad que acostumbraba.
—Buenos días, ¿qué te dije sobre cómo dirigirte a mí cuando estemos solo nosotros, Milikath?
—Perdón, Elidron, pero como está Reiny quise mantener las etiquetas —miro hacia Reiny y está algo nervioso, como de costumbre.
—No se preocupen, en el camino comencé a hablar con Reiny y podemos confiar en él.
Reiny asiente con la cabeza.
—Bueno, ya que estamos todos, podemos partir en dirección a la cordillera.
—¡Sí! —respondemos todos con cierta emoción.
Comenzamos a subir todas las cosas al carruaje, desde nuestro equipaje hasta los suministros preparados previamente, como alimentos y herramientas. Incluso había pociones y antídotos. A pesar de que Elidron era un príncipe del Reino y el más fuerte de todos, no era grosero ni una mala persona.
Al intentar subir una caja de alimentos bastante pesada, empieza a costarme trabajo moverla. Entonces siento cómo el peso desaparece de mis brazos. Al levantar la mirada, me llevo la sorpresa de que era el príncipe quien me estaba ayudando.
Entre los dos cargamos la caja y la colocamos en la parte trasera del carruaje de madera.
Ya con todo listo y acomodado, partimos, siendo únicamente Bouxird, Reiny, Elidron y yo. Los carruajes de madera de este negocio eran muy útiles, su forma rectangular permitía bastante espacio. Tenían cuatro ruedas y eran impulsados por dos bestias grandes y de cuerpos toscos.
A esas criaturas se les conocía como higun. Poseían una piel muy rasposa y gruesa, además de una lengua demasiado larga con la que cazaban su alimento, por lo que debía ser pegajosa. No eran tan rápidas como otras criaturas de carga, pero tenían mucha resistencia, lo que las hacía perfectas para recorrer largas distancias sin descansar o requerir demasiados cuidados.
Normalmente, un trabajador del lugar habría sido nuestro conductor, pero decidimos que no, debido a lo peligrosa que era la cordillera. Así que nos turnaríamos para llevar las riendas y dirigir a los higun.
El primero en conducir fue el príncipe Elidron. Poco a poco nos fuimos alejando del Reino por la puerta este. La vista era bastante agradable, me la pasaba observando los alrededores del castillo y los enormes campos de cultivo del primer ensanche. Sin duda, soy feliz observando todo tipo de colores.
Mientras tanto, mis compañeros junto con el príncipe estaban charlando. Bueno, Reiny seguía siendo Reiny y solo escuchaba o asentía con la cabeza. Los minutos pasaron, luego las horas, y el Reino quedó muy lejos, ahora se veía diminuto.
Para pasar el tiempo, decidimos que cada uno contaría una historia relacionada con su hogar o su familia, con el propósito de romper el hielo y hacer el viaje más ameno.
Bouxird fue el primero. Empezó a contar una historia sobre su hogar, una que su madre le repetía mucho cuando era niño. En su aldea, todos los niños eran bendecidos por el gran árbol, este les daba la vida y la magia para que se convirtieran en hombres y mujeres dignos. Pero, pese a que él no acudió a la segunda ceremonia de renacimiento, el gran árbol lo apreciaba tanto que aun así lo bendijo con una gran cantidad de magia, volviéndolo muy habilidoso con ella.
Era una historia que me pareció genial, como si él hubiera sido el elegido de ese gran árbol.
Luego fue el turno de Reiny. Empezó a contar cosas sobre su aldea, que venía de una familia tan numerosa que ni siquiera se molestaban en darles nombres completos y que nunca dormían tranquilos debido a la cantidad de monstruos que estaban al acecho. También nos habló sobre la gran variedad de criaturas y el porqué de sus nombres.
Todo resultaba bastante perturbador. Honestamente, jamás quisiera visitar su aldea.
—Oye, Reiny… ¿extrañas tu hogar? —pregunté de golpe.
—No.
Su respuesta fue bastante seca.
Tal vez no debí hacer esa pregunta. Sentí que el ambiente se volvió incómodo. Mierda.
—Bueno… es tu turno, Elidron —le digo al príncipe.
Cuando el príncipe estaba a punto de hablar y yo ya estaba más que lista para prestarle toda mi atención y descubrir algo nuevo sobre él…
—Bien, pero tendrán que esperar un poco —lo dice con una voz llena de emoción.
Los alrededores dejaron de ser agradables desde que comenzamos a contar historias. Estábamos pasando entre dos enormes muros que bloqueaban la vista hacia los costados. Eran tanto estructuras naturales como construcciones hechas por el Reino, con el propósito de crear un camino seguro que evitara accidentes por ataques de monstruos o desbordamientos del mar.
El Reino, al estar en constante conflicto con su enemigo, no podía permitirse destinar soldados para proteger todos los carruajes de carga y transporte. Por esa razón, la solución fue construir aquel camino rodeado de muros.
El trayecto amurallado estaba por terminar, eso pude notarlo desde lejos. Cuando por fin salimos de ese lugar, todos nos quedamos sin palabras.
La vista era irreal.
Por todas partes había enormes rocas flotantes. Algunas ascendían lentamente y otras descendían, dispersas por todo el lugar, como si la gravedad simplemente no existiera. No había suelo, el único camino firme era el que seguíamos con el carruaje. Las gigantescas rocas que caían continuaban descendiendo como si debajo existiera un vacío infinito. Mientras tanto, las que subían lo hacían sin detenerse hasta desaparecer de nuestra vista.
Era un escenario impactante.
—Asombroso, ¿no les parece? —dice el príncipe con una sonrisa.
Todos asentimos con la cabeza, incapaces de decir una sola palabra.
—Este sitio es muy irreal, nadie puede explicarlo. Muchos dicen que es una escalera al cielo o al inframundo —el príncipe nos señala las rocas ascendiendo—. ¿Ven? Todas siguen su propio ritmo.
Yo solo observaba la enorme cantidad de rocas, incapaz de averiguar si lo que decía era verdad. Había demasiadas, como si una montaña hubiera explotado y sus fragmentos subieran y bajaran sin descanso.
—Mi madre una vez me contó que este lugar esconde un objeto capaz de otorgar un gran poder a quien logre encontrarlo, entre la infinidad de rocas flotantes. Hasta el día de hoy me pregunto si ese objeto será real.
—No sé si pueda existir algo así en este lugar, pero yo no quisiera caerme —dice Bouxird, claramente asustado.
El carruaje seguía avanzando. Decidimos turnarnos y ahora Bouxird llevaba las riendas. Ya habían pasado al menos cuatro horas. El paisaje de las Escaleras al Cielo continuaba frente a nosotros. Era hermoso, pero aquel vacío interminable del fondo provocaba miedo, no se le veía final alguno.
De cierta manera, resultaba aterrador.
Por fin llegaríamos a la cordillera de los Dragones Azules. Tenía algo de miedo, pero confiaba en que todo saldría bien.
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