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Milikath, la pequeña hechicera - Parte 2

May 4, 2026

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Al entrar y acercarnos lo más posible, inmediatamente todos nos postramos ante el Rey, mostrando respeto, y permanecimos así. Estar ahí era realmente intimidante, sentir tantas miradas de personas muy importantes del Reino. Pero mi mirada se dirigía constantemente hacia Elidron, el Príncipe Sanguinario. Aún no asimilaba la suerte de que me eligiera como una de sus guerreras personales, junto con Bouxird, claro.

Al ser el miembro real más importante junto al Rey, se le daba preferencia en todo. Además, a lo largo de la historia, había sido el único en obtener una fuerza inigualable.

El portavoz del Rey se aclaró la garganta, preparándose para leer un pergamino que sostenía con ambas manos. Además de los tronos de la familia real, cuando había misiones importantes, se citaba a los nobles de las casas más importantes del Reino, quienes se colocaban a los laterales del gran salón para escuchar junto con todos.

—Se les ha convocado aquí para asignarles una nueva misión, asegurar la cordillera de los Dragones Azules. Yo, el príncipe Eldric, ordeno que se establezca un puesto de vigilancia para controlar la entrada noroeste, en caso de una invasión del Reino Broam.

Todos los nobles empezaron a cuchichear entre ellos, pero no se alcanzaba a distinguir lo que decían.

Una vez terminada la petición, el portavoz convocó a todos a votar a favor o en contra.

Nadie habló, pero algunos empezaron a levantar la mano, incluidos los príncipes, menos Elidron y el Rey. Aun así, el portavoz se encargó de contar los votos. Obviamente, nosotros no teníamos voto. Al terminar, volvió a su lugar.

—Bien, esta petición queda aprobada con dieciocho votos a favor. ¿Alguien tiene algo que decir?

—Si me permiten —interrumpió el príncipe Eldric—, debido a que es una petición mía, he decidido prestarles a mi guardia personal, Reiny.

—¿Alguien más?

Nadie en la sala emitió un solo ruido.

—¿No? Entonces daremos por finalizada la reunión.

Los nobles salieron del salón del trono y, acto seguido, nosotros también salimos, quedando únicamente el portavoz, los príncipes y el Rey.

Normalmente, todas las noticias se comunicaban de esta forma, para que los nobles con tropas pudieran movilizarse o incluso beneficiarse de la situación.

Al estar afuera, frente a las escaleras, los demás guardaespaldas de los príncipes se mantenían serios. Ninguno se despidió y siguieron su camino. Reiny estaba con su compañero, a quien el príncipe Eldric había elegido. Era descendiente de una casa noble, alto y fornido, con rasgos bien definidos y ojos claros. Era como ver a un auténtico príncipe.

Sus habilidades o magia eran desconocidas, aunque la espada que portaba era muy corta, más similar a una daga, y se veía muy costosa.

—¡Reiny! —le grité para que viniera conmigo y Bouxird.

Su compañero le dijo algo muy de cerca y se marchó. Pasó a nuestro lado, pero ni siquiera volteó a vernos, como si no existiéramos.

—Me alegra que estemos juntos en esta misión —les dije mientras nos acercábamos.

Ninguno de los dos dijo nada.

—¿Saben? Ya salimos de la audiencia y pueden hablar —dije algo malhumorada—. Por cierto, ¿cómo se llama tu compañero, Reiny?

—No lo sé… creo que es Lilika —dijo algo dudoso.

—¿Así que Lilika? No me suena para nada —intenté recordar algo, pero mi mente estaba en blanco.

—Es de una casa noble —interrumpió Bouxird—, la más grande y la más desastrosa del Reino.

—¿Por qué lo dices? —pregunté.

—Los fundadores siempre han querido meterse en el consejo a como dé lugar, sin importarles nada más que el poder. Por eso, sus descendientes han sido preparados desde pequeños para ser fuertes.

Vivir solo para complacer a tus padres y estar bajo sus expectativas… qué duro debía ser eso, no poder hacer lo que realmente querías.

—Pero han tenido varios desertores en la familia, y eso los ha dejado mal parados ante los demás nobles.

—Suena bastante complicado —aunque la idea de tener muchos hermanos no me desagradaba del todo, siendo hija única—. Bueno, entonces mañana partiremos desde temprano, lo mejor será alistarnos para el viaje.

Ambos asintieron con la cabeza y tomaron caminos separados. Yo opté por irme al mercado de la fuente para comprar las cosas que me hacían falta. Los materiales para pociones siempre eran importantes, aunque algo costosos.

El mercado del segundo ensanche era bastante animado; siempre había gente tanto del primero como del tercero, ya fuera comprando, paseando o consiguiendo el sustento de sus familias.

Me dirigí al mercado oficial, donde vendían armas de la mejor calidad, ya que tenían un acuerdo con el gremio de herreros, donde únicamente las armas producidas por ellos se comercializaban en ese lugar. Al llegar a un puesto, quedé embobada ante la gran variedad.

Había mandobles, espadas, dagas, un sinfín de armas bastante afiladas. Los materiales eran muy diversos, pero en específico me llamó la atención una espada con un metal morado brillante. La tomé y la examiné. Para mi sorpresa, era una muy buena arma. En su filo tenía patrones grabados bastante extraños.

Sin duda provenía de algún laberinto, esos lugares extraños y muy antiguos. Muchos los exploraban, pero muy pocos lograban describir las cosas increíbles que había dentro.

Así que esa espada quedaba totalmente fuera de mi presupuesto.

Después de comprar otra espada más sencilla, decidí ir con mis padres para ayudarles en algo o simplemente pasar el resto del día con ellos.

POV Lilikath

Las cosas en el primer ensanche siempre eran aburridas. Solo iba mirando por la ventana del carruaje en el que viajaba rumbo al segundo ensanche. Tras unas cuantas horas, por fin llegamos. El enorme muro de concreto llegaba a asustar un poco, pero el control era el mismo de siempre.

Unos cuantos guardias cuidaban los accesos y salidas hacia el primer ensanche. Supuestamente era por seguridad de todos, pero yo opinaba que los nobles eran tan prejuiciosos que así lo quisieron. Con tan solo ver mis ropas me dejaron seguir sin decir una sola palabra, ni siquiera revisaron lo que llevaba en el carruaje. Sin duda, el segundo ensanche era el más concurrido.

Había personas por todos lados, de todas las razas del Reino, comprando o paseando. La mayoría parecía pertenecer al segundo ensanche; del tercero casi no se veía gente, pues era el más marginado.

El tiempo para llegar en carruaje del primer ensanche al segundo era de aproximadamente dos horas, dependiendo de la velocidad del caballo. Y del segundo al tercero eran más, cerca de tres horas.

El muro que dividía al segundo y tercer ensanche era más alto que los anteriores, para evitar que alguien pasara por otro lado y obligar a todos a cruzar por los puestos de control. Me bajé del carruaje, que era propiedad de mi familia, y me dirigí al acceso.

Había más guardias de lo habitual, unos ocho vigilando y revisando a quienes querían entrar al segundo ensanche. Había una fila enorme de personas esperando pasar. La situación del tercer ensanche era preocupante; ahí vivían los que iban al día, donde si no trabajaban un solo día, o cometían un descuido, se quedaban sin poder comer, ellos y sus familias.

Era lamentable ver los rostros preocupados, con angustia y enojo, tantas emociones reflejadas en la gente de la fila. Al pasar, de nuevo solo vieron mi uniforme y no me dirigieron ni una sola palabra, simplemente se apartaron y me dejaron avanzar.

Después de hacer todo ese recorrido tantas veces, me había acostumbrado. A veces reconocía algunas caras, pero evitaba hablar mientras iba hacia mi destino.

Hoy era mi último día haciendo guardia aquí, todo por ese estúpido príncipe. Mi principal trabajo, además de ser guardaespaldas personal, era ayudar con la vigilancia y derrotar monstruos que se acercaran al tercer ensanche, que, desde luego, tenía una seguridad casi nula.

Aunque en realidad era una tapadera, ya que la mujer a la que amaba pertenecía al tercer ensanche. Nadie en mi familia lo sabía. Si eso pasara, me prohibirían seguir viniendo a este lugar desde hace mucho.

En mi familia estaba prácticamente prohibido tener relaciones con personas del segundo y tercer ensanche, por sus ridículas creencias de formar descendencia cada vez más fuerte.

Así que, para poder estar allí, manipulaba los informes sobre los monstruos, ya que alguien común no podría enfrentarse a los de la zona, al menos a los más fuertes. Para los más débiles estaban los demás guardias.

Pero estaría un tiempo sin venir a este lugar, sin ver a mi amada, todo por culpa de un príncipe tonto. Afortunadamente, Reiny sí pudo cumplir su turno al lado del príncipe, así que me permití tener este último día libre antes de que regresaran de la misión, más allá de las montañas de los dragones.

Mientras caminaba, volví de mis pensamientos al pisar mal y torcerme un poco el pie.

—Mierda…

Las calles del tercer ensanche eran lamentables, llenas de hoyos y piedras. Debido a eso, los carruajes no pasaban, ya que las ruedas no soportarían un terreno tan inestable.

La vista en este lugar era bastante deprimente, un contraste total con el segundo ensanche. Las casas estaban en mal estado, al igual que las calles y las edificaciones. Eran mucho más pequeñas, la desigualdad era evidente.

Había más puestos de comida que otra cosa, ya que era lo que más escaseaba en este sitio. Toda la comida cosechada y de mejor calidad iba al primer ensanche, luego al segundo, con lo que seguía en calidad o lo mejor si sobraba. Mientras tanto, al tercero solo llegaban y se quedaban las sobras.

La casa de mi amada quedaba cerca de la costa pesquera, no tanto, pero el mar estaba muy próximo. Lo primero que hacía al llegar era llevar medicinas y alimentos de buena calidad. Ella se llamaba Ruby y tenía un hermano pequeño llamado Zacaria.

Seguí caminando por el sendero de arena. Había muchas casas alrededor y varias personas se encontraban fuera de ellas. Algunos movían piedras para levantar muros y prevenir el avance del agua o simplemente delimitar su espacio.

La mayoría por allí me conocía. Algunos me saludaban y otros no. Yo solo seguí avanzando hasta llegar a la casa. Era pequeña, con apenas tres espacios: la sala, un dormitorio y el baño. No había cocina, porque cocinaban en comunidad en un área al aire libre o muchas veces comían solo pan o cultivos secos.

La casa estaba rodeada por un muro de rocas, de al menos un metro de altura, solo piedras apiladas que yo mismo, con ayuda de Zacaria, había logrado levantar. De entre todas las casas, esta era la única decente, pintada, sin cosas rotas ni en mal estado. La razón era que hice todo lo posible para que así fuera.

Al principio pensé que habría muchos envidiosos, pero, para mi fortuna, había muchas personas buenas allí, que apreciaban a Ruby, tal vez porque estaba muy enferma.

Cuando llegué a la puerta, la toqué e infundí un poco de magia. Se escuchó un leve clic. La empujé y quedó completamente abierta. Una cerradura mágica.

Entré a la casa y la sala estaba vacía. Solo había una mesa con un florero encima. También había cuatro sillas, todas de buena madera y con un diseño bastante agradable a la vista. Coloqué todo lo que traje sobre la mesa y fui hacia el cuarto. Aparté la cortina que separaba ambas habitaciones y ahí la vi.

Una mujer joven, de piel pálida. Siempre había sido así, pero últimamente lo estaba aún más por su enfermedad. Su cabello era ondulado, de un negro profundo y bien cuidado. Incluso acostada, se notaba que era bastante alta, más que el promedio. Sus rasgos también destacaban; su rostro era muy hermoso, con una nariz respingada.

—Hola, cariño —dije con una voz más cálida de la que usaba con los demás.

Ella sonrió al verme y escucharme. Yo fui directo a abrazarla y a darle un beso. Se sintió cálido. Sin duda, la extrañaba mucho.

Banana Mongola

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