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Milikath, la pequeña hechicera

Mar 27, 2026

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Mi casa me trae buenos recuerdos, mis dibujos, las cartas que les hacía a mis primas que se mudaron. Todo me da nostalgia, incluso mi cuarto sigue exactamente igual a como lo dejé. Sin duda… tengo unos padres maravillosos.

A pesar de mis dudas, ellos siempre estuvieron ahí, apoyándome en cada decisión, fuera correcta o no. Los amaba mucho.

—¡Milikath, ven rápido antes de que se enfríe! —gritó mi madre desde la cocina. 

—¡Ya voy! 

Me levanté de la cama y traté de acomodarme el cabello con las manos. Fue inútil. Los mechones ondulados que me caían sobre el rostro parecían tener voluntad propia, así que terminé apartándolos como pude y salí de la habitación. 

Mis padres ya estaban almorzando cuando llegué a la cocina. 

—Aunque ya estás grande, sigues siendo impuntual —dijo mi mama algo molesta mientras comía.

—No la molestes, recuerda que ya no es nuestra pequeña, ahora tiene obligaciones importantes —interrumpió mi papa.

Sin decir nada, hice un puchero y ocupé mi lugar en la mesa. Aquello era precisamente lo que había extrañado durante todos esos años lejos de casa.

Lixguard Aldervane era el actual rey del Reino Grom y tenía cuatro posibles herederos. Entre ellos destacaba el Príncipe Sanguinario, considerado el guerrero más fuerte de todo el Reino.

En Grom se valoraban enormemente la fuerza y las habilidades que cada habitante pudiera ofrecer. No importaba si vivías en el primer ensanche, en el segundo o en el tercero. Tampoco importaba si provenías de una familia respetable o de una repleta de delincuentes. Mientras fueras fuerte y demostraras lealtad, podías ser recompensado con el título de caballero del Reino.

Servir directamente a uno de los príncipes era más complicado.

Para conseguirlo, había que superar un arduo entrenamiento en el que éramos sometidos a pruebas de habilidad, fuerza, agilidad, magia y compañerismo. Para mi fortuna, conseguí superarlas y terminé siendo seleccionada por uno de los príncipes.

Aún no comprendía del todo cómo lo había logrado.

Yo no era especialmente alta, musculosa ni intimidante. Comparada con la mayoría de los guerreros del Reino, mi cuerpo parecía demasiado delgado para soportar un entrenamiento militar. Sin embargo, los años de práctica habían dejado cierta firmeza en mis brazos y piernas.

Además, mi verdadera fortaleza nunca había dependido de mi cuerpo. 

—Oye, Milikath.

La voz de mi madre interrumpió mis pensamientos.

—¿No ibas a encontrarte hoy con Bouxird para una reunión?

Dejé de masticar.

—Mierda, lo olvidé.

Me levanté tan rápido que empujé la mesa. Los platos se estremecieron, aunque, por fortuna, ninguno cayó al suelo.

—¡Oye! ¡Nada de malas palabras, niña!

—¡Lo siento!

Corrí hacia mi mochila y comprobé que llevara mis pertenencias. Después me despedí apresuradamente de mis padres y salí de casa.

Las calles del segundo ensanche no eran la gran cosa, pero resultaban cómodas y seguras en comparación con las zonas más alejadas del Reino. Sus habitantes llevaban una vida sencilla y, pese a no poseer demasiadas riquezas, la mayoría agradecía la protección de la casa real.

Gracias a la fuerza militar de Grom, podían trabajar sin preocuparse constantemente por los ataques de otros reinos o por los monstruos que rondaban los territorios exteriores.

Algunos habitantes cargaban alimentos para los grandes mercados. Otros reparaban fachadas, colocaban techos nuevos o trasladaban materiales de construcción. También había vendedores que comenzaban a instalar sus puestos desde las primeras horas del día.

Con suficientes monedas, cualquiera podía comprar lo que deseara, siempre que trabajara lo suficiente. Claro que no todos los oficios eran igual de bien pagados y solo unos cuantos tenían la fortuna de conseguir una buena posición.

Las calles por las que caminaba eran bastante anchas. A ambos lados había viviendas sencillas de piedra, casi todas de un solo piso y con techos de lámina. Las puertas variaban de color según la madera utilizada para fabricarlas.

El suelo estaba formado por rocas de distintas tonalidades, colocadas y compactadas para permitir que personas y carruajes avanzaran sin demasiadas dificultades.

Mi destino era la fuente del segundo ensanche, uno de los lugares con mayor actividad de la zona. Desde muy temprano se instalaban puestos de verduras, carne, comida preparada y toda clase de baratijas.

Bouxird ya me esperaba allí.

Tenía la piel tan pálida que parecía hecha de porcelana. De sus hombros sobresalían picos afilados y, en lugar de cabello, poseía otros más pequeños que se curvaban hasta tocarle la cabeza. No era muy alto y su cuerpo era bastante delgado. Sus ojos negros destacaban por su tamaño, mientras que su nariz era pequeña y puntiaguda.

A primera vista, parecía estar enojado todo el tiempo.

—Llegas tarde otra vez —dijo con su habitual expresión seria.

—¡Lo siento! Se me hizo tarde… otra vez.

Solté una pequeña risa, esperando que aquello bastara como disculpa.

Bouxird se limitó a observarme durante unos segundos.

—Vamos. Nos esperan.

—¡Sí!

Ambos continuamos nuestro camino y dejamos atrás la fuente, que ya comenzaba a llenarse de vendedores y compradores. Durante el trayecto, varias personas nos saludaron. Algunas nos conocían; otras lo hacían simplemente porque portábamos el uniforme de los guerreros del Reino.

Bouxird parecía malhumorado casi todo el tiempo, pero en realidad solo era demasiado serio. Yo estaba acostumbrada. Después de tantos años de entrenamiento juntos, había aprendido a distinguir cuándo estaba molesto y cuándo simplemente tenía su rostro habitual.

Le debía la vida.

De no haber sido por su ayuda durante las pruebas, probablemente no habría conseguido llegar tan lejos. Aunque, para ser justos, yo también lo había ayudado en más de una ocasión. Nuestra amistad se había construido de esa manera, salvándonos mutuamente de nuestros propios errores.

Su madre era bastante parecida a él. Seria, reservada e incluso un poco aterradora cuando alguien la conocía por primera vez. Tal vez se debía a las dificultades que había enfrentado por pertenecer a una raza desconocida dentro del Reino.

Bouxird y ella eran los únicos de su especie que vivían en Grom.

Por esa razón, su madre tenía problemas para conseguir trabajo y él decidió someterse al entrenamiento de la casa real. Si lograba convertirse en compañero de uno de los príncipes, ambos tendrían una vida más estable.

Y lo consiguió.

Bouxird era extremadamente habilidoso con la espada y poseía una magia que nadie más en el Reino podía utilizar. Admito que aquello me provocaba un poco de envidia.

En Grom convivían distintas razas. Algunas nacían con cuerpos especialmente fuertes; otras, con habilidades únicas. Debido al clima y a las condiciones del territorio, solo tres se habían vuelto especialmente numerosas.

Entre ellas se encontraban las brujas de Lyriana, raza a la que yo pertenecía.

Las antiguas brujas eran conocidas por su capacidad para predecir acontecimientos futuros. Según las historias, tiempo atrás algunas de ellas rechazaron las costumbres de su pueblo y decidieron marcharse. Con el paso de las generaciones, sus descendientes se dispersaron y aquella habilidad comenzó a desaparecer.

Dudaba mucho que alguien conservara todavía el poder de observar el futuro.

Yo, desde luego, no podía hacerlo.

Lo que sí poseíamos muchas de nosotras era una gran facilidad para utilizar magia elemental. Aunque tampoco podía presumir de dominar un elemento en particular.

—Oye.

La voz de Bouxird volvió a sacarme de mis pensamientos.

—¿No se te olvidó nada, verdad?

—¿Eh? No, traigo todo.

Sonreí, aunque revisé mi mochila por segunda vez para asegurarme.

Por fin llegamos al primer ensanche. Los tres ensanches existentes se encontraban divididos por enormes murallas, con apenas unas cuantas entradas y salidas destinadas a mantener el control. Los accesos más vigilados eran los que conducían al primer ensanche, donde vivían las familias más poderosas y se encontraba el palacio.

La revisión no se aplicaba de la misma manera para nosotros. Al ser guerreros al servicio de la casa real, casi siempre nos permitían pasar directamente.

Al cruzar la muralla, parecía que hubiéramos entrado en un mundo completamente distinto.

Ya no había casas sencillas, sino enormes mansiones que no escatimaban en fachadas ni decoraciones. Todas estaban delimitadas por vallas, lo que volvía las calles un poco más estrechas. El suelo tampoco estaba cubierto por rocas comunes, sino por grandes losas perfectamente colocadas.

A pesar de la riqueza del lugar, casi no había personas recorriendo las calles. La mayoría se encontraba en el palacio.

Nos apresuramos hasta llegar frente a las escaleras que conducían a la entrada principal. Ahí estaba mi peor enemigo, esas enormes escaleras-

—Date prisa, no tenemos todo el día —dijo Bouxird mientras comenzaba a subir.

—Ya lo sé —respondí, deteniéndome frente al primer escalón—. Solo estaba admirando la enorme belleza del palacio.

Bouxird no volteó.

—Estás recuperando el aliento antes de empezar.

—¡Claro que no!

Comencé a subir detrás de él.

Las escaleras eran absurdamente largas. Comenzaban casi desde la calle y ascendían directamente hasta las puertas principales. Mi cuerpo era resistente, pero aquello no significaba que disfrutara torturando mis piernas sin una buena razón.

Cuando finalmente llegamos, tuve que fingir que no estaba agotada.

Dos gigantescas puertas de madera se alzaban frente a nosotros. Su superficie estaba cubierta de diseños que representaban un mar embravecido y un barco avanzando entre las olas.

La sala del trono era enorme, aunque apenas ocupaba una parte del palacio.

Cuando entramos al vestíbulo, encontramos allí a los guerreros personales de los cuatro príncipes. En total éramos ocho, todos elegidos después de superar el entrenamiento.

No recordaba los nombres de todos, pero sí sus rostros. La mayoría permanecía en completo silencio, con expresiones tan serias como la de Bouxird. Excepto uno.

Reiny se encontraba apartado de los demás, incluso de su propio compañero. Era similar a un roedor, aunque tenía nuestra altura, caminaba en dos patas y poseía un cuerpo algo rechoncho. Vestía el mismo uniforme característico de los guerreros reales.

Pertenecía a la raza rata.

Su pueblo provenía de una aldea que, según las historias, había sido maldecida por la Carne. Aquella plaga afectaba principalmente a los suyos, transformándolos en criaturas aterradoras.

La Carne era algo extraño y perturbador. Crecía, se extendía y consumía cuanto encontraba a su paso. La Aldea Rata había sido una de las regiones más afectadas.

El Reino Grom había conseguido rescatar a algunos de sus habitantes. Aunque, como ocurría con casi todo en nuestro Reino, solo los más fuertes obtuvieron oportunidades importantes. 

Reiny era uno de ellos. A pesar de encontrarse en una situación similar a la de Bouxird, su vida era muy diferente. La raza rata era despreciada por muchas personas debido a su supuesta relación con la maldición.

—¡Hola! —le hice una seña con la mano.

Reiny respondió con un gesto tímido, sin pronunciar palabra. Me acerqué junto a Bouxird.

—Qué bueno volver a verte, Reiny —le dije.

Él comenzó a jugar con sus manos mientras dirigía constantes miradas hacia las puertas de la sala del trono.

—Me… me parece que estamos en un aprieto —dijo Reiny tímidamente.

—¿Por qué lo dices? —preguntó Bouxird.

—Mi príncipe estaba algo molesto porque me asignaran temporalmente con ustedes dos.

—¿De verdad? ¿Por qué? —observé discretamente al resto de los guerreros—. Aunque me alegra que, entre todos, seas tú.

Reiny desvió la mirada.

—Será una misión en la cordillera de los Dragones Azules, pero no supe los detalles.

Sentí que algo se removía dentro de mi estómago.

—Nunca he luchado contra un dragón —intenté decirlo con tranquilidad, pero mi voz me traicionó.

Bouxird me dirigió una mirada de reojo. Si mis ojos también revelaban lo que sentía, probablemente ya sabía que estaba aterrada.

—No te preocupes —dijo Reiny—. Estaremos en la retaguardia. Como somos magos, seguramente nos utilizarán como apoyo.

—¿Solo seremos nosotros tres? —preguntó Bouxird.

Reiny tardó unos segundos en responder.

—No… Bueno, no lo sé. Pero estoy seguro de que pronto lo descubriremos.

En ese momento, una voz fuerte y clara interrumpió el murmullo del vestíbulo.

—Escuchen todos. Se les concede el honor de entrar en la sala del trono y presentarse ante su majestad, el rey.

Quien hablaba era uno de los nobles más importantes del Reino. Todos obedecimos y avanzamos hacia las enormes puertas.

Cada vez que entraba en aquel salón, terminaba impresionada.

Grandes pilares se alzaban a ambos lados, decorados con largas cortinas rojas. Una alfombra del mismo color recorría el centro de la sala y conducía directamente hasta los tronos. El suelo estaba cubierto por losas blancas tan pulidas que reflejaban parte de la iluminación de las lámparas del techo.

Al fondo se encontraba la familia real.

El rey Lixguard Aldervane ocupaba el trono central. A su izquierda se sentaban Eldric, el mayor de sus hijos, y Aldric. A la derecha estaban Lorian y, por supuesto, Elidron, el famosísimo Príncipe Sanguinario.

El heredero del gran poder del Reino Grom.

Y la persona a la que Bouxird y yo habíamos jurado proteger.

Banana Mongola

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