Estoy rota y desarmada.
Todos caminan a mi alrededor. Algunos se animan a saltarme, pero no se detienen. Susurran, mastican chicles con sus bocas abiertas y se burlan en voz alta de todo lo que ven. Lanzan los flashes de sus celulares sobre mis pedazos, obtienen lo que quieren y vuelven a ser parte de la multitud. Escucho como una mujer se queja del hedor y se esfuma entre las sombras.
Las moscas se apoyan en mi boca, se relamen, succionan un líquido amarronado, frotan sus patas y vuelan en círculos.
Veo como una mano, arrasada por el sol, las ahuyenta. Logra dispersarlas y el viento se las lleva lejos.
Su cuerpo se acerca. El sol del mediodía golpea contra el vidrio de sus lentes y lo obliga a entrecerrar sus ojos achinados. Se seca el sudor con un pequeño pañuelo que saca de su pantalón. Cuando deja de usarlo, le hace varios dobleces y lo guarda con cuidado. No logró quitar una gota diminuta, que recorre parte de su frente y se deshace contra su bigote.
Extiende su mano tratando de sostener la mía, pero mis dedos se resbalan entre los suyos. Sin perder la calma, intenta nuevamente y sonríe al no lograrlo. En sus facciones casi infantiles se le marcan los hoyos de sus mejillas. Luego de notar eso, no me atreví a mirarlo de nuevo con tanto detalle.
Se levanta para observarme desde lo alto. Hace unos pasos hacia atrás. Se rasca la cabeza. Mira atentamente mis partes dispersas en la arena. Toma una de las más grandes y la coloca con mucha precisión en un agujero de mi pierna derecha. Otra la engancha en mi codo. Sus manos son algo torpes, pero es meticuloso al poner cada pieza en su lugar.
Deja mi rostro para lo último. Sopla con suavidad uno de mis ojos llenos de partículas arenosas y lo presiona delicadamente dentro de la cuenca con sus yemas.
Sólo faltan algunas partes de mis órganos internos, pero estoy armada otra vez.
Se incorpora, limpia sus manos sobre su camisa y se da media vuelta. Escucho un quejido mientras crujen sus huesos. Cae de rodillas. Le cuesta respirar. Pero se arrastra hasta mi cuerpo.
Sus manos cargan algo viscoso ,que como pueden, deslizan sobre mi pecho.
De repente, siento como mi corazón comienza a funcionar. Las venas se conectan y la sangre fluye.
Inhalo profundamente, parpadeo y tiemblo al mismo tiempo. Quiero hablar o gritar, pero no puedo hacer que los sonidos salgan de mi garganta. Él sonríe de costado, esta vez no se le ven los dientes.
Con dificultad me siento sobre mis piernas.
Me miro, soy yo otra vez.
Las heridas desaparecen de la piel. Mis ojos se llenan de lágrimas otra vez y mi boca de saliva, la que me cuesta tragar. Él solo observa de rodillas, con su pecho sangrando. Estira sus brazos hacia mí, me sostengo de uno de ellos para acercarme. Me cuesta doblar los codos, así que me arrastro, hundiéndome en la arena.
Estamos frente a frente, a centímetros, mirándonos fijamente.
Aparece otra vez la sonrisa con hoyuelos y siento como sus brazos me recorren la espalda hasta apretarme contra su pecho. Ya no temblamos, ya no nos cuesta respirar. Ya nos completamos.

Paula Dreyer
Soy Guionista, Comunicadora Audiovisual y mamá de tres. Amo relatar mis vivencias y crear mundos con mi escritura. Tengo raíces de pueblo que las fusiono con la gran ciudad.
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