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Migraña

Aug 9, 2026

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Migraña
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Eran las tres de la mañana y el dolor no me dejaba dormir.

No era solo una migraña.

Era una de esas noches en las que el cuerpo parece recordar todas las batallas que uno ha intentado ignorar.

El dolor nacía detrás de los ojos, bajaba lentamente por el cuello, se instalaba en la espalda y terminaba revolviéndose en el estómago como un animal inquieto.

Cambié de posición una vez, luego otra, luego otra más.

Miré el techo.

Cerré los ojos.

Pero el sueño era un tren que había pasado de largo sin detenerse en mi estación.

La habitación estaba oscura, aunque no completamente. 

Siempre queda una rendija por donde entra la luz de la calle, débil, casi imperceptible pero lo suficientemente visible para distraerme. 

Escuché el zumbido lejano de un transformador, el ladrido de un perro que tampoco encontraba descanso, el ruido de un carro pasando demasiado rápido. 

La ciudad seguía haciendo ruido, igual que mi cabeza.

Me llevé una mano a la frente. Dolía al tacto.

A veces pienso que el cuerpo habla cuando el alma se queda sin palabras. 

La migraña no era solo un dolor: era una acumulación. De noticias. De preocupaciones. De cuentas pendientes. De palabras pendientes por ser dichas. De sueños sin cabida.

Tomé el celular buscando distraerme y encontré exactamente lo contrario.

Las noticias caían una tras otra como piedras dentro de un pozo. 

Un político insultando.

Otro prometiendo salvar el país mientras lo partía en dos con la lengua. 

Una guerra en un continente distante que, aun así, lograba entrar hasta mi habitación. 

Una discusión convertida en circo.

El miedo convertido en negocio.

Apagué la pantalla, pero las noticias no salían de mi sistema. 

Se quedaron anudadas detrás de los párpados.

Entonces pensé en algo terrible: quizá el problema del mundo no sea la falta de información, sino el exceso de ruido. 

Vivimos rodeados de voces que exigen atención y cada una asegura poseer la verdad absoluta. 

Nos enseñaron a desconfiar del vecino, a sospechar del que piensa distinto, a llamar enemigo al desconocido. 

Nos repiten que debemos elegir un bando incluso para respirar.

Y mientras compiten por encaminar a las personas hacia sus ideales, la gente común intenta simplemente llegar viva al final del día.

Aquellos que hablan de odio en un atril siguen subiendo el precio del pan, continúan alejando a las personas y son felices generando más conflictos innecesarios.

Alguna vez alguien se detuvo a pensar en el habitante de calle en medio de la lluvia.

En las secuelas del enfrentamiento entre naciones.

El dolor humano no lleva bandera.

Y en medio de este delirio, el malestar comenzaba a hacerme perder la cordura.

Pensé en la gente que madruga para trabajar aunque tenga fiebre.

Pensé en quienes hacen cuentas frente a la nevera vacía.

Pensé en quienes esperan un mensaje que nunca llega.

Pensé en quienes duermen abrazando una almohada porque hace años nadie los abraza.

Pensé en quienes siguen vivos por costumbre, no por esperanza.

Desgraciado aquel que vendió la idea de que la guerra era el camino hacia la paz. Ideales nobles, métodos destructivos. Pensar en ello me atravesó más que el dolor de cabeza.

Fue entonces cuando apareció la idea más absurda de la noche.

Tal vez debí ser astronauta.

No por amor a la ciencia, sino por cansancio de la Tierra.

Me imaginé flotando dentro de una nave diminuta, viendo el planeta desde una ventana redonda. 

Desde allá arriba las fronteras desaparecerían, los partidos políticos serían invisibles, las discusiones de internet no harían ruido y los discursos agresivos sonarían tan pequeños como una gota golpeando el casco de un traje espacial.

Qué descanso sería mirar la Tierra desde lejos y descubrir que las fronteras son apenas cicatrices imaginarias dibujadas sobre una esfera azul.

Pero incluso en esa fantasía descubrí algo incómodo: me llevaría conmigo la misma cabeza que ahora me dolía. 

No existe cohete capaz de expulsar todos los pensamientos.

No hay avión que te lleve lejos de tu dolor físico.

¿Cómo se encuentra sentido al sufrimiento?

A tener que ir al médico y recibir un nuevo diagnóstico.

A pagar deudas que no traen alivio, solo la tranquilidad de

haber cumplido con una obligación.

A descubrir que el amor es solo una fantasía y no una certeza.

No me quejo. No seré un mártir. Millones de personas sufren situaciones peores.

Pero porque quejarse parece ser ilegal.

Porque querer un poco de igualdad en la sociedad es anarquía.

Somos revolucionarios aquellos que queremos amar y evitar la violencia.

A las cinco y media el cielo comenzó a aclararse. 

La oscuridad de la habitación dejó de ser totalmente negra y se volvió gris. 

Escuché el primer bus pasar a lo lejos. 

Un perro ladró. 

Alguien abrió la puerta en la casa de enfrente. 

El mundo, pese a todo, seguía moviéndose.

Me quedé unos segundos sentado en el borde de la cama, escuchando cómo la mañana ocupaba lentamente el lugar de la noche. 

El dolor no había desaparecido, pero al menos ya no era dueño absoluto de mi mente.

Todo seguía en el mismo lugar: mi cuerpo golpeado, las guerras no habían terminado. 

Los políticos continuarían promulgando falsedad. 

Nada del mundo había sido reparado durante la noche.

Y, sin embargo, el sol insistía en salir incluso en medio de la contaminación.

Miré el reloj.

Las seis de la mañana.

Era momento de levantarse.

Entonces entendí algo sencillo, algo pequeño: el mundo podrá seguir fabricando odio, pero yo todavía puedo fabricar belleza.

Por eso voy a abrazar a mi hermana como si el tiempo no fuera infinito. 

Voy a sentarme en un parque y dejar que el viento me recuerde que sigo vivo. 

Voy a escuchar una canción completa sin mirar el celular. 

Voy a comer algo fuera de mi rutina sin pensar en el malestar, casi como si fuera un

milagro cotidiano.

Voy a escribir aunque nadie me lea. 

Voy a seguir buscando amor aunque el mundo parezca empeñado en volvernos indiferentes.

Salí de la habitación con la cabeza pesada, el estómago revuelto y la mente un poco menos aturdida.

La vida seguía siendo difícil.
Pero aún seguía aquí.
Vivo, a pesar de todo lo que nos rodea.

Y tal vez esa persistencia silenciosa de levantarse, amar, cuidar, crear belleza en medio del caos, sea la forma más humilde y más humana de no rendirse, de resistir al odio.

Nicolas Olarte

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