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Mientras lloro

Aug 29, 2026

21
Mientras lloro
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"Completamente perdida"

Me sentía inexplicablemente sabia,
casi cínica,
como si hubiese descifrado demasiado pronto
los mecanismos ocultos de la existencia;
y, sin embargo,
habitaba en mí una contradicción insoportable:
estaba completamente perdida.

A una edad en la que la vida
apenas comenzaba a revelarme sus formas,
yo ya había convertido las ambiciones
en una especie de brújula.
Quería una vida plena,
un porvenir que justificara mi existencia,
amistades que sobrevivieran al tiempo,
experiencias que pudieran demostrarme
que realmente había vivido.

Quería conocer el mundo
antes de comprender siquiera
lo vasto que era.

Entonces llegó la pandemia,
y con ella una quietud que no era paz.

El mundo se detuvo,
pero dentro de mí algo comenzó a precipitarse.

Me aislé.
Estudiaba mientras trabajaba,
aprendía a sostener responsabilidades
cuando todavía no sabía sostenerme a mí misma.
Crecí prematuramente,
sin advertir que la adultez
no era aquella fortaleza que imaginaba,
sino también el aprendizaje doloroso
de sobrevivir a aquello que no comprendemos.

Y entonces enfermé.

No comprendía la dimensión de mi propia caída.
No advertía que estaba dejando de alimentarme,
que mi cuerpo se consumía lentamente
mientras mi conciencia permanecía suspendida
en una especie de penumbra.

No conocía el mundo.
No conocía verdaderamente a las personas.
Y, quizá lo más inquietante,
tampoco me conocía a mí.

Todo era territorio desconocido.

Mi ingenuidad,
disfrazada de confianza,
me hacía creer que la bondad era una condición inherente al ser humano.
Pensaba que casi todos llevaban dentro
alguna forma de nobleza,
algún límite invisible que les impedía herir deliberadamente.

Pero aquella certeza era también un espejismo.

Vivía dentro de un sesgo que me impedía observar
lo que se ocultaba detrás de las apariencias.
Miraba el mundo desde la superficie,
sin sospechar todavía
que las personas podían albergar contradicciones,
crueldades y abismos
mucho más profundos que los míos.

Entonces alguien pronunció una palabra
que terminó adquiriendo un peso desmesurado dentro de mí:

«Respeta.»

Y la hice permanecer.

La convertí casi en un principio,
en una pequeña ley moral
que llevé conmigo mientras crecía.

Creí, ingenuamente,
que aquello que yo ofrecía
sería aquello que recibiría.

Pero los años demostraron lo contrario.

Comenzaron a faltarme al respeto.

Primero fue una herida aislada.
Después, una repetición.
Luego, una costumbre ajena
que empezó a sentirse como una condena propia.

Y yo no sabía defenderme.

No sabía distinguir entre la paciencia
y la resignación.
No sabía cuándo debía hablar
ni cuándo debía marcharme.
No sabía que permanecer en silencio
también podía convertirse en una forma
de abandonarme a mí misma.

Así fui descendiendo.

No hacia una oscuridad repentina,
sino hacia una penumbra lenta,
casi imperceptible,
que terminó cubriendo cada horizonte.

Y mientras más intentaba comprender
por qué el mundo podía ser tan cruel,
menos podía comprenderme a mí.

Había llegado a un lugar
donde mirar hacia adelante
parecía una empresa imposible.

La oscuridad no estaba únicamente alrededor de mí;
había comenzado a instalarse dentro.

Y quizá esa fue la verdadera tragedia:

no haberme perdido,

sino haber tenido que aprender a buscarme
cuando todavía era demasiado joven
para comprender siquiera
qué parte de mí había desaparecido.

Ana sofia Ramirez Suarez

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