Sábanas movedizas.
Despertarse es escapar de algo. Salir de nuevo a la vida que a la noche dejamos a un lado. Renacer, en mañanas más despacio, en otras con la brusquedad del aparato que se conecta, automático, al lado. Se pare uno con la violencia de un timbre programado.
A veces la cama es como un terreno fangoso que atrapa de tal modo al cuerpo que no hay manera de arrancarse de sus entrañas.
Las ramas de la vida se han apartado esa mañana y no hay donde agarrarse para tirar y desprenderse del envoltorio que acoje el cuerpo sin ganas.
Nadie acude a echar una cuerda o dar la mano. Ya no digo un fuerte abrazo.
Lo fangoso, en realidad, está en el pensamiento que es lo que atora al alma.
Despegarse del dolor o de la desesperanza es más difícil que escapar de un entramado de barro y ramas.
Y va entrando el día nuevo pero de nuevo no hay nada, y así, deshaciendo la cama uno se deshace entero porque no atiende a hacer nada.
Es una trampa.
El mejor lugar del mundo, rincón delicioso y privado, se antoja, remordimientos, regido por el diablo, pues estamos obligados a ser y hacer y ahí, entre suaves y calor, uno se siente en pecado.
La culpa mata tanto como mata el tabaco.
Eva no hizo nada malo.
...
El amor como medida de todas las cosas.
"-273'15° C".
"La velocidad de la luz no es nada comparada con la velocidad de la oscuridad".
Tal afirmación había sido espetada la noche en que todo empezó a ser nada.
"La Nada no es posible salvo en la perfección, y lo perfecto solo podría existir si existiera el concepto".
"O sea, que toda Nada es imperfecta"
"Y de ahí, el resto de lo que es".
El humo fue niebla.
"En un ambiente con una temperatura de cero absoluto, nada se mueve, ni la más mínima vibración ni en lo más profundo de la materia y/o la energía".
"Claro; llegados a ese punto no hay ninguna variación".
"¿No hay un -1 absoluto?".
Siguió la charla antes de la catástrofe. Nada le hizo presagiar aquel apocalipsis.
"¿Llegar al límite es imposible en lo posible del universo?"
"Kugelblitz".
"¿Qué?"
Todas, todos, consultaron sus teléfonos.
"Solo son teorías".
"Todo son eso hasta que dejan de serlo".
Pero, sí, lo empírico:
Ella le dijo:
"Ya no te quiero en absoluto".
Cada año sucede a uno que fue antes y precede al que le sigue, y eso lleva siendo así incluso desde antes de acotar y bautizar al tiempo. El sol y su corte de planetas llevan ahí desde mucho antes que el Corte Inglés y que el botijo. Mucho antes que la Biblia y el propio concepto de divinidad. Mucho antes que la risa y el llanto. Y el universo que los cobija, ya tenía más de ocho mil millones de años cuando la Tierra empezó a ser algo. No había años siquiera, para hacer esa cuenta.
Pero de aquello, somos.
Lo de feliz año nuevo es tanto y tan poco como feliz hora nueva, feliz siglo, feliz segundo que viene. Convenimos socialmente que esto es lo que toca y aceptamos la música y la letra de un invento que se ha ido puliendo y conformando, adaptándose a cada tiempo y a cada modo. Regalos, comilonas, luces, felicitaciones, borracheras promocionadas: “saca la bota María...”
Al sol, protagonista del evento, todo esto le es ajeno.
Tampoco importa. Celebramos. Es un modo de disfrutar, de olvidar, de congeniar, de ir pasando por una vida demasiado llena de días que se suceden sin algún atisbo de trascendencia, como si la mayoría del tiempo no fuera importante, como si fuera tan solo el camino hacia otro momento. De ahí que busquemos darle, de vez en cuando, alguna relevancia.
Cumpleaños, fiestas patronales, cenas de nochebuena, cotillones de fin de año... preludios, en general, de un conocido malestar.
Y esa es la cosa:
Que las resacas venideras os sean leves y os pillen en casa.
(Y que la Justicia sea Justa de una puta vez).
Vale.
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