En mi interior habita esta parte de mí
que quisiera saber
cómo se siente amar sin miedo.
Apoyar la cabeza en otro pecho
y no dudar de estar cometiendo un error.
Entrelazar los dedos
sin sentir que el cuerpo
se prepara para defenderse.
Quisiera conocer
esa calma de la que otros hablan.
Pero cada vez que la ternura se acerca,
algo antiguo despierta.
Una memoria sin palabras.
Un animal escondido entre las costillas
que confunde el roce con peligro,
la cercanía con pérdida,
el amor con la antesala del dolor.
Entonces retrocedo instintivamente.
No porque no desee compañía,
sino porque temo
que el cariño abra un hueco más hondo
que la soledad.
Temo acostumbrarme a una presencia,
al sonido de una voz,
a la costumbre de ser esperada,
y descubrir después
que todo eso también puede desaparecer.
Hay heridas que nos enseñan a desconfiar incluso de lo bueno.
Y a veces me pregunto
si lo que aprendimos a llamar amor
no fue, en realidad,
una forma tierna de violencia.
El sacrificio constante.
La ansiedad disfrazada de entrega.
El control confundido con cuidado.
La costumbre de lastimarse
y permanecer.
¿Cómo reconocer un roce verdadero
cuando el cuerpo solo recuerda
la tensión?
¿Cómo creer en la suavidad
si la historia personal
hizo del afecto un territorio inestable?
Por eso me aparto.
Construyo refugios silenciosos.
Aprendo a dormir sola.
Le tomo cariño a la distancia
porque al menos
la distancia no promete nada.
Y, sin embargo,
el deseo persiste.
La necesidad humana
de encontrar a alguien
ante quien no haga falta esconderse.
Alguien cuya presencia
no exija vigilancia, sino protección.
Alguien capaz de quedarse
sin invadir viejas heridas.
Mientras que aveces el miedo más profundo
no es que el otro nos destruya.
Sino descubrir
que tal vez el obstáculo
vive dentro de nosotros.
Que incluso frente a un amor sano
no sepamos bajar las defensas.
No sepamos creer.
No sepamos recibir.
Y entonces aprender a quedarse sola
parece más seguro
que arriesgarse a la ternura.
Aun asi, en mis noches más honestas
todavía conservo una esperanza.
La de que exista una forma de amor
que no se parezca a una guerra.
Un vínculo donde el contacto
no active el miedo,
donde el silencio sea descanso,
y donde, por primera vez,
el corazón pueda acercarse
sin sentir
que está poniendo en riesgo
su propia supervivencia.
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