0
Me salvó la piadosa ceguera del comienzo. Me rodeaba un abandono, real o imaginado, qué más da, mientras yo ofrecía al aire una mirada seca, sin llanto.
Tirado en la cuna, ignoraba que esa mudez no era paz, sino la antesala de una condena; el primer peldaño de un infierno doméstico que ya me esperaba con la boca abierta para ir tragándome despacio.
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1
Mis pies ensayaban los primeros pasos sobre un suelo hostil que jamás fue mío. Ahí arrancó la cacería: el despliegue de una posesión maternal enferma, un abrazo de pulpo que no buscaba abrigar sino aplastar. Una presencia voraz que fue devorando mi carne diminuta, hasta convencerme de que yo no era un ser humano, sino una propiedad más de la casa.
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2
En la foto vieja duerme la prueba: mi cara de trapo, la mirada extraviada y esa boca cerrada donde jamás germinó una sonrisa. No hay ternura en el papel, solo la certidumbre de haber nacido extranjero. Un estorbo sentado entre gente que me miraba con la indiferencia helada con la que se mira a un mueble viejo o a una sombra que molesta en el pasillo.
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3
Un empujón en el patio, una de las pocas veces que no pataleé para salir. La maestra, con esa autoridad imbécil de los adultos, me exigió que devolviera la agresión. La miré y me tragué el aire. A los tres años ya conocía ese asco mudo: la certeza de que el mundo era una comedia miserable de violencia y que yo me negaba a actuar en su escenario grotesco.
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4
Llamaron a mi cuidadora preguntando qué mano me había enseñado a descifrar los libros. Nadie lo hizo. Aprendí solo, en el rincón más oscuro, descubriendo con espanto y devoción que juntar letras no era un juego, sino el único tajo en la pared por donde drenar el veneno; la única grieta para fugarme un rato de esa casa que olía a encierro y a vida muerta.
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5
El fin de semana cruzaba el umbral hacia la casa de mi tía, huyendo del matadero. Me sentaba en silencio ante el café con leche y las tostadas. Un ritual de pan y humo, absurdamente simple, pero que tenía el sabor de una tregua sagrada. El único remanso de piedad que probé en la infancia y que jamás, en las décadas de marea negra que siguieron, volví a sentir.
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6
Descubrí el lomo tibio de los cachorros y me aferré a ellos como un náufrago. En el temblor de su aliento comprendí una verdad amarga: la pureza solo existía lejos de los hombres. El resto de la especie —esa fauna de miradas ruines que habitaba la casa— no era más que un desecho incapaz de amar sin lastimar. Aprendí a buscar refugio en las bestias para no ahogarme en las personas.
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7
El último festejo. Me rodeaban caras ajenas, niños cuyo nombre no me importaba, aplaudiendo en una escenografía de ruido y sonrisas fingidas. Sentí la náusea del espectáculo. El estruendo de los festejos me perforaba los oídos y, mientras soplaba la vela, solo le pedí a la oscuridad un deseo seco: no cumplir nada nunca más, disolverme antes de volver a ser el centro de ese circo grotesco.
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8
Aguardaba el sábado como quien espera el oasis en el desierto. Subir al Fiat 147 rumbo a Zabala y Libertador, tragar la mezcla densa de spray y tinturas, comer esas empanadas de verdura. Solo quería que el tiempo se congelara en su pelo rojo, entre el brillo de sus anillos y collares, abrazado a la única criatura que lograba volver este mundo un lugar donde valía la pena respirar.
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9
El único verano real. Descubrí la gracia de tener hermanos, de correr bajo la lluvia sintiendo el agua lavándome las miserias. Nunca estuve tan vivo. Pero la monstruosidad no toleraba la luz ajena: los echó para siempre con su veneno habitual. El portón se cerró y me quedé más muerto que nunca, masticando el polvo de una felicidad que me fue arrebatada solo por el placer de saberme solo.
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10
La madrugada en el Hospital de Clínicas olió a yodo y a sangre seca. Tenía las fosas nasales tupidas de gasas y las fuerzas pulverizadas. Miraba la oscuridad infinita de los pasillos vacíos, sintiendo el abandono latiéndome en las sienes. En esa mudez mineral de hospital, me atravesó un deseo feroz y descarado: ojalá el corazón se me detuviera ahí mismo, ojalá no tener que volver a la casa nunca más.
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11
La monstruosidad perdió el juicio y el oído; su otro hijo cometió un delito que la casa prefirió sepultar. Quedé atrapado en un péndulo demente: o la mudez que lo corroía todo o el grito pelado para intentar existir. Mientras las paredes de la casa se venían abajo en ruinas descascaradas, la cordura de ella se deshilachaba como un trapo viejo, arrastrándome en su demencia cotidiana.
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12
A mi alrededor la gente empezaba a hablar de amores, de deseo, de buscarse a tientas. Yo los miraba como se mira a los dementes. No hallaba sentido a desear a otro; la sola idea me daba asco o hastío. Sentí la grieta abriéndose en mi pecho: algo en mí venía defectuoso, roto, fuera de tiempo. Empecé a cuestionarme cada pieza de mi carne, seguro de ser un engendro fallido entre los demás.
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