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Mi relación autista con el espacio y la música: como el patito feo se convirtió en un cisne blanco

Abr 24, 2024

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Mi relación autista con el espacio y la música: como el patito feo se convirtió en un cisne blanco
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“Nunca se consiguen liquidar los problemas, siempre queda una huella, pero podemos darles otra vida, una vida más soportable y a veces incluso hermosa y con sentido.’’

Fragmento de Los patitos feos, de Boris Cyrulnik (2001)

El 18 de febrero es el día mundial del (mal llamado) síndrome de Asperger, y como joven diagnosticada con esta condición (que en realidad es una forma errónea de llamar al TEA), no quería dejar pasar la ocasión para hablar al respecto, aunque ya estemos a 24 de febrero. (Y esté publicando este texto un 9 de marzo, jaja)

Créanme, en lo que ha sido mi experiencia a lo largo de mis cortos diecisiete (casi dieciocho) años de vida habitando una sociedad neurotípica, tengo muchas vivencias para compartir. Pero de todas las que hay, elijo sacar ésta del catálogo y profundizar: ¿Cómo me llevaba yo, una niña autista recién diagnosticada, con el cuerpo que le había tocado encarnar? ¿Cuál era el papel que tenía la música en mi incipiente formación?

Para empezar (y sin ánimos de que se convierta en un texto tedioso y con tintes académicos), les cuento a mis lectores que aproximadamente el 80% de los individuos autistas demostramos un tipo de dispraxia denominado dispraxia motora, un trastorno del neurodesarrollo que causa dificultades para coordinar movimientos físicos. Éste puede manifestarse en problemas a la hora de escribir, saltar, vestirse, ejecutar acciones cotidianas como atarse los zapatos, etcétera. (Encontrarán, al final del texto, las fuentes correspondientes y algunos links para ampliar información)

Este rasgo era evidente en mí cuando era apenas una nena. Hacer algo tan simple como subirme a una silla me aterraba, pues sentía que mis piernas eran gelatina y que me derrumbaría en segundos. Tareas sencillas como atar mis cordones o vestirme, las aprendí mucho más tarde (la última habilidad la adquirí tras haber sido maltratada por una profesora de mi colonia de vacaciones) en comparación a los niños de mi edad. Además, cuando me miraba bailando en actos escolares o actuando, notaba que mis movimientos carecían de fluidez y se veían algo extraños. Esto, sumado al bullying y a la exclusión, me cultivó inseguridades muy fuertes en relación a todo lo que implicara moverme ante un público, y acrecentó el ya descomunal odio que sentía hacia mi condición. Deseaba, con todas mis vísceras y desde lo más hondo de mi ser, haber nacido “bien” y moverme como alguien “normal” y desentenderme de aquel saco de huesos y órganos que yo consideraba “tosco” y “torpe”.

Irónicamente, la música, generalmente creada para que conectemos con el cuerpo, era un escape para mí (en especial durante la primaria, período en el que la vergüenza de ser yo me consumía). Cuando escuchaba mis canciones favoritas, escondida en la soledad de mi cuarto, sentía que la tristeza que me asolaba parecía disiparse y que aquel cuerpo fastidioso que me contenía no existía y no había existido jamás. Mi yo de ocho años podía pasar horas cantando, bailando sin ojos ni dedos presentes para señalarla o corregir sus movimientos, felizmente soñando con ser otra. Otra nena. Una común y corriente, aceptada por los demás, sin pena ni terror.

Pero, como dije antes, esos instantes de libertad eran sólo una curita sobre una herida de bala. En el fondo, yo seguía sintiendo vergüenza de quién era, de cómo me movía, de cómo hablaba. Por más que mis padres me apoyaran (y con dulzura me alentaran a cantar frente a la familia o anotarme en alguna actividad relacionada a la expresión corporal), las experiencias en la escuela y la colonia me habían dejado heridas difíciles de cicatrizar. A corta edad, mi silencioso corazón ya quería dejar de latir y desaparecer de la faz de la tierra. Era una niña solitaria que no se hallaba y sentía que no se iba a hallar nunca.

Sin embargo, no tengo reparo en decirles que, por más cliché que pueda sonar, la vida me demostró que estaba equivocada mediante varias situaciones. Hoy vengo a compartir una de ellas, y a hablarles de sus protagonistas.

Desde mi temprano diagnóstico (cinco años de edad) que asisto a terapias. Si bien hoy solamente voy a una psicóloga, durante mi niñez conté con un número considerable de profesionales dispuestos a ayudarme en diferentes áreas: tuve psicólogos especializados en autismo, maestras integradoras, psicopedagoga para apoyo escolar, asistí a terapia ocupacional, a talleres de habilidades sociales, a musicoterapia. En mi interior, llevo dentro a cada una de estas personas y las recuerdo con absoluta gratitud por guiarme a lo largo de mi crecimiento y en especial, en un momento tan frágil como la infancia.

Ahora, quiero hacer énfasis en una de las tantas terapias que tuve y hacer visibles a las personas que están detrás de ella: la danzaterapia. Su definición es: “el uso psicoterapéutico del movimiento dentro de un proceso que persigue la integración psicofísica del cuerpo y la mente del individuo. Se caracteriza por el uso que se hace de la danza y el movimiento para ayudar a solventar los conflictos emocionales o psicológicos de las personas’’ aunque en mis palabras la caracterizo como: “un tipo de baile sin instrucciones ni rumbo a seguir’’

Si bien esta práctica tiene sus orígenes en Alemania durante los años 20, tengo el honor de contarles que una de sus pioneras más relevantes es argentina: les presento a María Fux, bailarina, coreógrafa y desarrolladora de su propio sistema de danzaterapia. Nació el 2 de enero de 1922 y dejó este plano el pasado 31 de julio de 2023, a la edad de 101 años.

(Esa es ella, María Fux. Espléndida, ¿no?)

Aunque su extensa trayectoria es merecedora de un texto aparte, María Fux se destacó por la invención de un método original de danzaterapia, creado pensando en las necesidades de la hija sordomuda de una de sus amigas. A lo largo de su vida, realizó diversos seminarios y cursos de formación tanto en el país como en Europa, y fue invitada a grandes congresos a cargo de organismos dedicados al arte y la salud mental. Recibió un reconocimiento de la ONU y un diploma de la Unesco, fue declarada Ciudadana Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires, y obtuvo la Medalla del Bicentenario, entre otros premios.

En sus talleres, se acogen a personas con síndrome de Down, autistas, sordomudos, personas no videntes, ancianos y espásticos. Mientras que en sus escuelas de formación se capacitan docentes, fisioterapeutas, gerontólogos, psicólogos, gimnastas y médicos.

Sí la memoria no me traiciona, mi primer acercamiento a la danzaterapia fue a la edad de ocho años. Mi profesora era Majo Vexenat, una fiel discípula de María, quien me enseñó con dulzura a soltarme y a bailar sin coreografías. Asistí a sus clases hasta los once años, cuando la carga horaria de mi colegio dificultó que continuara haciéndolo. Luego volví en 2021, ya con quince, cuando recién se habilitaban las reuniones al aire libre.

En danzaterapia, logré transformarme en un cisne blanco, creativo y feliz, después de haberme sentido un patito feo durante gran parte de mi vida. Aprendí a reconstruir la relación con mi cuerpo, a moverme sin condenar ni juzgar mi aparente torpeza, a conectar no sólo con la música, sino con los sonidos del entorno y hallar el ritmo en voces, el canto de los pájaros, pisadas, silbidos, el pasar de los autos, etcétera. Además, encontré un espacio de contención junto a otras mujeres de diferentes edades y contextos. Al lado de ellas, ya no me siento tan extraña y tan distinta.

Puedo afirmar que, sin la valiosa tarea de mi profe Majo y la magia de su maestra, seguiría luchando contra mí misma y haciendo hasta lo imposible para “encajar”, renegando de quién me tocó ser.

Por esto, y para ir concluyendo, deseo que para los siguientes dieciocho de febrero, se puedan seguir cultivando lugares seguros para que personas autistas (y neurodivergentes en general) puedan ser ellas mismas sin sentirse subyugadas por lo que se considera “normal”. Deseo que el foco implementado en múltiples terapias para gente con TEA cambie, y que en lugar de que el mismo esté en “normalizar” al individuo, esté en sembrar un espíritu inclusivo y en derribar los prejuicios existentes en la consciencia colectiva acerca de lo que es el autismo, neurodivergencias y discapacidad.

Fuentes para ampliar la información:

1) https://neural.es/diagnostico-y-tratamiento-de-la-dispraxia/

2) https://autismodiario.com/2019/10/12/la-torpeza-y-el-autismo/

3)

4) https://www.instagram.com/majovexenat?igsh=MWZwbDVoeHVkendndA==

5) https://es.wikipedia.org/wiki/Mar%C3%ADa_Fux

lupe 🎀🧠⚔️💌🕯️

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