Yo supongo que esta es sólo otra etapa de mi vida.
Como absolutamente todo.
Era una competencia interna de ver quién estaba más sorprendido: si yo con mis pensamientos o mi psicólogo con mis confesiones.
"—Perdón, ¿qué dijiste?" Preguntó mientras se incorporaba de la silla.
Yo lo miré e instantáneamente me arrepentí de lo que acababa de decir. Tampoco terminaba de entender de dónde salían estos pensamientos intrusivos, impulsivos, tentadores, violentos y sobre todo cuestionables, preocupantes. Así que yo tampoco podía contribuir más a la investigación que mirarlo en silencio y repetir rápido nuevamente:
"—Que me quiero dar la cabeza contra el borde de la mesa".
Él me miró en silencio mientras empezaba a maquinar ideas y rebuscar conversaciones de sesiones anteriores. Porque si aprendí algo en el psicoanálisis, es que toda tu vida está conectada con pequeños hilos. Y yo también intenté buscar en mi pasado estos pensamientos, pero no pude, eran nuevos: un invento de mi yo del presente.
"—Contra la pared también. O bordes filosos, lo que tenga más cerca" proseguí. Él frenó la busqueda para volver a mirarme en silencio, con una mirada profunda que expone su media ausencia del momento.
Él me escuchó, pero seguía rebuscando una conexión que para mí, no existía.
El tema es así: últimamente vivo situaciones que no me interesan, no me importan, me aburren, me estresan, me incomodan. Normal, todos las tienen. Ahora, llegué a un punto de mi vida (muy joven si les soy honesta) donde no tengo ganas de lidiar con cosas que me chupan o rompen un huevo. Y, perdón la expresión, pero yo les dije que era jóven. Aún debería sentir esa devoción a la vida.
Quiero mandar todo al carajo.
Siempre que me encontraba en una de estas situaciones donde tenía cero ganas de estar, me imaginaba a mí misma golpeándome la cabeza contra algo: el borde de la mesa, la pared, la lata de cerveza, el vidrio de la ventana, el borde de la bañera, el paragolpes del auto (y así sería doble impacto cuando la bolsa me explote en la cara), lo que sea... Algo que me de la excusa de tener que irme porque tengo la cabeza partida al medio.
Y un poco el pensamiento me divertía, me daba gracia.
¿Cómo voy a golpearme la cabeza? Mirá si me pasa algo mucho más grave que sólo partirla y me den cinco puntos... ¿Y si pierdo la conciencia? ¿Y si me rompo el cráneo? ¿Y si...?
Y me empezó a dar miedo, porque en algún momento dejó de ser un pensamiento y pasó a ser una idea.
Me empecé a preocupar un poco por mi salud. Porque yo puedo llegar a ser impulsiva: a veces considero cocerme la boca porque esta habla más rápido de lo que mi mente procesa. Entonces no me sorprendería que mi cuerpo provoque el accidente antes de que mi mente piense en la imagen.
Y dejó de ser gracioso. Dejó de ser divertido.
"—¿Y qué haces cuando se viene ese pensamiento?"
"—Salgo a fumar."
¡Bien! ¡Generar malos hábitos para combatir otros!
Nos miramos en silencio, a ver quién estaba más sorprendido que el otro nuevamente.
Hasta el día de hoy sigo fumando. Uno, dos, tres, cuatro, cinco puchos en el día. Que es mucho menos que cuando trabajaba en una cafetería y consumía un atado de doce en una noche. Industriales, además. Y sin pensamientos autodestructivos.
Hasta el día de hoy sigo imaginando posibles escenarios donde me rompo la cabeza, me quiebro el cráneo y me salgo con la mía.
Y hasta el día de hoy el impulso me cosquillea desde los pies hasta la idea.
Pero sigo: total sé que en algun momento van a parar. No los voy a pensar más. No me los voy a fumar más. Voy a ser libre de mi pensamiento tentador y violento, pero que en mi mente solucionaría todos mis problemas sociales, amorosos, familiares y de autoestima. Voy a ser libre para poder usar esa imaginación para algo más productivo y amable. Voy a recordar esos pensamientos como algo del pasado y tal vez, me vuelva a reír de ellos.
Algún día van a desaparecer.
Algún día van a parar...
O pasar.
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