Cuando te conocí no supe que estaba empezando algo que iba a doler tanto.
Solo sentí esa claridad suave, como cuando amanece y el mundo todavía está medio dormido,
y la luz entra sin pedir permiso.
Así entraste tú.
Sin ruido, pero cambiándolo todo.
No fue inmediato como en las películas,
fue más bien una sensación que se instaló despacio,
como si mi cuerpo te reconociera antes que mi razón.
Había algo en tu manera de mirar,
en cómo ocupabas el espacio,
que me hacía querer quedarme un poco más cerca.
Un poco más.
Siempre un poco más.
Con el tiempo te volviste costumbre,
pero de las que no aburren,
de las que se esperan con ansiedad tranquila.
Mi corazón empezó a latir distinto cuando estabas cerca,
no más fuerte solamente,
sino más consciente.
Como si supiera que estaba vivo.
Me aprendí el mapa de tu piel con la mirada.
Tus lunares eran pequeños secretos que yo celebraba en silencio.
Me gustaba observarte cuando no te dabas cuenta,
pensar que tenía la suerte de estar tan cerca de alguien
que me hacía sentir elegido.
Y en esas noches en las que todo parecía simple,
cuando tu respiración se mezclaba con la mía,
yo estaba convencido:
esto tiene que ser amor.
Porque era cálido.
Era suave.
Era ese tipo de felicidad que no hace ruido,
pero llena.
Nunca pensé que algo tan lleno pudiera vaciarse así.
La distancia no llegó gritando.
No hubo una explosión,
solo una grieta pequeña que fue creciendo.
Extraño lo que era tan cotidiano que parecía eterno.
Empecé a convivir con el silencio después de nuestras despedidas.
Con la sensación de que algo me faltaba en el pecho.
Como si me hubieran quitado una parte que todavía late,
pero lejos.
Demasiado lejos.
Te llevaste muchas de mis primeras veces,
y también te llevaste esta:
la primera vez que entendí que amar no siempre alcanza.
Que querer con todo el cuerpo no garantiza que alguien se quede.
Que la intención no vence a la distancia.
A veces cierro los ojos y vuelvo a esos días.
A tu risa,
a la forma en que me mirabas,
a cómo el mundo parecía más liviano cuando estabas conmigo.
Y duele.
Duele no porque haya sido mentira,
sino porque fue real.
Ahora puedo admirarte desde lejos,
como se admira algo hermoso que no nos pertenece.
Puedo sonreír al recordar,
aunque por dentro algo se encoja.
No sé si esto es un corazón roto.
Tal vez es solo un corazón que aprendió.
Que entendió que amar también es aceptar lo que no fue.
Que hay personas que llegan como amanecer,
iluminan cada rincón,
y luego se convierten en recuerdo.
Pero aun así,
si me preguntaran si valió la pena,
diría que sí.
Porque hubo un tiempo en que fui completamente feliz contigo.
Y aunque hoy solo me quede la nostalgia,
nadie puede quitarme la certeza
de que alguna vez amé
con todo lo que soy.
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