En días como hoy el recuerdo me pesa más, mucho más, como si ella estuviera sentada sobre mis hombros con todo su pasado balanceándose sobre su cabeza, cabeza con una cabellera idéntica a la mía. Éramos muy parecidas, aunque yo odiaba admitirlo. Nunca le faltaba una sonrisa, acompañada de un chiste dicho en una voz más grave o más aguda. Era muy niña cuando quería. Nadie la entendía tan bien como yo.
La presencia de mi madre me agotaba, necesitaba respirar profundamente 10 veces al día y nunca era suficiente. Me deshice de casi todas sus cosas con el paso de los años. No quería nada, no quería ni que me tocara. No fue fácil existir en su órbita y menos cuando nadie a mi al rededor parecía comprender qué pasaba. La locura es un tabú y uno del cual hasta el día de hoy nadie quiere saber nada. Quizás miran una película de Hollywood y se creen que entienden, que empatizan. No, no lo hacen. Nadie se acerca, nadie pregunta, les gusta fingir que el loco es sano, pero un poquito rayado. Mi mamá no estaba rayada, estaba traumada, se quedó en su cabeza de niña y se rehusó a salir de ahí.
Pasó a ser mi hermana. Corrijo: hermanita. Tuve que vigilar qué hacía y hacerme de hierro. La que sabía en qué calle nos teníamos que bajar del bondi, era yo; la que tenía que asegurarse de tener todos los papeles del médico, era yo; la que tenía que ver que me estuviera yendo bien en la escuela, era yo. Me puse un rol encima que tomé con agilidad porque lo aprendí de niña. Pero, si agrando la imagen, puedo ver que mi mamá siempre estuvo ahí al lado. Eso yo no lo entendía. De una manera distinta, extraña, ella estaba presente. No, no como a mí me hubiera gustado. No, no como me venía contando Disney con sus películas de glorifiación a las madres. Ella lo hacía hasta donde el peso de su dolor por traumas pasados le permitía hacerlo.
Me duele mucho que ya no esté. Me encuentro rompiendo en llantos inesperados en medio de una tarea cotidiana y siguiendo con mi vida. Fantaseo con que las cosas hubieran sido diferentes. Yo quizás podría haber sido más amable, más tierna. Le podría haber abierto la puerta a mi individualidad. Pero el enojo no me dejaba. Es ahora, con los aprendizajes y el tiempo, que comprendo bien la imagen, que veo cómo fueron las cosas con un corazón más entrenado. Me arrepiento de haber tirado sus carteras y aquella remera. La veo en fotos e intento imitar su sonrisa o la manera en que se arreglaba este pelo incontrolable.
A veces cierro fuerte los ojos y me acuerdo de cómo se sentía su tacto. Yo estaba hecha de titanio, pero su piel áspera contra mi mano suave lograba transmitir un calor que calmaba a este perro guardián dentro de mi coraza. Me gustaría sentirla una vez más.
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