Me pusieron Candela y antes de nacer ya quería huir: si no salía pronto de la panza de mi madre, me ahogaría yo misma con el cordón umbilical. Mi nacimiento estaba pensando para octubre, pero terminó siendo en septiembre, un lunes 20.
Prematura y con ansias, pronto comprendí que moverme de aquí para allá es lo único a lo que me animo. Sin poder abrir del todo mis ojos, ya conocía bastante de la Ruta 5. Nací una noche en Mercedes, los 40 días siguientes estuve en Luján, y el resto los pasé en Suipacha.
Cómo reconocer a un suipachense: quienes allí no vivan te dirán que el infierno es grande, pero quienes somos oriundos te diremos que se trata de “la tierra sensible”, simplemente así la llamamos, creo que un poco por cierto sentido aurático, y otro poco para evitar refranes conocidos.
Vivo en un siglo en el que no nací, por una diferencia de tres meses. Decir que soy de los 90 me queda grande, como también hay cierta resistencia a decir que pertenezco enteramente a los 2000.
Recuerdo mi primer día de jardín. Mi mamá lloraba mientras yo, con una sonrisa gigante que hacía que ella se sintiera más triste, la soltaba para agarrar la mano de la maestra. Tenía 5 años y mi juego favorito era el pasamanos. En esa zona del patio no había otras chicas, pero yo siempre estaba ahí. Cada segundo del recreo lo aprovechaba para colgarme y despegar mis piecitos de la tierra. Disfrutaba la sensación de girar mi cabeza y ver todo lo que pasaba dada vuelta.
Hasta que un día llamaron a mis papás desde el jardín, junto a una notificación en mi cuaderno rojo. Me había peleado a las patadas con un chico por usar el pasamanos. Me insistían diciendo que lo importante era aprender a compartir, pero no se trataba de eso. A mis 2 años me convertí en hermana mayor y ya sabía compartir, lo que no quería era ceder.
Yo me había subido desde un lado, y el chico desde el otro. Ninguno de los dos se bajó. Nuestros pies colgaban y nuestras miradas se mantenían enfrentadas firmes. El chico avanzó una barra y yo avancé otras dos. Si él no se bajaba, ¿por qué yo iba a hacerlo? El resto de los niños hicieron una ronda sobre el pasamanos y, levantando sus cabezas y sus brazos, empezaron a gritar nuestros nombres como si fuese un ring de boxeo. Nos tuvieron que separar, había dos maestras y cada una agarraba nuestros pequeños cuerpos y nos despegaban a la fuerza.
Mamá y papá sabían lo que me gustaba el pasamanos. No recuerdo que me hayan retado por tener una pasión, les pareció un hecho más anecdótico que problemático. Pero las ampollas de mis manos no respiraban, y a veces sangraban. Me dolía hasta agarrar la taza de chocolatada caliente, aunque lo hacía religiosamente durante las tardes.
Probé tocar la guitarra, hice cerámica, jugué al tenis y al handball, sobre todo mucho handball. También pasé por el hockey, el volley, el ballet y el dibujo. Mi abuela me enseñaba a tejer todos los inviernos con la misma paciencia. Mi papá me transmitió su pasión por el básquet y jugaba al futbol con los amigos de mi hermano siempre que me invitaban. Con mis amigas nos pasábamos las tardes en la estación de tren, que tenía el mejor cemento del pueblo para andar en rollers.
Una vez un médico me dijo: “si te seguís comiendo las uñas, te vamos a tener que cortar todos los dedos”. Me asusté tanto que por un rato frené, ¿qué iba a pasar si nunca más me subía a un pasamanos?
A los 15 años le pedí a mis papás que me compraran una cámara, y al principio la agarraba tan fuerte como si fuesen esas barras de colores. El botón de mi primera Nikon compacta sentía toda esa presión. Las uñas estaban mejor, pero mi fuerza seguía siendo demasiada. No me daba cuenta de que la tenía. Estaba más acostumbrada a ella que a mí.
Volví a Mercedes, pero esta vez para hacer mi primer curso de fotografía. Tenía 16 años y cuando me preguntaban qué quería estudiar yo decía "administración de empresas”. No entendía lo que era, pero sonaba neutro; por alguna razón, las personas no repreguntan ante ciertas profesiones.
Me había comprado un cuadernillo y anotaba las palabras “ISO”, “diafragma” y “velocidad” sin entenderlas. Con el tiempo aprendí que lo importante era el balance. Con más tiempo descubrí que la luz se mide, la exposición se mide, y la fuerza, también.
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