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Mi Dios sí juega a los dados.

ariadna

Abr 1, 2026

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Mi Dios sí juega a los dados.
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No creo en destino, ni en casualidades, ni en cosas que suceden por ae, ni en los errores, ni en el pensamiento que se te cruza antes de querer poner la punta de la reglamentaria de tu madre en la cabeza a los nueve años. No creo en la tragedia, no creo que el amor romántico, platónico, amistoso, familiar, animal. Y sin embargo sigo amando con todo lo que no tengo. Con lo que me falta desde nacimiento. Todo me falta. No hablo bien, las manos me tiemblan, tartamudeo cuando estoy nerviosa y siempre dije que en esta estadía en esta mesopotamia no encajo. No le veo ningún proósito a la mentira con lo hermoso que es hacer frente a las cosas y reconstruir algo que puede ser más hermoso de lo que se rasgó o llegó a romperse. Mi palabra es lo más solemne, pura, cruda, tajante y verdadera. Es lo único que me queda. No quiero vivir sin hablar. No quiero vivir sin gritar lo llena de amor y dolor que estoy. No quiero mentir mi historia. ¿Por qué no puede ser un magnífico orgullo poder hacer un enrase a la perfección dos meses después que casi me quitan la vida en un descampado? He conocido tantas realidades y simplemente no encuentro una palabra en ninguna antigua enciclopedia ya no vigente para estos años o diccionarios que no son los suficientes para describir el padecimiento interno que tengo dentro al recordar el lunar que tenés encima de tu labio superior.

Estoy desesperada al saber que solamente me faltaba sacarme órgano por órgano para (dudo que lo hayas visto así) que estaba total, demasiado, en mis rodillas, en mis codos, golpeando mi cabeza contra el asfalto y en mi pecho contra el suelo para que me elijas. Elegí ser transparente porque mi amor es así: sin omisiones. No voy a pedir disculpas por los errores que he cometido en mi juventud porque lamentablemente aunque tus labios de aquel color similar al coral me digan cosas más que preciosas, llegué a admirarte tanto que todas tus detalles-costumbres-mañas, se quedaron en mi memoria. No te gusta el reflector de tu lámpara, usas tu toalla para limpiar cualquier cosa, no soportas que te desordenen tus libros, y el momento donde estás más desnudo, más humano, más sangriento, más sin todas esas corazas que te envuelven y la manera en la que cada una de tus extrimidades estaban como si aquel ángel que te talló a la perfección del hombre más magnífico que ha pasado por mi corta vida, es cuando estoy cálida en tu pecho y busco como si fuera el último oasis.

Pero creo que una de las cosas que, bueno, por Dios, ¡todo es una maldita paradoja, un espiral, una hipotenusa, un color que no podemos describir, aquel azul que se torna al atardecer que no logro identificar pero que me hace sentir que estoy en un lugar correcto! Y pude concluir que toda la belleza estuvo y está condensada en las líneas que se te forman a los costados de tus ojos. En aquellas cicatrices que tienen historias íntimas. En aquellos lunares que conté en silencio. En esa nariz que es especial porque simplemente tiene una forma que me hace saber que quizá, solamente quizá, te hizo para que la coloques en mi cabello cuando no puedo desaferrarme de tu pecho cuando duermo en la seguridad de tu cuerpo.

Jamás me sentí cuidada.

Fuiste el primero en preocuparte.

Fuiste el primero en darme la esperanza de que quizá podía ser amada.

Fuiste el primero en demostrarme que casi pude tener todo lo que alguna vez quise: alguien que me mire a los ojos y leer un amor genuino.

Fuiste el primero en devolverme una fe en que no necesito nada más para adormecer nada porque no podés dimensionar el combustible que era para levantarme a las seis de las mañana y pensarte casi todo el tiempo. No de forma controladora. Era tener la mirada perdida pensando en la pulsión de vida que me recorría las venas.

Y también fuiste el último hombre que no soportaría mi verdad ni mi pasado.

Estoy desmbrebada. Las rodillas no me funcionan.

Gracias por hacerme devota de un santo que jamás me escuchó.

¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?

Gracias por darme lo que tenías.

Lo tuve todo y demasiado y más y enormemente avaricioso lo que tuve. Y todo eso fue simplemente verte a los ojos y que me digas que fui tuya. Vivo mejor pensando que es verdad.

Hasta que nos volvamos a tropezar, Juan Ignacio.

Me voy con esta canción que simplemente representa todas las estrellas y planetas que no pudimos ver o apreciar. Y las palabras que no pude anotar. Y los libros que no me llegaste a leer. Y las noches que no vas a hacerme el amor nuevamente.

https://open.spotify.com/track/3tJjZMHLqhD8DaGgdBICnc?autoplay=true

Te amaré hasta en mi lecho de muerte. Me marcaste como ninguno, ninguna, nadie, nada, nada en este vac.

Y no sé si voy a poder a ver mirarte de vuelta a los ojos. No lo soportaría.

Rezo por vos y grito al cielo que por favor, por favor, no te olvides de mí.

ariadna

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