MI ÁRBOL FELIZ
Mis amigas están locas.
Pero ellas no lo saben.
Atravesaron las membranas verdes del espacio.
Son contagiosas y escasas. Son exactas.
Muerden al león en la mejilla.
Hormiguean en su caja craneana.
Se llaman por teléfono con su propio nombre.
Suben la escalera caracol de un tronco imaginario.
Están locas, sí.
Cosieron ramaje inverosímil
por encima de los ojales de cuello y mangas
y nos fijamos al tronco
por tornillos imantados de hazaña lugareña.
Allí no hay pájaros trinando bajito.
El animal articulado que criamos
no es mucho más grande
que una cabra lechera o una tostadora.
Suficiente alimento y sustento (para el árbol).
Mis amigas están locas, lo sé.
Comen con cuchillo y tenedor.
Se bañan, se peinan,
se maquillan las pestañas.
Cargan nafta.
Alimentan gatos.
Locas, locas,
a veces me pregunto:
qué pensarán de mi
que solo me volatilizo al sol.
Qué pensarán del riego
absurdo hasta la razón.
Sin prisa sin pausa
Chivilcoy, Buenos Aires, Argentina
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