Si soy adicta a algo, es a este ritual guardado en una calabaza. No porque el mate sea un milagro, sino porque es la más leal de las compañías.
Está cuando el sol recién asoma, firme ante los treinta y cinco grados de un verano denso, o haciendo frente al viento más helado. Es el guardián de mis desvelos frente a los libros, la excusa para mantener la mirada despierta.
Pero lo que más amo no es su sabor, sino su arquitectura social: el mate es un faro. Inhala vapor y atrae a cualquiera que ande cerca. He cosechado afectos y miradas solo por sostener el termo y preguntar "¿querés uno?".
Con yuyos, con coco, amargo, dulce o como venga. El mate es un idioma que cada quien pronuncia a su manera, y es en esa libertad donde todos encontramos nuestro lugar alrededor de la mesa.
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