Me duele la cabeza.
No es un dolor simple,
no es el cansancio
ni la falta de sueño.
Es otra cosa.
Es como si alguien
hubiera sembrado tu nombre
dentro de mi cráneo
y ahora creciera
como un tumor terco
que no sabe morir.
Me pesa.
Me arde.
Late.
Te tengo ahí,
clavado en algún rincón del cerebro,
donde nacen los pensamientos
y también las obsesiones.
Creces.
Creces cuando intento olvidarte.
Creces cuando despierto.
Creces cuando cierro los ojos
y espero
—ingenuamente—
que el silencio
te haya borrado.
Pero no.
Estás ahí
pulsando
como una herida eléctrica
que no deja de mandar señales.
Y el dolor sube.
Sube por la nuca,
me atraviesa la cabeza,
me aprieta las sienes
como si dos manos invisibles
quisieran romperme el cráneo
desde adentro.
Entonces me agarro la cabeza
con las dos manos
como si pudiera sostenerla
para que no se parta.
Como si así
pudiera detener
la invasión de tu recuerdo.
Pero no sirve.
Porque no es un dolor físico.
Es peor.
Es tu ausencia
metida en mis neuronas
repitiéndose
como un eco enfermo.
Tu voz.
Tu nombre.
Tu forma de irte.
Todo girando
como un taladro
dentro de mi cabeza.
A veces quisiera abrirme el cráneo
como quien abre una fruta podrida
solo para arrancarte de raíz.
Sacar ese pedazo de memoria
infectada
Extirparte.
Raspar las paredes de mi mente
hasta que no quede
ni una célula
que te recuerde.
Pero sé que no se puede.
Porque tu recuerdo
no se quedó en un solo lugar.
Hizo metástasis.
Se regó por todo mi cuerpo
como una enfermedad paciente.
Metástasis
en mis pensamientos,
metástasis
en mis noches sin dormir,
metástasis
en cada rincón
donde antes había paz.
Ahora todo está tomado.
Mi cabeza.
Mi pecho.
Mi silencio.
Y nadie lo ve.
Nadie escucha
cómo tu ausencia
raspa por dentro.
Porque desde afuera
solo parezco alguien
con dolor de cabeza.
Pero la verdad
es mucho más sucia.
Mucho más cruel.
Porque el tumor
no eres tú.
El tumor
es este amor podrido
que hizo metástasis
en todo lo que soy.
Y aquí estoy
sosteniéndome la cabeza
con las dos manos
como si pudiera impedir
que tu recuerdo
termine de romperme.

Fer
Nunca aprendí a domar la nostalgia de este cuerpo adicto a tu ausencia. Rezo por tu ternura y repito tu nombre como un padre nuestro fúnebre frente al vacío.
Recomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.

Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión