“¿Qué te ha ocurrido, gato?”
Pasa que tienes el pelo erizado y las pupilas contraídas, tus parpadeos se han ralentizado, solo hay en vos alerta y temor. Y parece que nada se ha movido de lugar, pero nada sigue igual. Las paredes hablaron de tu agresividad, úngula sangrienta sobre la moqueta color coñac, con el pelo desperdigado en el espacio delimitado de nuestra familiaridad.
Hay algo que no ocurre como debería, te revuelcas silvestre, con el crimen presentándose apoteósico en las aristas de tus orejas alzadas, tus bigotes se alejan de tu cara, y tu lomo se encorva dolorosamente contra el umbral.
“¿Quién te ha amenazado, minino?”. Pregunto con la parla mansa, con las comisuras caídas. Te aplanas entonces contra el piso con el porte perverso, desconfiado de todo, ajeno a todo, fiera indescifrable.
“¿A quién acechas? ¿A quién buscas rasgarle la piel?”. Iba a acercarme con el platito; una taza de croquetas, una cucharada de atún, mezclados en el sentido del reloj, como solo te gusta a vos.
Pero la mano no llega, el plato acaricia el apetito de un gato abstracto, toca la sangre y no el maullido casero. No sé si me gustan los gatos.
Comienzo a cuestionarme cuándo fui un hombre de gatos.
Te has vuelto indomable, intratable, con colmillos engrosados como los de una fiera, asqueado por la tibieza que no te provoca ronronear. Gruñes y maúllas endemoniado al carmín escurrido sobre el contrachapado, lamiéndote los bigotes cual león, con el instinto de la caza ondeando en tu cola tricolor.
El índigo en tus ojos ha cedido a los grises ciclónicos, pronosticando tu salvajismo.
Hemos quedado (des)cobijados por una luna (que ha dejado de ser) cálida, la noche asediada por las cenizas de aquellos ojos que han dejado de ser fogata hogareña.
Pero el gato no ha muerto por hipotermia,
cobra una nueva vida donde se ha vuelto fiera.
Mi gato ha dejado de ser mi gato, y yo he dejado de ser su dueño.
Ahora, no nos vemos más que como presa y depredador.
Y yo muevo mi mano en busca de ternura, con el “pspsps” musicalizando la desesperanza, orquestada por la noticia de abandonar el naufragio de esos azules huracanados.
Porque no está endemoniado, solo ha perdido el amor.
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