Cuando pensé que podía huir de ti descubrí lo equivocada que podía llegar a estar.
Antes de ti el orgullo me caracterizaba, haciendo de mí una mujer fría y sin compasión alguna.
Pero sin quererlo me enamoré de ti, y aunque no contaba con ello no pude renunciar a quererte.
Y el silencio y la soledad se convirtieron en el eco de la risa y de tu voz, una estela de amor que quedó impregnada en las cuatro paredes de mi habitación y en las sábanas enredadas sobre mi colchón.
Y la mesa de la cocina, con una silla enfrente de la otra, guarda callada el café derramado de amor y el desayuno compartido.
Y cuando el miedo me inundó y quise huir de lo que sentía, no pude. No pude hacer contigo lo mismo que con el resto de hombres, excusándome en su naturaleza y en un patrón que se repite. Porque tú rompiste el molde. No había nada que pudiera alejarme de ti.
Y tu mano rozó tan sólo mi pelo, y el escalofrío que recorrió mi cuerpo me inmovilizó, haciéndome saber que mi lugar nunca podría estar lejos de ti.
No pude fingir que no te amo.
No pude olvidarte.

Blanca Bermúdez
Escribo para sacar del alma lo que no se puede decir en voz alta. Gracias por leerme. Quédate. Comenta.
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