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Meta Narrativa

Jan 8, 2025

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Meta Narrativa
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Por Joel Godoy

Camilo vivía en un octavo piso junto a sus padres en el barrio de Almagro. Se encontraba recostado en el sillón de su habitación mirando el techo, mientras que su amigo Santiago veía la televisión sentado en un puff. Veía una de esas series de policías estadounidenses de los 90s, de contenido mediocre pero divertido.

—¡Vamos Jack, tú puede hacerlo! —decía John, el personaje principal de la serie a su compañero, mientras este estaba a punto de saltar de un vehículo a otro en movimiento.

—Malísima esta serie, ¿por qué la tenemos que seguir viendo? Ni siquiera le estás prestando atención —pregunta Santiago, agarrando su cabeza rapada con ambas manos.

—Ya te dije por qué, no voy a repetirlo —responde Camilo, mientras juega despreocupado con su cubo rubik, aún mirando al techo. 

Santiago suspira, mira hacia arriba y cierra los ojos un momento, resignado. En la televisión se veía una persecución de autos, en los que los detectives persiguen a unos ladrones de banco.

—¡Oh no John, van demasiado rápido, ¿qué haremos? —grita Jack en la televisión. Santiago abre los ojos y mira a Jack.

—Fa loco —dice Santiago—, increíble lo que envejeció el actor que hace de Jack, ¿cómo era que se llamaba?

—Stanley Lee.

—Sí, ese.

—Al menos sigue vivo, no como el que hace de John —dice Camilo.

—¿John murió? No sabía —responde sorprendido Santiago. 

—Sí, justamente en un accidente de autos un par de años después que terminó la serie. 

—Tremendo.

—¿No te parece loco que veamos a alguien en la tele que en realidad está muerto? Es como un fantasma —reflexiona Camilo.

En la televisión John, quien conducía el auto de policía, hace una sonrisa pícara, apreta el acelerador y cruza al auto de los ladrones.

—No lo había pensado, pero sí —responde Santiago. 

—Incluso es como si lo reviviéramos un rato cuando prendemos la tele. O como si trajéramos del pasado a Jack, haciéndolo más jóven.

Camilo se levantó del sillón, agarró un paquete de cigarrillos de su bolsillo, tomó uno, lo prendió y lo puso en su boca. 

—Bueno pero igual es una historia inventada, Jack no existe —dice Santiago.

—Jack no existe, sí, pero en parte lo estamos reviviendo —responde Camilo, que mira por la ventana de su departamento hacia la ciudad de Buenos Aires.

—¿Me pasas un cigarrillo? —pregunta Santiago, mientras su amigo le pasa un cigarrillo y el encendedor. 

—O más que revivirlo, lo creamos, junto a todo el resto del mundo de la serie. Nos imaginamos el resto de la ciudad por ejemplo, aún cuando no aparece en la pantalla. 

—¿Lo creamos? —pregunta Santiago, prendiendo su cigarrillo.

—Sí, nos comemos el verso de la historia y hacemos de cuenta que existe, lo creamos en nuestra mente en el momento que estamos viendo la serie. 

—Se puso demasiado filosófica la cuestión. 

Camilo se volvió a recostar en el sillón. Santiago quiso echar el humo del cigarrillo por la ventana así que se acercó a ella. Sin embargo al ver por la ventana no había ciudad. El edificio se encontraba en el medio del mar.  

—¡¿Qué verga?! —Grita Santiago— ¿Estamos en el mar ahora?

—Ah, el océano pacífico, qué lindo —responde Camilo.

—¿El océano pacífico? ¿Qué mierda es esto? ¿Por qué ahora hay mar? 

—Sí, el pacífico. No sé por qué. 

—¿Estoy soñando?

—No, no es un sueño, no estoy seguro qué es.

—Pareciera que sabes todo.

—Alguien quizás lo quiso así, algún ser. Tal vez alguien quiso que sea el que aparente saber más de los dos —dijo Camilo, haciendo círculos de humo con la boca, mirando al techo.

—Me voy, me voy, no entiendo nada, me voy —exclama Santiago, que mira alrededor y no ve ninguna puerta—. ¿Donde está la puerta?

—Alguien la debe haber sacado, quizás ese ser que te digo lo hizo.

—¿Ese ser? Me va a agarrar un ataque de pánico.

—O quizás nunca estuvo la puerta, andá a saber —dice Camilo—. Nunca estuvo escrito en el texto que hubiera habido una puerta, quizás solo lo asumimos.

—¿El texto? ¿Eh?

—Nada, no importa.

—¿Si nunca hubiera habido puerta cómo hicimos para entrar?

—¿Quién dijo que entramos en algún momento? ¿Vos te acordás cómo llegaste acá?

Santiago se quedó pensando. 

—No, no sé, no sé ni quién soy. ¿Qué está pasando? —Exclama Santiago, desconcertado.

—Asumimos que tenemos un pasado y nos conocemos de antes. Pero no hay nada en el texto que lo diga. Por todo lo que sé, aparecimos acá en esta habitación y listo. 

—Dios, no entiendo nada, me va a agarrar un infarto. Tiene que ser un sueño esto.

—Tranquilo, podés contemplar las montañas desde acá, la brisa fresca.

Santiago mira aterrado por la ventana, ahora están en el medio de un cordón montañoso.

—Ah carajo, ¿ahora estamos en el medio de la montaña?

—Cerrá la ventana que entra un viento helado.

Santiago cerró la ventana.

—¿Cómo es que no recuerdo nada de mi pasado? ¿Entonces será que solo existimos acá? —pregunta Santiago.

—Ni idea, por ahí sí.

—Dios, qué triste. 

—Incluso por ahí cuando el que lea esto lo termine de leer, morimos en parte, ¿no? —reflexiona Camilo— Porque solo existimos en este texto. 

—¿Morir? ¡No quiero morir!

—No sería morir, sería dejar de existir y fue.

—Sería lo mismo, morir, dejar de existir. No me gusta ninguna. 

—Aunque también en parte seguiríamos viviendo en los recuerdos del que lee, ¿no?

—¿Y si se olvida? 

—No sé ahí tanto. Por ahí ni siquiera estamos vivos ahora —dice Camilo.

—¿Qué soy entonces? ¿Qué es todo esto?

Santiago se tira en el puff y mira hacia arriba. Suspira y cierra los ojos, resignado. Ambos se quedan en silencio durante unos minutos, hasta que escuchan la televisión. 

—Jack, al fin pudimos atrapar al señor Henderson, el mafioso —dice John en la televisión.

—Cierto que estábamos viendo la tele —dice Santiago, abriendo los ojos.

Camilo se levanta del sillón y se sienta en otro puff frente a la tele, para terminar de ver el capítulo. Al terminar, y mientras ruedan los créditos, Santiago mira su reloj.

—Uh che, se hizo re tarde —dice Santiago—, me tendría que ir yendo. 

—Dale, ahí te abro.

Ambos amigos se levantaron y fueron hacia la puerta. Antes de cruzarla, Santiago miró por la ventana el atardecer en Buenos Aires, cómo el sol naranja se asomaba por los edificios. Camilo acompañó a Santiago hasta la estación Medrano, que estaba a dos cuadras de su casa. Caminaron en silencio.

—Mandale saludos a tus viejos —dice Camilo al llegar a la entrada del subte.

—Sí, les mando.

Luego de un apretón de manos, Santiago bajó al subte y Camilo comenzó a caminar de vuelta a su casa. Prendió un cigarrillo y se cerró la campera, había un viento helado en la ciudad ese día. 


Joel Godoy

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