Una se puede desdibujar, ya sabés.
No alcanza trazo alguno en la carilla y el bolígrafo parece huir sin reparo alguno como si el reloj le apurara.
Traigo ropajes que no son de mi medida y que hilo por hilo se van descosiendo sin importar la rotura agigantada, que se quedan atorados o enrrollados en algún sitio del cuál ya no recuerdo habitar.
A veces me olvido, ya sabés, me olvido.
He salido del borde del papel y la tinta no me alcanza ni con prisa, mucho menos se manchan mis dedos de azul porque los escondí en los bolsillos. Presos, desinteresados.
Sencillamente condenados.
¿Y quién es esa? No soy quién el verano había refugiado inquebrantable. Pero tampoco asumo la total desfachatez de un gélido sistema pues nunca se ha terminado de situar en la caja torácica.
Por lo tanto, mientras el anaranjar y las nubes se escabullen en la oscurida, me continúo desdibujando.
Pues tal vez, en algún momento, me encuentre entre páginas.
Pues tal vez, en algún momento, el bolígrafo retome su camino con mi andar.
A la par.
Dibujando.
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