Esta ciudad supo abrazar
tanta ternura
de matrimonios recién consagrados
en la espera de hijos,
de abuelos y abuelas chochos,
de amistades que se reían
y creían que serían eternas.
Estas calles supieron besar
tantos zapatos
de escuela, trabajo, militancia,
cualesquiera,
con rumbo tranquilo,
pero cada día más acelerados
y con miedo y desconcierto.
Estas veredas supieron ser testigas
de tantas persecuciones,
detenciones, desapariciones,
tortura y muerte.
Hoy los adoquines están asfaltados,
las placas memoriales, vandalizadas
y la gente
convencida
que todo fue un invento.
¿Invento?
Hay que sostener
un pañuelo blanco en el pecho
y recordar,
recordar y recordar
porque solo con memoria se vencerá.
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