No siento las manos, ni los pies, ni el alma. Me sofoco en mi propia ausencia. No estoy desde hace una cantidad de días que me da bochorno contar. Me transformé en una asquerosa espera sin algún fin, tanto que ahora no me reconozco ni las uñas, y llegó una desagradable hora como esta que mandé todo al carajo por estar enloqueciéndome. He enloquecido. Me he destruido. He cambiado de peso, de piel, de labios, de ojos, de palabras, de cuerpo, de cabello, de largor. Del largor de aquello que creía mi ternura infinita, de la longitud de eso que solía llamar paciencia.
Creo que estoy por morir.
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