A veces me pregunto cuánto de esto existiría si tuviera la certeza de que alguna vez vas a leerlo.
Y creo que la respuesta es bastante simple.
Nada.
O al menos nada de esta forma.
Porque, sinceramente, sólo escribo porque sé —o al menos sospecho— que jamás vas a leer esto.
Porque si creyera que existe la posibilidad de que lo hicieras, seguramente no habría ni rastro de todo este sentimiento inesperado, loco e irracional.
Seguro pensás que yo no pienso en vos.
Pero estás equivocado.
Yo siempre estoy pensando.
Vivo pensando.
Incluso cuando duermo, de alguna manera, sigo pensando.
Entonces, ¿por qué no pensaría en la criatura inesperada que tocó sin permiso las puertas de mi corazón?
Y no, no estoy diciendo que te amo.
Sólo digo que me gustás.
Y me asusta.
Me gustás y no sé qué hacer con esto.
Con vos.
O conmigo.
Me gustaría mucho saber si yo también te gusto.
Pero no me atrevo a ser completamente transparente con lo que siento.
Y tal vez por eso me escondo detrás de tantas palabras.
No porque el sentimiento sea menos sincero.
Sino porque las metáforas duelen menos que las confesiones.
Porque hay una diferencia enorme entre preguntarte si alguna vez miraste mi puerta y admitir que todavía me gustaría verte.
La primera me protege.
La segunda me deja completamente vulnerable.
Y creo que eso es lo que realmente me asusta.
No descubrir que no sentís lo mismo.
Sino descubrir que soy la única que sigue sosteniendo esta pregunta entre los dedos.
Capaz estoy equivocada.
Capaz interpreté todo mal.
Te juro que no fue una elección.
Aunque a veces me pregunto si eso también es mentira.
Porque, si realmente fuera una elección, ¿no sería capaz de dejar de sentirlo?
Y lo peor es que me desagrada reconocerlo.
Odio estar siendo tan miedosa.
Y sin embargo, si me preguntaran qué prefiero, no sabría responder.
Porque me asusta la posibilidad de que no sientas nada.
Pero también me asusta la posibilidad de que sí.
A veces pienso que me gustaría saber la verdad sin tener que atravesar el momento de descubrirla.
Como si pudiera saltarme el temblor, la incertidumbre y el vértigo.
Como si existiera una forma de llegar a la respuesta sin exponerme primero.
Pero supongo que así no funcionan las cosas.
Y eso es precisamente lo que me molesta.
Porque yo siempre tengo una pregunta más.
Siempre encuentro una posibilidad nueva.
Siempre puedo imaginar una explicación distinta.
Pero con vos me estoy quedando sin teorías.
Y cuando eso pasa, sólo me queda el miedo.
El miedo de acercarme.
El miedo de equivocarme.
El miedo de descubrir que nunca hubo nada.
Y el miedo, todavía más absurdo, de descubrir que sí.
Tal vez la única salida no sea entenderlo todo.
Sino atreverme a dejar de pensarlo por un rato.
Verte de frente.
Sin el filtro de la distancia.
Sin el refugio de la pantalla.
Sin la posibilidad de borrar lo que digo antes de que llegue a destino.
Sólo vos y yo.
Y lo que pase cuando deje de imaginarte más de lo que te veo.
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