Es viernes a la noche. Estoy en casa, en patas, pantalón de futbol y una remera vieja. Sin planes. Sin mensajes de amigos. Sin nada que hacer. A simple vista parece un fin de semana aburrido, pero para mi es lo de todos los fines de semana.
Es loco, pero los fines de semana o las vacaciones, para la gente son momentos esperados, de felicidad, de socializar. En mi caso es cuando más me rompo, y el celular no ayuda. Ver una stori atrás de otra de juntadas, salidas, planes, viajes. Una piña atrás de otra.
Y no es que no tengo amigos. Los tengo. Pero están en otra. En pareja, con proyectos, con de todo. Yo con nada.
¿Les pasó alguna vez de sentir que todo el mundo avanza y vos estás quieto? ¿Vacío? Bueno, así.
Hoy me sentí especialmente mal, al punto de largarme a llorar casi de la nada. La gata se acercó, me pegó unos mordiscones en la mano y se me quedó al lado. Me cuidó a su manera. Lo agradecí.
Hacía mucho tiempo que no me sentía tan mal.
¿Pensaste que le habías agarrado la mano a la depresión? Pues no. Y ya sé que no es algo que se cure. Y sé que no siempre te podés sentir bien. Pero cómo duele cuando duele. Cómo duele sentir que no existís para el resto.
Cuando iba a terapia la psico siempre me decía que me haga el hábito de escribir. Tengo guardado por ahi un word con unas 100 páginas de texto. Mi mente volcada en un teclado. Y la verdad me ayudaba. Después descubrí este ¿blog? escribí algunas cosas, las borré, escribí, borré, lo abandoné y bueno, acá estoy de nuevo.
Me fui pero volví.
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